Comencemos reconociendo una obviedad: las ideas son importantes, y mucho. Aunque en realidad siempre ha sido así. Quizá ahora tienen una mayor relevancia porque a veces sobresalen por encima de la propia obra artística, la cual ya no se considera un objeto de contemplación sino más bien una pieza de especulación intelectual. Por ello no es extraño encontrarse con afirmaciones según las cuales lo importante es transmitir y no si se fotografía bien o mal. Un cierto desapego por la técnica que tiene su cenit en un tipo de actitud que llega a subestimar la apariencia formal de las obras para fijarse, si no exclusivamente, al menos de forma prioritaria en el concepto que las sustenta. A veces se llega al extremo de pensar que resulta negativo un exceso de maestría en el manejo de las herramientas porque puede distraernos de lo fundamental: la idea.

Sin embargo, en una disciplina como la nuestra donde la enseñanza técnica posee tantísima relevancia –no olvidemos que la fotografía ha ido siempre en paralelo a determinados avances tecnológicos–, tiene algo de absurdo decirles a los estudiantes que no importa tanto cómo salga la foto con tal de elaborar una base conceptual sólida. De alguna manera resulta difícil para un docente convencer al alumnado de que el aspecto de sus imágenes es lo de menos pues la fotografía no trata solo de lo que vemos, sino de cómo lo vemos. Un fotógrafo es alguien que tiene algo que decir, pero, por encima de todo, alguien que tiene algo que mostrar, y por eso mismo estoy convencido de que algo falla en el proceso cuando en un proyecto se tiene en muy cuenta qué fotografiar pero se menosprecia cómo hacerlo.

Por un lado, nuestras fotos no solo exhiben ideas, sino que hablan simbólicamente de experiencias significativas y ello requiere, además de inspiración y perspicacia, cierta destreza visual, control de los materiales y algo de autocrítica. La importancia de ese proceso que transforma pensamientos, vivencias o emociones en imágenes radica en que son estas últimas, precisamente por ser responsables de hacer visibles los conceptos y las sensaciones, las que pueden poner alas, o no, a esas fantásticas reflexiones, experiencias o inquietudes. De lo contrario no tendría sentido incluir imágenes como parte del proyecto; bastaría con citar las razones y sus pensamientos asociados.

Yo lo tengo claro: una buena idea mal fotografiada no es una buena foto. Nadie podrá quitarle mérito al concepto, pero a un autor que se precie habrá que exigirle cierta destreza técnica. Las ideas por si solas no bastan para crear imágenes, excepto en nuestra mente. Un fotógrafo, no me canso de repetirlo, además de saber utilizar su imaginación, ha de ser capaz de materializar los productos de su fantasía en obras significativas, bien resueltas y coherentes. Lo demás es teorizar, lo cual hacen muy bien los filósofos, las autoridades políticas y los comisarios de exposiciones. Siempre se ha dicho que lo mejor de las historias nunca es lo que cuentan, sino cómo lo hacen. ¿Por qué ha de ser diferente para la fotografía? ¿Por qué a veces parece que ya no es tan importante cómo resolvemos nuestros desafíos visuales?

Aunque siempre he defendido una enseñanza menos centrada en la técnica y un poco más orientada hacia el individuo, aquí voy a romper una lanza en defensa del manejo del equipo. El arte, al igual que la propia creación de imágenes, no existiría, al menos tal y como hoy lo conocemos, sin la tecnología. Debería ser evidente, tanto para profesores como para aspirantes a fotógrafo, que la maestría en el uso de las herramientas vale para mucho más que para plasmar un rostro sugerente, una luz equilibrada o un espléndido paisaje.

La creación de una obra, del tipo que sea, supone un proceso más o menos largo y complejo que suele perseguir algún grado de “excelencia”, entendida ésta como cierto compromiso con la honestidad del mensaje, la fuerza del contenido visual, la coherencia de la historia, la calidad del trabajo, la cohesión de una serie y/o la originalidad de la obra. La técnica también sirve para alcanzar esas cotas de excelencia que pueden propiciar un trabajo más serio, creativo y trascendente.

Técnica, estética e inspiración, © Fernando Puche
Técnica, estética e inspiración © Fernando Puche

Deberíamos interiorizar que la técnica que aprendemos –mucha o poca– sirve para, además de asegurar la estética deseada, ser capaces de lograr imágenes que reflejen adecuadamente nuestras cada vez más complejas ideas. Cada fotografía es un artefacto visual y como tal necesita del aspecto formal y de la técnica para cumplir su función comunicativa; por eso el buen fotógrafo sabe generar ideas interesantes y al mismo tiempo es capaz de producir imágenes que reflejen adecuadamente esos mismos conceptos. No vale cualquier foto porque cada una transmite una sensación y un mensaje distintos.

De igual manera, los útiles escogidos no son agentes pasivos; sus características concretas establecen límites sobre lo que puede hacerse y lo que no. De hecho, sin cierto grado de dominio y habilidad sobre ellos, es difícil que posibiliten a los estudiantes utilizarlos como un medio de expresión eficaz. La creación artística requiere que herramientas y materiales se puedan organizar de tal manera que se correspondan con las intenciones del autor.

Podría suceder que la naturaleza técnica que caracteriza la realización de imágenes pueda inducir a pensar que su mera producción es un acto creativo (que efectivamente lo es), pero lo relevante es que de ese mismo acto puede resultar una fotografía significativa, una mediocre u otra totalmente trivial. Y cada una necesita de cierto grado de pericia en el uso de las herramientas. Cada técnica implica una finalidad concreta y, precisamente por ello, está íntimamente ligada a la expresión, pues es la que logra que una idea se materialice en forma de imagen, grabado, escultura o sinfonía.

Dicho esto, y a pesar de la importancia que en todo proceso creativo tienen los útiles utilizados, el fotógrafo ha de trascender el poder de la herramienta para alcanzar un trabajo que sea expresión de su deseo y de su propia individualidad. De esta manera, una máquina debería proponer, no imponer, y es que no hace falta ser adivino para saber que vendrán más revoluciones tecnológicas y engullirán mucho, si no todo, de lo anterior.

Sería deseable, por tanto, entender la fotografía como una actividad global que incluye un buen número de habilidades e implica conocimientos muy diversos. Si bien es cierto que en las primeras fases son necesarios unos conocimientos básicos para poder manejar los utensilios que nos permitirán la creación de imágenes, en estadios más avanzados la enseñanza de la mecánica fotográfica debería afrontarse como un medio para comunicar algo, para plasmar en un soporte concreto lo que consideramos que merece la pena ser transmitido. Digamos que la técnica ha de tener un destino, pues el simple conocimiento del manejo del equipo puede dar lugar a imágenes correctamente compuestas y bien editadas pero carentes de personalidad.

Obviamente, cada idea puede expresarse de múltiples maneras y tanto el medio como la estética que se utilizan son importantes porque definen los principios de representación, influyen en la recepción de la obra por parte de los demás y hacen visible de un modo concreto, y no de otro, cómo percibe el mundo cada artista. La enseñanza, por tanto, debe tender hacia cierta armonía entre conocimiento voluntario e impulso reflejo, entre sensibilidad y razón, entre ciencia y ensueño. En definitiva, encontrar un equilibrio entre lo material y lo expresivo compensando las dosis de lógica, intuición y técnica.

2 Comentarios

  1. De acuerdo con tu opinión, creo que la fotografía debería haberse inclinado hacia una posición más creativa, peso sólo veo, la mayoría de las veces, montajes y fotos tratadas con una realidad falsa y sin fondo realmente creativo

  2. Hola Rafael. Todos sabemos que en muchas ocasiones los montajes y las fotos tratadas tienen un trasfondo creativo. Al final, lo importante no es tanto el medio (foto tratada, collage, montajes…) como la originalidad de la propuesta, su aportación al discurso comunitario y personal, así como el encaje discursivo y formal del proyecto dentro de la carrera del autor. Es cierto que a todos nos gustaría ver propuestas más imaginativas, pero también hemos de mirarnos en el espejo. ¿Somos nosotros lo suficientemente creativos?

    Un saludo y gracias por el comentario.

    Fernando Puche

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