Rineke Dijkstra (Sittard, Países Bajos, 1959) ha sido una de las grandes renovadoras del retrato fotográfico contemporáneo. Y lo ha conseguido mirando al pasado. Buscando la inspiración en la creación pictórica, por una parte, siendo el estatismo de los protagonistas de las imágenes una de las condiciones esenciales de sus obras: quietud llena de profundidad.

Y volviendo también la mirada hacia los orígenes de la fotografía, donde en del retrato daguerrotípico necesitaba de una inevitable inacción para poder plasmar al sujeto. Y en ese caminar por la historia del arte que vemos en Dijkstra, desde la pintura hasta los comienzos de la fotografía, habría que fijarse de igual manera en la obra de August Sander, tan influyente en la imagen contemporánea, con esos retratos tremendamente reveladores de una época y de la condición humana. Y, por último, habría que detenerse en la famosa «escuela de Düsseldorf» donde la frontalidad y la uniformidad de la luz que contemplamos en Dijkstra, eran también señas de identidad de los alumnos de Bernd Becher.

Ese estatismo y ese clasicismo estético, caminan de la mano de su uso de una cámara de gran formato, perfecta aliada en su manera de trabajar. Como en tantas ocasiones, el uso de una cámara u otra delimitan el proceso creativo del autor. Y aquí, la precisión y la inevitable lentitud de la toma fotográfica que conlleva la utilización del gran formato, se convierte en un perfecto conducto creativo entre la mente del artista y la plasmación final de su obra.

Rineke Dijkstra – ‘Hilton Head Island, S.C, USA’, 1992
Rineke Dijkstra – ‘Hilton Head Island, S.C, USA’, 1992

Junto a estos dos pilares técnicos y estéticos, habría que abordar el concepto que emerge de sus series retratísticas. Como tantos otros fotógrafos, Dijkstra ha procurado buscar la verdad dentro de las personas retratadas. Richard Avedon utilizaba en algunos casos la provocación, y en otros generar cierta inquietud e incomodidad, para lograr retirar la máscara de la cara del retratado. Henri Cartier-Bresson procuraba pasar horas junto a los personajes, en silencio, observado expectante sus movimientos en pos de que ese yo psicológico acabara inmortalizado por su Leica.

Dijkstra ha elegido para sus series fotográficas retratar a personas en un momento de transición o de cabría decir casi indefensión emocional y física. Siendo anteriormente una fotógrafa comercial, la artista holandesa evolucionó hasta este punto tras sufrir un accidente en bicicleta en 1990. Después de haber nadado una serie de 30 largos en una piscina dentro de su proceso de recuperación, decidió autofotografiarse cuando «estaba tan cansada que era imposible posar». De esta manera, surgió en ella una nueva dimensión en su fotografía.

Así, desde este prisma, podemos contemplar uno de sus trabajos más reconocidos, New Mothers (1994), donde las protagonistas de sus imágenes son mujeres que acaban de dar a luz, con el bebé sobre sus brazos, y restos y marcas del parto todavía presentes en su piel. No hay trampa ni cartón, las mujeres se presentan desnudas, con caras de agotamiento físico, y con una mezcla de emoción y también de alguna manera miedo. La felicidad de un momento tan ansiado, se combina con el dolor y la intensidad física que supone un parto, y la fragilidad patente en el recién nacido.

Antes de este trabajo, comenzó ‘Beach Portraits’ (1992- 2002), probablemente la serie que le lanzó a la popularidad. Un conjunto de retratos individuales realizados a jóvenes adolescentes de diferentes lugares del mundo, sobre el fondo uniforme de la línea del horizonte y el mar. En todos contemplamos quietud, frontalidad y un uso del flash donde los retratados quedan con un punto de luminosidad superior al fondo, destacando aún más en su desnudez ante la cámara. Y una vez más, la fragilidad. No observamos aquí el demoledor rastro externo de New Mothers, sino que la angustia es más interna. En la fotografía seleccionada encontramos un fantástico ejemplo de análisis generacional.

Observamos con fastuosa corporeidad todos los miedos e inseguridades que atenazan a una persona durante la adolescencia. Esa etapa de nuestras vidas de transición, donde estamos a medio camino entre la infancia y la madurez, y el ser humano lucha por asentar los cimientos de su futuro dentro de la sociedad y las relaciones personales.

La joven de la imagen intenta cautivar, resaltar mediante la pose una sensualidad plenamente madura que no deja de resultar artificiosa debido a su edad y al impasible juicio de la cámara. De manera muy expresiva, y casi con incomodidad, podemos observar que el intento de mostrarse como una mujer adulta ha quedado anulado por una mirada asustadiza y una colocación del cuerpo vacilante. A esa edad somos muy permeables al exterior, y cualquier elemento mínimamente doloroso puede resultar dañino en nuestro interior y en la forma de mostrarnos a los demás.

Estas palabras de Rineke Dijkstra resumen bien el espíritu de su obra: «Deseas mostrar lo que las personas piensan que son, pero también revelar lo que está fuera de su control. Esto es lo que resulta tan bonito de los adolescentes. Son tan conscientes de sí mismos y, al mismo tiempo, están tan indefensos». Y la cámara fotográfica de Dijkstra sabe cómo captarlo. Se convierte en una herramienta de precisión, directa, perturbadora en el interior, y equilibrada en el exterior.

«Deseas mostrar lo que las personas piensan que son, pero también revelar lo que está fuera de su control. Esto es lo que resulta tan bonito de los adolescentes. Son tan conscientes de sí mismos y, al mismo tiempo, están tan indefensos»

En ‘Park Portraits’ (2003-2006), una serie más reciente, los retratos se vuelven grupales, y las edades de los protagonistas transitan desde la niñez hasta la juventud. En este caso, también el entorno adquiere una nueva dimensión e importancia, siendo diferentes parques de grandes ciudades los lugares elegidos para inmortalizar las imágenes. Esta vez los fondos no son neutros, sino que revelan relaciones y conexiones entre los jóvenes urbanitas y esos entornos naturales dentro de las ciudades donde acuden a buscar su personal edén.

‘Olivier’ (2000-2003), en el que recoge el cambio físico de un soldado francés, desde la escuela hasta sus primeros años de soldado profesional, y ‘Almerisa’ (1994-2008), donde ha ido fotografiando a una refugiada bosnia desde los 6 años de edad, son otras dos interesantes muestras de su amplia carrera, que en los últimos tiempos se ha acercado también al vídeo artístico. Conocer la obra de Rineke Dijkstra es profundizar en la evolución del retrato artístico a lo largo de las diferentes épocas y procesos, pero a la vez abordarlo desde una rabiosa contemporaneidad. Sin duda, bien merecedora del Premio Hasselblad 2017.

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