En un humilde establecimiento de internet en el pueblo de Wukro, donde apenas daba para poder mandar un mensaje a los tuyos y decir que seguías bien, los jóvenes que lo regentaban esperaron durante largo tiempo a que trozos de una película en Youtube cargase. Sus espontáneas risas sumergieron a este fotógrafo en una de esas escenas que se guardan con un cariño especial para siempre: la magia del cine; su traspaso de fronteras y su inmortalidad.

El niño cineasta que aún anida dentro, el inoculado por el virus de tan maravilloso arte, siente –a pesar de las muchas cosas que le separa con esos jóvenes–, unos hermanos en el tiempo, la distancia y sensibilidad. Porque aquel hombrecillo, el vagabundo errante más famoso del celuloide cuyas pícaras tribulaciones pasaban por sobrevivir sin morirse de hambre y un techo donde cobijarse del frío, que acompañó innumerables tardes de juventud, hace vibrar de igual modo su humor y mensaje a unos chavales de una remota región del norte de Etiopía. De su mutismo, Chaplin, hace un lenguaje universal del humanismo lanzado al alma indistintamente de la clase, cultura o educación. Si hay un concepto de triunfo, incluso después de la muerte, lo más cercano debe ser esto que Chaplin logra.

La fábrica de Tiempos modernos (la película que disfrutaban), metáfora de un mundo que engulle al hombre para transformarlo en una pieza más del engranaje industrial, cuya etiqueta es un número sustituto de un nombre sin importar sus sentimientos o necesidades –en unas calculadas secuencias de un perfeccionista que veía en el humor algo muy serio–, vuelve a recordarnos que somos esclavos de nuestra tecnología, modo de vida y falta de empatía con el prójimo. Sabiendo el sufrimiento infringido a África durante décadas para mantener el nivel de vida de otros, sin pedirle perdón por tanto expolio y abandono, presenciar tal secuencia es cuando menos una señal que te reconforta. A pesar de reflexionar acerca de que servicios como su negocio nacieron para suplir las necesidades de quienes venían de fuera primero.

Pensamos demasiado, sentimos muy poco – Charles Chaplin

Toda historia tiene un principio

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Un niño se abalanza al grito de ¡Abba Melaku! (Melaku es mi ángel en idioma tigriña; abba es padre) sobre el padre Ángel y lo abraza cariñosamente. Hacia tiempo que ambos no se veían. Era la primera hora de la mañana en el Hospital Universitario de Mekelle, a unos 45Kms de Wukro, cuyo centro sanitario está aún muy limitado. Han pasado casi 25 años desde que Ángel llegase a la región. ©José Luis Valdivia

En 1992, un misionero de origen vasco de la orden de los Padres Blancos, Ángel Olaran, que había permanecido durante veinte años ejerciendo su sacerdocio en Tanzania, recibió el encargo de ayudar a un compañero a levantar una escuela en una perdida región del norte de Etiopía: Wukro. Etiopía, por aquel entonces, era el triste recuerdo de infancia que muchos poseemos de un país devastado por las hambrunas y enfermedades. Aquel lejano lugar del que todos hablaban –la madre África–, que decía emocionada una maestra de humanidades. La que te hacía perder de un plumazo la inocencia cuando la fotografía de un chaval de tu misma edad se asemejaba a un anciano en miniatura desnutrido con el vientre hinchado, los insectos como compañeros de viaje y la sombra de la muerte cerniéndose implacable. Sumidos en ese velo cándido que otorga la niñez, te preguntabas en qué modo podían ayudar o paliar unos papeles que llamaban dinero metidos en un humilde sobre. Con el seco golpe de la edad adulta, el velo cae, las realidades se vuelven certezas que te sacuden, y la existencia son continuos alambres de funambulista, donde caerse para un lado u otro dirime el caminar por esta tierra con mayor o menor suerte.

Equilibrios que tuvieron que sortear estos hombres para levantar un proyecto donde tan solo existía una estoica acacia en una tierra yerma cedida por la comunidad, en un lugar de paso plagado de chabolas de barro sin agua y luz, con una población mermada por la miseria y el más absoluto desamparo. «Un panorama dantesco«, nos decía un día el padre Ángel. Esos continuos “desequilibrios” pueden definir perfectamente a Etiopía en general, y al Tigray con Wukro en particular.

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En el comedor de la Misión de Saint Mary, una pintura recuerda al primer inquilino (la acacia) que se toparon los misioneros a su llegada, donde hoy se levanta una enorme escuela profesional de agricultura, con miles de árboles plantados y cientos de especies de plantas.
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Una vista panorámica desde una elevación cerca de la prisión, da muestra de la expansión de la ciudad de Wukro. ©José Luis Valdivia

La ahora próspera ciudad de Wukro, que fue tildada en una conversación por un responsable de la oficina de cooperación internacional «como una de las ciudades más bonitas que había visto de África«, alberga una población actual de unos 40.000 habitantes distribuidos en diferentes barrios con cierta autogestión paralela al poder electo del ayuntamiento. Dicho comentario venía alentado tras ver el nuevo pavimentado y embellecimiento de las calles por parte de las propias cuadrillas vecinales que trabajan en ello. Un trabajo que dura las doce horas de luz natural del país: de seis de la mañana a seis de la tarde. En Etiopía –pueblo solar en su funcionamiento–, no existe el conocido cambio de hora que hacemos en España, por ejemplo. Cuando uno entra en esa dinámica, se ha de reconocer que a las siete u ocho de la tarde el cuerpo pide irse a la cama.

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Grupos de hombres y mujeres –mayormente jóvenes– participan del pavimentado de las calles de Wukro. La piedra y el trabajo de cantera es muy bueno, dando como resultado unas calzadas dignas de la época romana. Un trabajo –por lo que pudimos saber– bien pagado en proporción a su escala del nivel de vida. Entorno a los 100 birr día, es decir, sobre los 4€. ©José Luis Valdivia
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Una cuadrilla de chavales carga el último carro de la tarde antes de que se oculte el sol por completo. Obsérvese la larga calle que conduce hacia el mismo centro del conocido mercado. La colocación y pulcritud del trabajo es digna de alabar. ©José Luis Valdivia
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A pesar de ser un país que está más pendiente de alimentarse que de atender las discapacidades, en las cuadrillas vecinales existen personas con ellas (físicas), que trabajan como otro cualquiera para ganarse el sueldo. ©José Luis Valdivia

La actividad económica de la ciudad, así como de la región y gran parte del país, es principalmente la agricultura, ocupando más del 80% del empleo disponible. Cierto sector de la juventud, como apuntamos en entregas anteriores, busca salidas de futuro en otras actividades menos rurales. El problema real que existe no es que no se pueda emplear a la gente: es que no se pueden pagar los salarios. Este hecho empuja a medidas desesperadas como la inmigración cruzando el desierto para llegar al Mar Rojo y buscar salidas en Arabia Saudita. Con la incertidumbre y muerte por bandera. Hay prosperidad, sí, pero también mucha pobreza. Y de una esquina a otra el panorama puede cambiar por completo.

Apenas un año antes de nuestra primera visita, el padre Ángel nos contaba el entierro que se produjo en Wukro para dar sepultura a un grupo de chicos que murieron en el desierto. Esos tuvieron suerte de ser traídos, porque al resto los enterraron directamente allí, para desconsuelo de sus familiares. Se dice que en esa partida salieron de la comarca más de 500 chicos y chicas. Algunos con visados, otros no, pero que no asegura nada para perecer igual.

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Unos jóvenes pastores iban recogiendo sus ovejas por la zona trasera del complejo de la escuela y misión de Saint Mary, en un lugar que cuando las lluvias son generosas, convierte en un bonito humedal con aves. Si no disponen de una oportunidad los próximos años, probarán suerte como otros paisanos suyos en cruzar el desierto. Las sequías y falta de cosecha actuales agravarán la situación. ©José Luis Valdivia

Nada provoca más desazón en los africanos que esta manera de tratarlos: como objetos, como instrumentos. Lo perciben como una humillación, una degradación, una bofetada – Ryszard Kapuscinski (Ébano-Crónicas)

El legado de diferentes regímenes es palpable vislumbrándose el tránsito desde el sistema monárquico de corte feudal, al posterior sistema militar dictatorial que les condujo a guerras y enfrentamientos que sumieron más aún en la miseria al país con pasajes muy oscuros, llegando al actual «democrático» que, pese a gozar de una mayor «estabilidad», las decisiones de su gobierno con la etnia oromo masacrando a cientos de personas en Oromia y Amhara en brutales cargas policiales y el bloqueo de la información censurando las herramientas modernas de comunicación, son procederes que ponen en serias dudas los derechos y libertades en la vieja nación abisinia.

Las últimas noticias no son nada halagüeñas, cifrando en más de 500 personas muertas por las medidas de dicho Gobierno, perteneciente al Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, aliado de Estados Unidos para más señas. La tensión ha llegado incluso a regiones del norte, concretamente a Bashar Dar y Gondar, donde en ésta última la policía incendió su conocido mercado en respuesta a los rebeldes opositores, quienes a pesar de sufrir bajas y ser detenidos líderes suyos, aseguran que no van a desistir. No olvidemos, como así citamos en nuestro primer artículo, que el Gobierno está llevando a cabo un plan urbanístico injusto de expansión a costa de las tierras de estas etnias sometidas.

En la región del Tigray (norte del país también) cuyas hambrunas son tristemente famosas, el eco de dichas consecuencias pasadas está más patente que en otras zonas del país, donde los más longevos te recuerdan episodios sufridos en sus propias carnes, teniendo la gran mayoría seres queridos enterrados en unas u otras circunstancias: guerra con Eritrea; enfermedades (SIDA, hepatitis, tuberculosis, malaria, meningitis); hambruna…

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Varias veces año algunos miembros pertenecientes a la Sociedad Civil, como el joven Efrén vinculado al padre Ángel y la escuela agraria de Saint Mary, organizan comidas sociales pagadas de su bolsillo para poder dar de comer a un numeroso grupo de personas que viven en la más absoluta pobreza. ©José Luis Valdivia
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Los ancianos y los niños son los sectores de la población más vulnerables de las situaciones de pobreza y enfermedad. Hay familias, como esta niña que sonreía a la cámara mientras acompañaba a su abuelo invidente, cuyos padres han desaparecido, y solo se tienen entre ellos para salir adelante. El hueco de una generación desaparecida es un hecho. Los voluntarios no paraban de servir comida y bebida al numeroso grupo venido de muchos rincones. ©José Luis Valdivia
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La pobreza no concede distinción entre edad o condición. Mujeres venidas a la comida social en esos días de abril, en plena Semana Santa. ©José Luis Valdivia
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Una simple comida y bebida es motivo suficiente para alegrarse. Tras ella se produjeron cánticos y bailes, demostrando el carácter estoico de una gente hecha de otra pasta. ©José Luis Valdivia

Erradicar la pobreza. Esto es todo lo que importa en mi país. Cuando estoy fuera de entrenamiento creo mucho en esto, cuando estoy corriendo va otra vez en mi mente. Como país no podemos avanzar hasta que erradiquemos la pobreza. – Haile Gebrselassie (Campeón del Mundo y Olímpico de atletismo)

Precisamente, la separada región de Eritrea, convertida en país autónomo cuya guerra situó a Wukro –y su vieja carretera de origen italiano, parcheada ahora por los chinos– como una zona de paso importante, se encuentra a apenas 157 kilómetros de distancia. Como suele ocurrir en esos lugares que son utilizados como zona «dormitorio» por los ejércitos, su asentamiento deriva, en muchas ocasiones, en incremento de la prostitución, reclutamiento de los varones para el combate, y empobrecimiento del lugar. Pero no solo este sector es el responsable, las rutas comerciales elevaron dicha actividad, como las caravanas de la sal hacia Mekelle o transportistas que llegan incluso a contratar a las mujeres al margen de las relaciones sexuales, para quehaceres del hogar; sin olvidar a los propios, donde pudimos presenciar –gracias a un amigo del lugar– la sutileza en bares o locales para saber que se producía un servicio. Ya comentamos que las manifestaciones sentimentales es una cosa de puerta para adentro.

El padre Ángel, que durante años estuvo al frente de un programa con dichas mujeres, y que ahora camina por otra senda, con otros responsables, se apresura a comentarme, como veremos en las extensas entrevistas:

No juzguemos a la ligera, porque hay mucha dignidad en estas mujeres. Ellas se prostituían por una necesidad; vendían sus cuerpos, pero no sus almas. Todo lo contrario de los países que ostentan poder económico, político, e incluso religioso, donde quizás no vendan sus cuerpos, pero sí sus almas. – Ángel Olaran

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Angel, en la sala de los abba (padres), donde se echa sus ratitos de siesta nocturna, en una de esas noches que cortaban la luz y aprovechábamos para hablar distendidamente. ©José Luis Valdivia

De los setenta a los noventa y, ya entrado el siglo XXI, para vergüenza propia y de la comunidad internacional, África sufriría a través de naciones como Etiopía, Sudán, Somalia, Ruanda o Chad, las etapas más oscuras en epidemias, hambre, guerras, masacres, alzamientos, corrupción o brotes de locura colectiva anidadas en la intolerancia, desprecio, racismo y xenofobia…

Ya dijimos que Etiopía no fue colonia de nadie, pero algunos de los países citados si que padecieron el yugo del colonialismo, e indirectamente, en dichas décadas convulsas donde la ansiada libertad estuvo precedida por cantos de sirena que nunca se produjeron, la idea de que la emancipación traería el fin de las miserias y prosperidad inmediata, se esfumó por donde vino. Todo lo contrario: no supieron aprovechar dicha oportunidad en pugnas internas estériles, siendo a la postre, la puerta de entrada de los grandes bloques en su particular visión de creer que el mundo es un tablero donde ellos colocan las fichas según convenga.

Eritrea ansiaba su independencia de Etiopía desde que los ingleses dijeron «ahora volvemos» en 1962. Porque mire usted por donde, según algunos eritreos entrevistados, la sensación de ellos es que Etiopía trataba a su región como «una colonia»; sin ser conscientes que, por desgracia, la alargada sombra europea había precedido esa actitud. No sería hasta llegados los 90, cuando se pactaría un referéndum pacífico que daría como resultado la aceptación de su marcha en el 1993. Pero, como buena especie de primates que somos, si por algo nos hemos caracterizado para darnos de hostias desde el inicio de los tiempos, es por las tierras y las fronteras. Nunca se nos ha dado bien marcar con tiza lo que es «tuyo» y «mío»; así que ni cortos ni perezosos, los eritreos, una buena mañana de mayo, también les dijeron a sus mujeres: «Ahora vuelvo, cariño», y se lanzaron en 1998 por la región de Badme que, como en toda buena historia de tierras, es la que queda «en medio». Pero la cosa no venía de aquí, no señor, era desde el 1902, cuando se ve que no quedó clara la cosa en el Tratado Italo-Etíope (¿recuerdan, tras el conflicto de 1896, Etiopía 1–Italia 0?); y es que ya se sabe lo que pasa cuando dices aquello de: «Sí eso lo vemos luego, Paco». Pues que transcurrido el tiempo, ni Paco se acuerda bien como era el asunto, y tú igual te acuerdas «demasiado» del asunto. O viceversa.

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Mapa de la frontera de Eritrea con Etiopía. Podemos comprobar que, efectivamente, Badme «es el jueves» de ellos.

La invasión de Eritrea a Badme, se saldó con unos episodios feos de asesinatos a funcionarios, echándose culpas los unos a los otros argumentando una guerra que duraría dos años. Primero fue una guerra de desgaste aéreo (la propia Mekelle sufrió bombardeos), para luego ser una intervención terrestre. En el 2000 se firmó el Pacto de Argel, y parecer ser, de nuevo, que alguien dijo «sí eso lo vemos luego, Paco», porque hasta día de hoy no hay firmada una paz definitiva y un repartimiento que satisfaga a ambas partes. Se estableció un arbitraje internacional, y la ciudad cayó del lado eritreo, a pesar que muchos ciudadanos de Badme se sienten etíopes. En esa zona hubo miles de refugiados y muertos. La presencia y control del ejército etíope es constante, y a pesar que aseguran que ya no se repetiría un enfrentamiento fratricida, otros más escépticos reflexionaban aludiendo que la amenaza estaba, y que en cualquier momento podrían torcerse las cosas.

Eritrea es considerada la «Corea del Norte» africana, debido al hermetismo férreo que somete al país su presidente Isaías Aferweki, quien creyó que era mejor suprimir los partidos políticos (de oposición ni le hables), omitir elecciones, encarcelar disidentes, y crear campos de trabajo forzado, porque ya se sabe que el trabajo «dignifica al hombre». Un demócrata de los de toda la vida, vamos. Y la ONU, allá en el 2008, sus cascos azules se fueron silbando como si la cosa no fuese con ellos… La tragedia de refugiados en Lampedusa, junto con la que ahora acontece, tiene por protagonistas a muchos eritreos. Prueba fehaciente de que todo ha sido un fracaso para unos y otros.

A la conclusión de la contienda, muchos combatientes etíopes no disponían de acceso a un puesto de trabajo, ya que sus habilidades se habían limitado al combate y poco más; con un elevado grado de analfabetismo. Por eso, en numerosas obras, podemos ver a vigilantes que llevan armas de origen soviético, como el famoso AK-47: «Si ves a un hombre con un arma, es que sabe usarla», me decía Ángel en alusión a esos vigilantes que se ofrecían en dichos trabajos, al ser los dueños de las mismas.

A 10kms de Wukro se encuentra Negash, donde se dice que está «La Meca» africana. Allí, un proyecto con los suizos tenía como protagonista a una presa que abastecería un valle con zona de cultivo. Fue la primera vez que vi a Gebre Heywet, que para más metáfora del destino, significa «sirviente de la vida». Fue un combatiente de la guerra que vigilaba dicha obra, y al principio no osé fotografiar nada, hasta que él mismo, al ver las cámaras al cuello, sabedor para qué servían, quiso posar en actitud marcial. Le noté honesto, de porte recio, que miraba a los ojos y curioso. Prometí llevarle una copia impresa en mi siguiente viaje.

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Nuestro miliciano Gebre Heywet en Negash, en la época seca. ©José Luis Valdivia.

Seis meses después, en el siguiente viaje gracias de nuevo a NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía, me invitan a la inauguración de la presa de Negash, donde todas las familias de campesinos que se beneficiarán, asisten junto con las autoridades. Sabedor de que quizás esté nuestro miliciano, trato de cumplir la promesa y llevo la copia conmigo. El paisaje en este tiempo ha cambiado a verde gracias a las lluvias. Al verme me recuerda enseguida, le doy la foto, y su cara se ilumina de felicidad mostrándola como un trofeo a todo el poblado sin dejar de decirme «yekeniele», gracias en tigriña. Realmente éramos dos, los felices aquel día.

Pudimos comprobar que también era un día especial, porque Gebre pertenecía a esa comunidad, y comentaba que se beneficiaría su pequeño terreno de dicho regadío. Esperemos que los días de lucha queden atrás.

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Gebre Heywet posa con su foto seis meses después de tomársela. Aún nos veríamos una vez más. El paisaje, gracias a ciertas lluvias, nos regala una imagen de más vida. ©José Luis Valdivia

Comenzábamos este artículo con unos jóvenes felices al ver el humor universal de Chaplin, y lo cerramos con el poder mágico que sigue ofreciendo una simple fotografía a quienes se ven reflejados en ella. Cumplir la promesa con todos aquellos que generosamente deseaban salir en las fotografías, es una recompensa de orgullo el efecto de verse –y sentirse– importantes sobre un papel fotográfico traído por un faranji (extranjero) de un lejano lugar. La impronta del ser con su principio de «presencia», o consciencia del «yo», es similar a la pulsión que nuestros ancestros tuvieron desde el mismo instante que desearon dejar su huella sobre las paredes de una cueva.

Solo hemos empezado a conocer parte de una realidad; por delante nos queda mucho camino aún.

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