Cada proceso de maduración requiere del suficiente valor como para poner en entredicho las certidumbres que atesoramos. Precisamente por ello es bueno intentar inculcar en la mente de los futuros fotógrafos un espíritu crítico que incluya algunas de las convicciones que tienen sus propios docentes. Hemos de tener en cuenta que ciertas recetas que se difunden pueden agravar la dependencia que une a muchos estudiantes con sus maestros. Al fin y al cabo, la visión de la fotografía que tiene un profesor es válida para él, pero no ha de serlo necesariamente para todos sus discípulos. Formar a alguien significa ayudar a que se desarrolle, y ese apoyo debería ser establecido no en función de lo que mejor le viene al formador, sino de lo que necesita quien acude a clase.

De alguna manera, educarles también equivale a intentar protegerles de nuestras particulares frustraciones y antipatías. Lo contrario podría suponer condenarles a que construyan su camino a base de copiar las soluciones de sus educadores, dejándoles incapacitados para diseñar rutas alternativas. Según Philippe Meirieu, nuestros alumnos no deberían ir a clase para saber qué piensa el maestro, sino sobre todo para averiguar quiénes son ellos mismos (Frankenstein educador, Laertes, Barcelona, 2007, pág. 133). Tanto las recetas como las soluciones instantáneas pueden privarles de la insustituible vivencia que se obtiene cuando luchan con sus propios problemas. Ya sabemos lo que ocurre cuando nuestra única herramienta es un martillo: no hacemos más que ver clavos por todas partes.

Hemos de concienciar a los estudiantes de que, aun siendo cierto que el conocimiento a menudo han de recibirlo de otros –instructores, fotógrafos consagrados, colegas, artistas varios, etc.–, en muchas otras ocasiones habrán de ir a buscarlo por ellos mismos. Incluso sabiendo que ciertos datos han de serles transmitidos necesariamente desde el exterior, su gestión siempre dependerá de ellos. El convencimiento de que el saber ha de serles dado puede convertirles en autores pasivos que depositen en los demás toda la responsabilidad respecto a su aprendizaje y se limiten a esperar a que se les revele la enseñanza ‘definitiva’. Para que esto no ocurra debemos inculcarles que la información obtenida no tiene valor en sí fuera de la interpretación y uso que hagan de ella. Un aprendizaje solo es emancipador cuando es transferible a otros contextos y puede ser utilizado fuera del ámbito donde ha sido aprendido.

Asimismo, cuanto antes les hagamos entender que todos poseemos capacidad creativa, antes podrán despojarse de algunas de las ataduras que pueden impedirles expresarse más libremente. La creencia de que los grandes fotógrafos poseen conocimientos ocultos de los que depende su arte y que existen fórmulas secretas que aseguran el éxito –o cuanto menos la creación de imágenes significativas–, perpetúa la dependencia de los maestros y de sus ideas ‘sagradas’ acerca de lo divino y lo humano. Esto puede terminar creando un círculo vicioso muy negativo entre quien imparte el conocimiento y quien lo recibe. La acción pedagógica no puede limitarse a impartir una determinada información y evaluar el saber administrado; debería perseguir el desarrollo de cada persona.

Cuando hablamos del equipo del fotógrafo damos por supuesto que hacemos referencia a esos maravillosos aparatos de los que nos servimos para materializar una idea y convertirla en fotografía. Pero al margen del equipo que todos, en mayor o menor medida, hemos de aprender a manejar, hay que fomentar también entre los aspirantes a fotógrafo el uso de otras herramientas: las personales. Me estoy refiriendo a la perseverancia, el pensamiento crítico, la receptividad, el razonamiento y la imaginación.

Además, la formación de personas para que sean cada vez más autónomas pasa por aumentar su autoconfianza –sin confundir autoestima con arrogancia–; promover la experimentación mientras al mismo tiempo se le resta importancia a los errores; fomentar la expresión de ideas propias; asumir que a veces hay proyectos que requieren de más tiempo del deseado o esperado; animarles a jugar con diferentes ideas aunque puedan parecer disparatadas, y facilitar el análisis crítico de sus propios trabajos. En definitiva, educar personas que sean capaces de ir más allá de lo que sus profesores les han dicho.

Richard Sennett, El Pais, © Erik Tanner

El buen maestro, afirma Richard Sennett, imparte una explicación satisfactoria; el gran maestro produce inquietud, invita a pensar (El artesano, Editorial Anagrama, Barcelona, 2009, pág. 17). Logra, por tanto, que los aprendices se cuestionen la manera de ver las cosas y de encarar los problemas a los que se enfrentan. El gran intérprete y pedagogo del violín Ivan Galamian dejó escrito que ‘el maestro debe tener presente que su objetivo supremo ha de ser siempre lograr que el estudiante sea autosuficiente‘ (Interpretación y enseñanza del violín, Ediciones Pirámide, Madrid, 1998, pág. 20). Es verdad que nadie es del todo independiente, pero resulta absurdo pretender que los alumnos tomen decisiones conscientes, razonadas e imaginativas sobre su quehacer fotográfico si se les dice lo que han de hacer en cada momento. La autonomía se va adquiriendo cada vez que nos apropiamos de un conocimiento, lo hacemos nuestro y somos capaces de reutilizarlo en otro contexto.

El trabajo educativo no consiste en transformar a personas en fotógrafos, sino en guiarles para que ellas mismas puedan hacerlo a través de sus propias decisiones. En el caso de la fotografía, el docente hace de guía, no de porteador. No carga a sus espaldas con el discípulo esquivando así los baches del camino gracias a su experiencia y sabiduría, evitándole ampollas y agujetas y dejándole, pues, sano y salvo en el destino elegido. Su papel es más bien de cicerone, consejero, orientador. Le muestra una realidad que el joven desconoce, dirigiendo en cierta manera su mirada para descubrirle un universo que él solo podría no terminar conociendo o hacerlo mucho más tarde. Le sugiere, intentando eliminar mucho de lo superfluo, dando así profundidad a aquello que se percibe. Le ayuda a relacionar ideas y visiones para propiciar el diálogo. Y después de enmarcar, subrayar y señalar puntos de referencia, entonces el profesor se hace transparente para permitir que el futuro fotógrafo camine solo.

No podemos evitar a los alumnos ciertas experiencias que necesitan vivir por ellos mismos para entender qué significa realmente dedicarse a crear imágenes. Sin vivencias no hay posibilidad de aprender, y sin aprendizaje no puede haber evolución personal. Seguro que habrá que mostrar, dirigir y plantear de nuevo, pero volveremos a ‘desaparecer’ cuando el estudiante tenga que transitar por su cuenta. Un proceso dinámico, flexible, sutil. Algo así, creo yo, debe hacer quien enseña, y me gustaría pensar que lo intenta además con cariño e implicación.

En la formación de potenciales fotógrafos no ‘gana’ nadie excepto el docente que es capaz de inculcar la pasión por la fotografía, el afán por desarrollar la imaginación, la importancia del pensamiento crítico y la capacidad de discurrir por uno mismo. Y, por supuesto, ‘gana’ la persona que entiende sus motivaciones, es capaz de reflexionar sobre el proceso creador que va desarrollando, consigue ser más receptivo y genera una obra cada vez más conectada con su yo íntimo. Y ganan ambos, discípulo y maestro, cuando son capaces de no confundir el carisma con la sabiduría.

Hagámonos alguna vez esta pregunta: ¿Estamos preparados para ello?

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