Creamos imágenes para decir, ver, sentir o conocer, pero la manera de fotografiar siempre parte de nosotros, de la forma de ver las cosas e interpretarlas, de cómo se experimenta lo que nos toca. Por eso son esas mismas imágenes las que pueden hacernos entender el lugar que ocupamos, creativamente hablando. Precisamente porque esas imágenes son fruto de una edad, un momento y una conciencia determinada, nuestra obra constituye un espejo donde se refleja nuestro ser y, junto a ello, la forma de mirar, los temas con los que nos sentimos más a gusto, las sendas preferidas, los recelos. Las fotos reflejan, en parte, lo que vivimos.

Sabemos que la vida nunca sucede a velocidad constante y por un terreno llano; si así fuese sería predecible y aburrida. De la misma manera, el proceso creador jamás es lineal, así que la evolución no puede expresarse como un trazo recto en continuo ascenso hacia la maestría, el estilo personal, la mirada propia o como queramos llamarlo. Se trata más bien de un itinerario sinuoso en el que se suceden las encrucijadas y donde tomamos numerosos desvíos a veces por convicción y otras, las más, por casualidad.

Es inevitable que haya periodos de opulencia y épocas de sequía. Además, todo avance requiere echar la vista atrás, pues sin un examen coherente de lo ya hecho no hay manera de alcanzar lugares que no hayan sido ya visitados. Si uno no regresa periódicamente a sus influencias para revisarlas y, de paso, renovar los esquemas y plantearse nuevos retos, será imposible ir escalando peldaños en nuestra particular escalera creativa. Una vez escribí que el autor que no es capaz de viajar constantemente al origen de su obra para regresar con una visión renovada (es decir, aquel que se obsesiona con el cómo y se olvida del porqué) está condenado a repetir sus propias fotografías.

Todos, sin excepción, creamos imágenes recurriendo constantemente a lo ya visto y captado, así que fotografiar es un eterno retorno. Sin regreso no puede haber creación. Nuestro viaje es un balanceo continuo entre el mantenimiento de ciertos patrones básicos que caracterizan nuestra obra y las tentativas de ir más allá, romper ciertos moldes o experimentar desde otras perspectivas. Los fotógrafos, como la mayoría de las personas, tenemos nuestras propias obsesiones, criterios y tópicos a los que volvemos una y otra vez –sería mejor decir que jamás nos abandonan–, así que podría decirse que la creación no es sino un gran periplo de ida y vuelta entre lo que vivimos y las referencias almacenadas. Nosotros en mayor o menor grado lo hicimos y los estudiantes, a su manera, deberían recorrer también ese camino. Algunos lo llaman profundizar.

Tenemos entonces que a lo largo de ese camino que transitamos hacia la consolidación de un lenguaje propio, hemos de retornar cada cierto tiempo a nuestros modelos de referencia para revisarlos, analizarlos y llegado el momento relegarlos o alejarse de ellos. Se trata de una especie de juego entre avance y retroceso para ayudarnos a examinar de forma un poco más concienzuda los esquemas utilizados, de manera que podamos identificar inclinaciones y manías para no caer en la repetición y la rutina.

De esta forma, la creación fotográfica se concibe como un proceso de crecimiento y deconstrucción; un viaje de tanteo que nos lleva constantemente del presente al pasado y viceversa. Decía Antoni Gaudí que la originalidad consiste en volver al origen. Añadamos que regresar a los orígenes no es volver a realizar las mismas fotos que hacíamos veinte años atrás; significa regresar a lo que hicimos, amamos, vimos y soñamos pero con los ojos –y el corazón– de una persona treinta años mayor. Vuelves a ciertos lugares y a ciertas horas para dejar de hacer las fotos de los demás e intentar hacer las tuyas propias.

Antoni Gaudí fotografiado por Pablo Audouard en 1878, © Wikipedia
Antoni Gaudí fotografiado por Pablo Audouard en 1878, © Wikipedia

Inevitablemente, la fotografía nos exige una continua elección, de manera que sumergirnos en la obra realizada implica sopesar todas esas decisiones hechas en el pasado. Averiguar qué era necesario y qué pudo resultar prescindible; entender un poco mejor los referentes en los que nos reconocemos, así como valorar si al final ha resultado favorable la proporción entre carga técnica, argumento, estética y dimensión comunicativa. Hemos de aprender cuándo echar la vista atrás pues revisar, analizar y reflexionar supone crecer como fotógrafos porque todo eso forma parte del proceso creativo. No deberíamos tener dudas respecto a ello: rectificar es seguir creando.

Ésta es precisamente la razón por la cual la revisión de nuestro trabajo es tan importante, pues significa independizarse en lo posible de algunas ataduras después de haber saltado sobre algunos de los prejuicios que nos mantenían encadenados a ciertas figuras y a determinados patrones. Pero también volvemos para comprobar si finalmente lo creado se corresponde con lo deseado, las desviaciones que hayan podido producirse y lo lejos que queda lo conseguido de lo que queríamos expresar. Nos guste o no, avanzar creativamente implica revisar de manera crítica nuestra propia historia.

Este mirar por el retrovisor nos descubre cómo éramos, de qué manera percibíamos lo que nos rodeaba, pero también los hábitos adquiridos, cómo hemos gestionado nuestras iconografías, los prejuicios que perduran y ciertos cambios producidos en aquello que nos llama la atención. La cámara siempre es un instrumento de la memoria y del subconsciente; por eso mirar atrás puede enseñarnos a ver quiénes fuimos y, por ende, quienes somos. La personalidad fotográfica, ahora sí, como destilación de un carácter y una vida. Conseguir una “mirada propia” pasa por ser consciente de todo esto y desentrañar ese rompecabezas que es cada fotografía, para así poder tomar decisiones sobre qué experiencias de la vida o qué facetas de la personalidad queremos introducir en nuestro trabajo fotográfico.

Y precisamente porque eso que se denomina estilo depende de la forma de ser y las experiencias vividas, no se trataría de conducir a los aspirantes a fotógrafo a algún lugar concreto para que se perfeccionen con aquello que les falta, sino más bien de irles desvelando lo que hace que se apeguen a patrones y dogmas que limitan su visión, su creatividad y su capacidad reflexiva. Ellos son la meta, así que la labor pedagógica no es tanto completarles, como retirar –con su ayuda– las capas que pueden impedirles que las fotos hechas reflejen su propia individualidad. Despertarlos, como dice el experto en creatividad y educador británico Ken Robinson, a lo que llevan dentro. Colaborar a desbrozar la maleza sin quedar atrapados en ciertas ideas sobre el éxito o el fracaso.

Solo cuando se han limpiado las malas hierbas uno puede buscar la esencia. Llegado cierto momento, un lenguaje propio no suele lograrse añadiendo cosas, sino más bien limpiando nuestra obra de elementos innecesarios, reiteraciones fatigosas y tópicos inoportunos.

Y es aquí, como catalizador, donde está uno de los papeles fundamentales que se ha de asumir como docente: guiarles para que la búsqueda de un estilo no sea una huida hacia delante. En definitiva, enseñarles a que no busquen fuera lo que deberían encontrar en su interior. Puede que así, con algo de introspección, mucha energía y bastante pasión, años después logren tener un lenguaje propio que será, seguro, mucho de otros y algo de ellos.

Ser capaz de enseñarlo sería algo grandioso, pienso yo.

2 Comentarios

  1. Brillante, como siempre.
    Gracias por compartir con nosotros tus meditaciones.

    Por cierto, ¿dónde se puede informar uno de algún curso que des?

    Un saludo

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