Se está convirtiendo en una triste costumbre que cada vez que afrontamos un nuevo episodio de nuestro viaje, las noticias que nos llegan sean preocupantes. Etiopía, nuevamente, ha sufrido una de las peores situaciones con pérdidas de vidas humanas que venimos relatando en anteriores entregas con las cargas policiales contra la etnia oromo. En la gran conmemoración festiva anual de la Irrecha en octubre, la policía decidió acallar los cánticos de protesta contra su etnia con gases lacrimógenos, provocando avalanchas, estampidas, aplastamiento y caídas en zanjas que se convirtieron en trampas mortales. Decenas de muertos y heridos, mientras parece convertirse en algo normal con una comunidad internacional que suscita a pensar que solo masculla entre dientes «estamos ocupados con otras cosas». Informativamente apenas ha sido algo fugaz en determinadas cadenas.

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Los conflictos más serios comenzaron en 2015 extendiéndose ya cerca de un año. Por entonces se podían ver pequeños enfrentamientos entre quienes estaban a favor y en contra. © José Luis Valdivia

Y, mientras relatábamos estas líneas, el Gobierno ha declarado el Estado de emergencia para los próximos seis meses. Al primer ministro Desalegn, quien gobierna con una mayoría absoluta que ha estado siempre bajo sospecha, no le queda otra que tratar de conciliar con la oposición (sin representación) –y sociedad civil–  si no quiere que la situación acabe peor. Prueba de lo pernicioso que puede ser gobernar con mayoría absoluta imponiéndose y sin atisbo de crítica.

Última hora de primera mano

Gracias al padre Ángel Olaran, con quien tratamos de contactar para que de primera mano nos contase lo que acontece allí, nos adelanta lo siguiente. Primero, los comunicados oficiales:

 

Estimados compatriotas,

El Primer Ministro Hailemariam ha anunciado hoy la convocatoria del Estado de emergencia en todo el país, debido a que la actual situación supone un riesgo para la población de Etiopía.
Sin embargo, la Embajada hace hincapié en que el Gobierno no se ha referido, en ningún momento, a imponer el toque de queda. Para esta noche está prevista que se enuncien las medidas concretas que establecerán las autoridades de Etiopía.

El Estado de emergencia se declara, normalmente por 6 meses, aunque el Gobierno ha insistido en que puede retirarlo antes de esa fecha. Así, el art. 93 de la Constitución establece que el Estado de emergencia puede ser declarado “…cuando una alteración del Estado de Derecho y del Orden Público pone en peligro el orden Constitucional y no puede ser controlado por las fuerzas del orden regulares…”

Somos conscientes de que la red de Internet móvil está cortada e incluso la propia red de teléf. móvil está inoperativa en partes de país; sin embargo, las líneas de Internet terrestre funcionan, aunque con irregularidad. La Embajada está en permanente contacto con el resto de las Embajadas y OOII presentes en Etiopía: Ante esta situación, no hay ninguna razón en este momento para considerar medidas adicionales de seguridad a las últimas recomendadas por esta Embajada.

Nos gustaría mantener el teléfono de emergencia consular libre para atender posibles casos reales de emergencia, por lo que os rogamos se haga un uso racional del mismo.

Segundo comunicado:

Queridos compatriotas:

Como continuación a la comunicación de ayer, la Embajada informa que la situación en Addis Abeba es de calma. No obstante, debido al establecimiento del Estado de Emergencia, se recomienda: ir siempre identificado, abstenerse de realizar cualquier tipo de manifestación, declaración o gestos de carácter político y siempre circular con prudencia puesto que se espera una mayor presencia de militares en la ciudad. Se recomienda asimismo, teniendo en cuenta el contenido de la legislación impuesta, hacer prueba de la máxima discreción en las comunicaciones que mantengáis y evitar cualquier mensaje de sms, correo electrónico, whatsapp, que pueda interpretarse como conteniendo connotaciones políticas.

De momento, no se ha establecido ningún toque de queda, aunque se ha comunicado que podrán imponerse, así como restricciones a los movimientos y el acceso a determinadas zonas.

Es la primera vez en 25 años que Etiopía declara un Estado de Emergencia. Y lo referente a las redes y teléfono suena más a excusa que a fallo de sistema… La situación ha llegado al tal punto que incluso la canciller alemana Ángela Merkel se ha desplazado al país para mediar. El Primer Ministro etíope –que parece ponerse firme ante la conocida líder europea–, niega que haya habido desproporción por parte de las fuerzas del orden cuando ésta (Merkel) ha declarado que debe «permitir manifestarse a su pueblo sin pasarse en la contención«. Seguidamente, Desalegn, ha denunciado públicamente que las revueltas oromo están «financiadas y armadas» por Eritrea y Egipto. No son las mejores palabras para que el conflicto tenga tintes de remitir. Al Frente de Liberación Oromo, del que dicen tienen pruebas de estar financiados y entrenados por Egipto, los han incluido en la lista de grupos terroristas.

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Esta escena, aparentemente tranquila, derivó minutos después en una pequeña batalla campal. Se sofocó gracias al sentido común de quienes intervinieron para calmar los ánimos, algo que pudimos comprobar en otros enfrentamientos. © José Luis Valdivia

Ángel Olaran nos transmite lo siguiente desde Wukro, en el Tigray:

Todas las comunicaciones aéreas y por carretera están abiertas. Al principio de las manifestaciones las carreteras a Bashar Dar, Gondar estuvieron cerradas unas semanas.

La gente se mueve por el país.

Ha habido brotes serios en el sur, donde se han quemado unas 25 fábricas, tipo gubernamentales, dado que, según ellos, los beneficios no llegan a la población oromo. Pero no parece haber brotes nuevos. Se ha declarado el Estado de Emergencia, pero sin más, al menos por ahora.

No se conoce que haya nuevos ataques contra los tigriños que viven en las regiones amara y oromo. En un principio quemaron algunas de sus casas y a ellos los insultaban. Varias familias han dejado sus hogares y han vuelto al Tigray.

Un grupo de ellos ha sido acogido en Wukro. Nosotros nos hemos ocupado del alojamiento de 25 familias, por 4 meses.

Imaginaos la diferencia entre ahí y aquí. Aquí, en los últimos 15 años, y a nivel estatal se ha avanzado mucho social y económicamente. Etiopía sigue siendo un país tranquilo, acogedor. A pesar de todo lo conseguido, hay personas que mueren por lo que consideran sus derechos. Ahí, a la inversa, lo que aquí se ha avanzado, ahí se ha retrocedido en 6 años; se han perdido derechos adquiridos con años de trabajo. Y la gente lo da por hecho y no pasa de los comentarios más o menos atinados. Pregunta: ¿De qué lado se halla la democracia bananera?

Ángel Olaran

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Desde hace muchísimos años, tras el desayuno, Ángel Olaran se dirige a los estudiantes de la escuela de oficios de la misión de Saint Mary, para transmitirles valores, sentido común, esperanza y la necesidad de que aprovechen su oportunidad de futuro a través de la educación. ©José Luis Valdivia

Estamos muy agradecidos a las palabras e información de Ángel. Toda la razón en su reflexión final de cómo hemos ido permitiendo que muchos derechos conseguidos con mucho sudor –e incluso sangre– en el pasado, los estemos volatilizando en un santiamén. Pero solo hago un apunte a sus palabras: allí han matado a más de 500 personas en un año de revueltas; aquí, de momento, esperemos que eso nunca ocurra; pero sí que se salga a luchar pacíficamente por ello. Porque las últimas cifras de Europa –y España en particular– son de auténtico sonrojo: 122 millones de europeos viven en condiciones de pobreza. 13 millones de españoles en situación de riesgo, donde más de 3,5 millones apenas llegan a los 300€ de ingresos –el que los tiene– considerándose en los umbrales de la extrema pobreza. ¿Alguien entiende algo de esto?

Al otro lado del mundo, un huracán con nombre de actor de Hollywood, Matthew, deja tras de sí un rastro de muerte y destrucción desolador. Nuevamente, también, un pueblo como es el haitiano sufre las más terribles consecuencias con el millar de muertos, muchos desaparecidos, ciudades devastadas, epidemias, hambre y desesperación para el millón de afectados. Si existe allá arriba alguna fuerza suprema, podríamos decir que la tiene tomada con ciertos pueblos aquí abajo. Veremos cómo se desarrollan ambas noticias en las venideras semanas. De entrada, no vemos por las redes sociales colocándose la bandera haitiana o etíope de perfil en señal de solidaridad. Evidentemente que ello no cambia nada, pero si mostramos repulsa y apoyo por según qué acciones o sucesos al lado de casa, el resto –que también es la humanidad–, merece igualitario trato y empatía.

La mediocridad imperante actual, con una clase política mezquina, incapaces de mirar en solucionar problemas reales del planeta sino en las ambiciones personales, está dando como resultado un mundo profundamente desigual. Si la ya llamada primera potencia mundial, Estados Unidos, tiene como futuros representantes del devenir del «globo» a dos personajes como son Donald Trump y Hillary Clinton, es para pedir plaza en las próximas lanzaderas espaciales.

Cuentos, mitos, leyendas y nación

Vayamos con algo menos triste de Etiopía. Mucho más arraigado que determinadas virtudes gastronómicas, folclóricas, de interés paisajístico o, si mi apuran, histórico narrado con más o menos honestidad, se hallan los cuentos, mitos y leyendas de los lugares. A lo largo de estos años hemos comprobado el apego y devoción con el que se conservan estas narraciones populares que, vistas con la perspectiva adecuada, no dejan de ser transmisoras del sentir y alma de sus habitantes. Una forma íntima de verse reflejados en el espejo de sus pasiones, esperanzas, temores, tristezas y alegrías. De dar significado a una tierra. Allá donde los rituales y convivencia lucen una primigenia más tribal, los cuentos, mitos y leyendas lucen más poderosos, enigmáticos y seductores. Tal que así es en la vieja Etiopía que, a pesar de la distancia física e ideológica con los pueblos nórdicos, esta faceta los dibuja de forma paralela asombrosa.

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Un joven pastor, Kaldi, y sus cabras, dan forma a la leyenda del origen del café en Etiopía.

Cuenta la leyenda, que un joven pastor que recorría las montañas de Kaffa –conocida región al sur-oeste del país, también llamada Caffa–, llevaba su ganado alegremente por los pastos. Un día, dicho rebaño de saltarinas cabras, desapareció. Kaldi, abrumado y temeroso de no recuperarlas porque de ello dependía su economía, las buscó denodadamente. Finalmente las halló en un valle, pero su comportamiento era muy extraño y agitado. Observó que no paraban de comer unas bayas rojas de unos arbustos del lugar. Decidió probarlos, si bien no le gustó, aunque se sintió igualmente agitado. Preocupado, marchó hacia su poblado donde allí convocó al imán de la mezquita, el cual también las probó. Al hacerlo, su cara se agrió y escupió las bayas no encontrando sentido a que le gustase a las cabras, lanzándolas contra el fuego. Al ir quemándose las bayas, el olor tostado de los granos impregnó la estancia, despertando el interés en el imán quien decidió probarlas ahora en una infusión con agua. El brebaje fue de su agrado y comprobó que le podía mantener despierto toda la noche, además de agudizar sus capacidades. Enseguida compartió dicha receta con sus discípulos para que estuviesen despiertos en las vigilias nocturnas de oración. El secreto se fue propagando y los monjes de aquella región, en homenaje a la misma, decidieron llamar a la planta «coffea«, la raíz etimológica de café.

La leyenda es interpretada y oída de diferentes formas con el mismo núcleo entorno a Kaldi, sus cabras y los granos. Pero de algo no cabe duda: el café nació y salió de Etiopía. No sería hasta el casi finales del siglo XVI, cuando un médico alemán Léonard Rauwolf, se topó en sus viajes con la bebida que estaba muy extendida entre el mundo musulmán. Estudioso de sus numerosas propiedades, decidió introducirla en Europa donde posteriores mercaderes la pusieron en circulación. El resto, como se suele decir, es historia.

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Unos jóvenes pastores nos muestran orgullosos unas pequeñas crías. Es inevitable pensar en Kaldi, sus cabras y su leyenda, rodeados por las preciosas montañas de Metzogo, a unos pocos kilómetros de Wukro. Apenas han ido a la escuela. © José Luis Valdivia

Érase una vez la infancia…

El trigo levanta sus brotes a través de la escarcha invernal para luego ser pisoteado una y otra vez. Pero el trigo pisoteado hunde sus fuertes raíces en la tierra y crece recto y alto. Y un día ese trigo dará frutos.

Keiji Nakazawa – Pies descalzos. Una historia de Hiroshima.

Las palabras del gran escritor y dibujante japonés Keiji Nakazawa, son un canto a la fuerza interior personal, el coraje y estoicismo ante la adversidad y un homenaje a la tolerancia y búsqueda de la paz como única salvación para frenar nuestra insensatez. Nakazawa dedicaba estas palabras en recuerdo a la infancia que le fue arrebatada con tan solo seis años, cuando una fatídica mañana del 6 de agosto de 1945, estalló sobre su cabeza la bomba nuclear de Hiroshima. Toda su familia, excepto su madre, falleció. Una generación quedaría marcada por el horror y devastación de la muerte nuclear en sus múltiples y atroces formas.

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Una de las magníficas viñetas de Nakazawa en su aclamado manga «Pies descalzos», donde muestra a Gen, su protagonista, desolado por las circunstancias. Extraordinaria metáfora la que compone con el símbolo de su «Sol naciente», sinónimo de su fortaleza y poder, pero también causa de la soberbia y crueldad desmedida que condujeron a una nación a la destrucción. © Keiji Nakazawa

El trigo que representa la vida, la matriz de supervivencia, era tan anhelado en aquellos desdichados años en las tierras niponas como lo es hoy por las etíopes. Aquellos niños dibujados en su conocido manga «Pies descalzos«, dejaron sus infancias aparcadas tras el estallido de la mezquina bomba, para buscarse el sustento como animales que escudriñan hasta el último rincón: Un cuenco de arroz, un poco de trigo o un mendrugo de pan, eran quimeras con las que soñaban, descalzos –como muchos niños en el continente africano–, deambulando entre muerte, escombros y miseria.

Los hombres y sus erradas decisiones traen consigo el peaje de unas infancias robadas; de unas vidas prematuramente lanzadas a la edad adulta, impropia de quienes aún andan formando su carácter y personalidad. Experiencias que marcan a fuego y que devienen si lo que tendremos en un futuro son seres más justos o, por contra, continuadores de los mismos errores si no se comprende definitivamente que la educación forma parte del pilar básico del individuo. Lo que acontece actualmente con los conflictos abiertos en guerras estériles y miles de refugiados cuyo futuro es incierto, nos escupe directamente que los patrones son repetidos cambiando escenarios y tiempo.

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Una bella espiga de trigo brota orgullosa en unos de los cultivos de la Misión de Saint Mary en Wukro. Por desgracia, en aquella época de 2015, el cereal no alcanzó la altura suficiente. Fotograma perteneciente a la película documental. © José Luis Valdivia

Se dice que solo el 25% de la superficie cultivable está usándose, donde el problema radica que ésta depende de las lluvias. Esto deja muy desamparado al agricultor que, como tenga cualquier mínima desgracia, verá a su prole pasar verdaderas estrecheces. Tal circunstancia implica que en las áreas alejadas de los núcleos llamados «urbanos», los niños de la familia tengan que ayudar en las tareas del campo y de la casa en detrimento de su formación escolar.

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Una niña de unos doce años transporta una pesada carga de madera para llevarla a varios kilómetros, atravesando senderos y montes hasta llegar a su humilde chabola. Viene del mercado de Wukro. Vemos un dibujo de los diferentes estados de los jóvenes en el Tigray: los que posiblemente tengan algo de educación que visten ropas más modernas; los niños campesinos con indumentaria clásica y que ayudan a sus padres con ganado y venta de producto; y nuestra niña que no poseía formación y atendía la casa, el campo y sus hermanos. © José Luis Valdivia

Una forma de paliar la debacle del analfabetismo fue la creación de pequeñas escuelas rurales; lugares que se esfuerzan en que al menos reciban un mínimo de formación, pero comprobamos más niños trabajando que llenando las aulas. Aunque es importante reseñar que en una década se pasó –según recientes estudios– de apenas un 60% de escolarización a un 95%, pero el abandono escolar en ambos casos seguía siendo de un casi 25%, con el natural incremento de población en dicha década.

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Ángel nos hace un recorrido por una de las primeras escuelas rurales de la comarca en la que participó: Metzogo. Hay un mural que habla del empuje que supusieron las palabras del atleta Haile Selassie: «Juntos saldremos adelante». Fotograma perteneciente a la película documental. © José Luis Valdivia

Existen países que están mucho peor que la esforzada Etiopía, donde su analfabetismo llega a cotas del 80 y 90%, como Congo o Mali, debido a ser focos de explotación de recursos en oro o coltán; consecuencia de un círculo vicioso donde el afán de lucro de unas corporaciones del primer mundo empuja a ello. Se vende –o enmascara– con el antifaz de «dar progreso» y único recurso para acceder a un plato de comida. En realidad, tiene nombres y apellidos: esclavitud y explotación.

Según últimos datos oficiales de la Unesco, más de 750 millones de personas –jóvenes en su mayoría– son analfabetas. 500 millones de dicha cantidad son mujeres. La condena a ser manipulados, a no comprender el mundo en el que viven, a ser pasto de las desigualdades y no poder tener herramientas con las que defender sus derechos y libertades, son una triste realidad de este siglo XXI que saca pecho de «tecnología y evolución». ¿Cómo puede prosperar un país cuya población en edad de poder aportar laboralmente es analfabeta? Si un niño enfermo es más caro de mantener que uno sano: ¿cuál es el precio del analfabetismo? Y, recordando lo que antes nos mencionaba Ángel Olaran, acerca de nosotros mismos, surge otra interesante reflexión: Si estamos más preparados, si España no es un país analfabeto, ¿por qué permite entonces que se le manipule? ¿Es de recibo que un estudiante de apenas diecisiete años, con la información que hay actualmente, exclame en voz alta que los refugiados son una plaga llena de terroristas? Pues eso sucede en no pocos centros de nuestra geografía.

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La querida Danait muestra feliz uno de sus libros escolares de matemáticas. Le encanta el colegio y, su madre, Asqual, tiene sobre la repisa una fotografía que muestra orgullosa la orla de su hija al pasar de nivel. La incertidumbre con la situación actual y la falta de recursos en la casa, hacía que no supiese si podría matricularla para el siguiente. © José Luis Valdivia
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Un niño cuenta el dinero que lleva ganado en la mañana vendiendo bolsas de plásticos en el mercado de Wukro. Un gran número de niños apenas saben leer y contar para defenderse en cuestiones como éstas: el comercio para ayudar en la economía familiar. © José Luis Valdivia

… la infancia herida

En una de las muchas tardes que pasamos en la sala de urgencias del hospital de Wukro, un padre entra con el rostro desencajado y con una hija pequeña en brazos. La niña chorrea sangre por la cabeza con una herida abierta fea. Son claramente una familia rural de la amplia área que conforma los círculos alrededor de las urbes más pobladas y con mejores servicios. Sus vestimentas y calzados humildes, desgastados, con unas manos y pies embrutecidos y llenos de callos, dan clara muestra de la dureza de sus vidas. El hombre, corpulento, recio, directo, de mirada honesta, apenas sabía comunicarse con el enfermero que trataba de curar a la niña, y mucho menos se entendía con ese extranjero con una cámara al cuello que en otro idioma trataba de preguntarle «qué le había pasado a su hija». Era ver una imagen de nuestros abuelos a mitad del siglo pasado entrando por los ambulatorios.

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Los llantos y gemidos de la pequeña niña herida mientras la cosían, sacudieron toda el área de urgencias. La brecha en su cabeza era enorme, así como la inflamación de su ojo izquierdo. Su padre la sujetaba compungido. Una herida por trabajar, no por jugar. © José Luis Valdivia

La niña se había herido trabajando con su familia en el campo. Una niña de apenas unos cinco años. Tan solo se calmó un poco cuando quien escribe estas líneas, con su llanto desesperado metido en el cerebro, la acarició la pierna deseando que no pensase en el dolor. Al incorporarse no dejó de mirar a ese hombre paliducho vestido diferente con extraños aparatos al cuello. «Seguramente no haya visto a ningún blanco de donde viene» –me dijo el enfermero que la cosió. La gran disposición del personal del hospital, fue una suerte que tuvimos con los distintos turnos en el mismo con un trato de proximidad y amistad. Son atentos y agradecidos cuando muestras interés real por sus problemas. Eso hacía que narrasen continuamente lo que iba sucediendo con cada caso.

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No hay tiempo para nada más. El momento de llorar, de quejarse y ser curada ha pasado. Donde en cualquier otro lugar quedarse en el hospital es un lujo, aquí la vida continua. Con sus pequeños y gastados zapatitos en la mano, nuestra niña abandona urgencias con determinación. Le espera continuar con su dura vida, donde la infancia es tratar de sobrevivir. © José Luis Valdivia

En otro caso que merece ser narrado, nos encontramos con el mazazo que supone que un hijo acabe su infancia la misma noche que, creyendo que se trata de una trastada de niños, una meningitis lo convertirá en discapacitado para siempre, en un país poco preparado para ello.

Akril, un niño de seis años, es traído desde más de setenta kilómetros por parte de sus padres y hermana mayor, Sumnit, de apenas veinte y con una criatura a su espalda, para que lo atiendan en un centro del que dependen más de medio millón de personas. Ella, que apenas puede defenderse en un básico inglés, nos trata de hacer entender que quizás su hermano se ha envenenado con un algún producto tóxico que ha ingerido. Su padre cree que puede ser alcohol, si bien el niño no huele a borrachera. Los espasmos musculares que presenciamos, su llanto, así como la rigidez de sus manos, nos hace sospechar lo peor.

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A los pocos minutos de llegar a urgencias, la luz del hospital se marcha. Los generadores apenas sirven para cosas puntuales, pero hace imposible una intervención o tratamientos que dependan de no temer los cortes habituales de luz. Sumnit, la hermana, sostiene un viejo teléfono que alumbra para poder ver a su hermano. La cara de ella y su madre son el vivo rostro de la preocupación. © José Luis Valdivia

Sumnit es una joven curiosa, amable, de sonrisa sincera que agradece que nos preocupemos por su hermano. Que no tiene problema en decirnos el nombre de su familia y la edad. Que se va sentando en el banco de la sala para dar el pecho a su criatura a ratos. Paisanos que entran y salen de la estancia, se preocupan por el niño e incluso les dejan comida y bebida. Son así de generosos. Al igual que son incapaces de colarse delante de otro, esperando lo que sea necesario sin una voz o mal gesto. Al niño lo dejaron pasar entre todos para ser atendido primero.

Preguntamos por el doctor, pero se hallaba desbordado al estar solo a esas horas atendiendo a un numeroso grupo de personas. Vuelve la luz tras más de media hora de apagón; día de suerte, si tenemos en cuenta que presenciamos jornadas enteras sin luz.

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La madre de Akril sostiene a su hijo presa del dolor y la preocupación. Su gesto es el de cualquier madre del mundo, algo que se olvida en ocasiones: que somos iguales. Apenas pasa los 40 años y su rostro y manos son los de una anciana. © José Luis Valdivia

Akril ha ido teniendo ratos de lloro y espasmos muy dolorosos con otros que parecía quedarse sedado del esfuerzo. Tras un buen rato de espera aparece el joven doctor. Diagnostica al niño y su gesto serio denota que la cosa no va bien. El padre y la hermana le tratan de explicar que creen que ha ingerido algún líquido peligroso, pero el movimiento de cabeza del doctor negando les deja mudos.

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El joven doctor examina a Akril ante la atenta mirada de su padre y hermana. La madre, visiblemente cansada y abatida, espera en el banco envuelta en sus ropajes. Obsérvese la precariedad de la vieja sala de un edificio reconvertido en hospital. © José Luis Valdivia

Tras hablar con la familia, al ver nuestro interés el joven doctor, muy amablemente, nos traslada el diagnóstico: cree que es un tipo de meningitis. Y pidió a la familia que el niño se quedase unos días en el centro a fin de poder comprobar si no tenía encefalomielitis (inflamación del cerebro y la médula espinal). La rigidez de manos, con dedos agarrotados hacia adentro, cierta pérdida de sensibilidad en un costado y piernas, le hacían sospechar al doctor que, al niño, a pesar de que pudiese recuperarse, le quedarían secuelas. Cierta rabia e impotencia se apodera de uno al saber que una simple vacuna, que son más baratas de lo que nos hacen ver, remedian vidas como ésta.

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Tras la noticia del diagnóstico, la familia quedó muy tocada. Es un duro golpe para una economía maltrecha el tener un hijo con una discapacidad; además de la tristeza de ver a un hijo así. La mirada y gesto de la madre de Akril lo expresaban todo. © José Luis Valdivia

La familia de Akril hubo de realizar un esfuerzo para pagar la cama del hospital los días que estuvo ingresado. Cuesta unos 12 birr por día, es decir, apenas 0,50 céntimos de euro… Días posteriores al niño le hicieron pruebas en el Hospital Universitario de Mekelle, a 45 kilómetros de Wukro, confirmando el pronóstico.

Aquella noche en urgencias, separados tan solo por un viejo tabique, dos realidades nos abofeteaban el rostro y espíritu, porque en la estancia contigua, un joven –quizás marido o amigo– asiste a los últimos instantes de una joven de cuerpo consumido, que no llega ni a los treinta años presa de las complicaciones del SIDA, donde la tuberculosis y hepatitis se convierten en terribles compañeras de viaje. Él le hablaba y trataba de mantener despierta, mientras ella balbuceaba cosas y su mirada iba y venía. Poco más podían hacer por ella los médicos, excepto evitar que sufriera.

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Separados por un viejo muro, en dos estancias distintas, se daban la mano dos realidades que aún siguen marcando al país: la muerte por enfermedades a edades tempranas. © José Luis Valdivia

En los trabajos de documentalismo de esta índole, a lo largo de estos años hemos tenido claro que hay que ir a los hospitales a observar. No a buscar morbo, sino a comprobar el estado del lugar. Viendo de qué muere, de qué enferma, o qué come la población, uno traza una radiografía de la realidad que rodea a una sociedad. Es una muestra veraz de los síntomas de la misma. Tanto en Adís Abeba, como Mekelle o el propio centro de Wukro, muestran realidades similares con herramientas para combatirlas dispares. Obviamente, a medida que nos adentramos en territorios alejados del «progreso», opulencia y posibilidades que ofrecen las urbes, las necesidades, estrecheces y desamparo es manifiesto. De ahí que vengamos haciendo una crítica hacia el gobierno etíope de preguntar para quién exactamente construye su país. Porque dentro de las propias urbes, si uno traza círculos sociales del que más tiene al que menos, vemos idéntico alejamiento del interés por el individuo y sus circunstancias. Por lo tanto, si el presidente quiere arreglar la situación, deberá pararse a pensar en lo que su administración está ejerciendo con la etnia oromo en particular y el resto del país en general.

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En la escuela de agricultura de la misión de Saint Mary, en Wukro, un lema nos aborda por su camino principal: Learn by Doing, «Aprender para hacer». No hay otro camino que el de la educación, formación y los actos derivados de ese enriquecimiento. © José Luis Valdivia

La educación y formación son la clave de la evolución social. Es la que puede armar al individuo de herramientas para sopesar su futuro y el de la sociedad que vive. De mejorarla hacia adelante con la visión del pasado como aprendizaje. Etiopía ya tiene demasiado pasado sumido en la oscuridad; hora es ya que mire con más luz hacia adelante. El rechazo y odio gratuito alentado por terceros con intereses nada humanitarios, no debería dársele cabida.

Los niños cuyas infancias en Japón fueron condicionadas por una guerra, una bomba y sus terribles consecuencias, son adultos que te hablan del error que su país cometió a través de la educación y tolerancia. Los niños que sobrevivieron a guerras, epidemias y hambrunas en Etiopía, son adultos que te hablan de educación, progreso y tolerancia. Que temen que todo ese esfuerzo acabe de nuevo en saco roto. Porque a todos nos gustaría seguir escuchando historias y cuentos como la del niño pastor Kaldi, y no las realidades actuales.

Como dice el lema de la escuela en la fotografía: «Aprender para hacer«. Nosotros seguiremos aportando nuestro granito con las experiencias vividas gracias al compromiso de entidades como son NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía, así como el resto de asociaciones de la plataforma que tratan de ayudar a la región y obra de Ángel Olaran.

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