El turismo es uno de los sectores con más auge a nivel mundial en todos los sentidos. La proliferación de nuevas rutas con el consiguiente aumento de vuelos y su lucha de precios, ha favorecido que el visitar lugares remotos ya no sea solo un imposible visto en las páginas de las revistas que nos invitaban a soñar desde niños. Es una realidad a golpe de unos simples clics para obtener todo cuanto se desea.

Hubo un tiempo en el que viajar era la inquietud de explorar lo desconocido, de nutrir el alma adentrándose en nuevos conocimientos y culturas, donde los medios usados eran parte del romanticismo del mismo que dotaban de un tiempo para la reflexión interior; mientras que ahora, solo desplazan sus cuerpos de un lugar a otro sin más, con la extraña certeza de que ya está todo vivido.

Dentro de dicho auge –con sus cosas buenas y malas, como en todo–, la fotografía ha tenido un peso muy importante, una cadena derivada de esa palabra tan sobada en nuestros días: democratización. Con ella, la fotografía digital, abierta a cualquier hijo de vecino con un dispositivo que captura imágenes –ganando por goleada los actuales teléfonos móviles como centrales de vidas–, se han lanzado en pos de la acumulación de lugares y su retahíla de dichas imágenes que lo atestiguan. Esos lugares, como es obvio, acaban sufriendo transformaciones a fin de cubrir un sector que les reportará una forma de supervivencia. La lejana Islandia, por darnos un salto fuera de nuestro viaje africano, es una buena muestra de ello, convertida en auténtico reclamo de masas ávidas por capturar su belleza. Actualmente sobrepasada por la demanda, que repercute incluso en quienes viven allí a la hora de encontrar vivienda, destinadas al boom turístico.

El viaje fotográfico, el entendido como una transformación interior a la par que contemplación y canalización de lo exterior, es otra cosa bien distinta que ir a los lugares para quedarse con una mera postal. Siendo respetable lo que cada cual estime oportuno.

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Grupo de turistas fotógrafos en la playa de la zona del glacial de Jökursárlón, en el extremo sur de Islandia, en octubre de 2015, tras un verano de locura en cuanto a visitantes. ©José Luis Valdivia

Varapalo para Etiopía

Nuestros lectores han podido ir siguiendo el devenir que narrábamos de muchos sucesos a lo largo de un año convulso en la vieja nación abisinia. Los enfrentamientos, las muertes y revueltas sofocadas de forma muy poco democrática, dan como resultado un turismo que se contrae como el cuello de una tortuga ante el temor. Según últimos datos, siendo el periodo estival el de mayor afluencia, el descenso se estipula en torno a un 50% de visitantes en 2016 respecto a otros años. Una noticia terrible para un país cuya fuente de ingresos, al margen de otros sectores, tiene en el turismo una de sus mejores bazas. El hecho de ser una nación que vivía en relativa paz los últimos años, la diversidad cultural, su extensión que ofrece de todo a nivel naturaleza y el legado milenario en arte e historia, impulsaron a millones de personas a dejarse seducir por la tierra madre. Esperemos que la cordura impere para resolver y revertir tal situación.

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El viaje fotográfico ofrece la posibilidad de radiografiar realidades ajenas al ámbito cotidiano de uno, siendo la realidad cotidiana de otros. En el aeropuerto de Adís Abeba asistimos a una gran escena: la mujer de la limpieza, que reposa unos minutos sobre una silla de oficina abandonada en esa zona tipo almacén de la terminal; un hombre reza en el espacio habilitado para separarlos de las mujeres; y unos turistas con sus botas de montaña aún puestas comentando su última excursión, esperan tumbados la salida de su vuelo. ©José Luis Valdivia

Érase una vez un valle

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Valle de Gheralta, en el Tigray, a unos 45kms de Wukro en su época más verde tras recibir la alegría de ciertas lluvias. El pico último de la izquierda, el que desciende un escalón, es el famoso Abune Yemata (Santo Padre), donde se encuentra una mítica iglesia ortodoxa de complicado acceso. ©José Luis Valdivia

Dejaremos a un lado en este capítulo tantas vicisitudes negativas narradas, para así, de este modo, ofrecer también un lado amable, lúdico y de profundo gozo para el espíritu como es el disfrute de la naturaleza, cuya inmensidad siempre hace sentir muy pequeño al hombre; sin dejar de banda ciertos aspectos críticos que deben mencionarse.

En nuestro periplo por las tierras del norte, en el Tigray, si por algo se caracterizan es por lo mencionado anteriormente de atesorar un compendio de elementos que la hacen de conocimiento obligado: Yeha, Axum, Gondar, Lalibela, desierto de Danakil… entre muchas otras cosas.

El proyecto de documentar aquellas tierras nació gracias a una iniciativa dentro de NTO No te Olvidaré Ayuda a Etiopía: la escuela de guías de montaña Shila of Tigray (shila significa águila en tigriña), que desde hace unos años llevan peleando con ilusión por sacar adelante una idea cuando menos atrevida: que diferentes grupos de jóvenes etíopes seleccionados con ganas de una oportunidad laboral y que amen su tierra y cultura, sean quienes guíen y muestren dicho patrimonio a los futuros visitantes. Las trabas burocráticas, el gasto en material y formación, escoger las rutas adecuadas, los candidatos idóneos y el varapalo de las revueltas unido a la sequía, son piedras en el camino que retrasan el que no haya despegado del todo el proyecto. A lo largo de este tiempo otras iniciativas vinculadas al deporte y ocio han ido recalando por Wukro a través de distintas organizaciones, con la misión de Saint Mary y Ángel Olaran como eje principal de acción. Estamos convencidos que tarde o temprano la escuela saldrá adelante.

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Miembros de la escuela de montaña Shila of Tigray, junto con jóvenes guías locales, realizan una de las ascensiones a la conocida iglesia de Maryam Korkor. El paisaje en la época seca cambia ostensiblemente. ©José Luis Valdivia

Cuando se permanece un determinado tiempo en un mismo enclave, como es nuestro caso en la misión de Saint Mary, con una actividad de rutas al margen del trabajo documentalista, se acaba por querer conocer los alrededores de una manera más profusa. Más allá de la visita somera a puntos marcados en los centros de interés y que día a día se van masificando de forma abrupta –véase Lalibela y su incremento bestial de coste–, la búsqueda de otro tipo de viajero reside en el contacto directo con los entornos. Por ello el Valle de Gheralta, así como la zona de Metzogo, relativamente cercanas al núcleo de la ciudad de Wukro, son fantásticos lugares a los que realizar hermosas travesías sintiendo el esfuerzo deportivo ante el deleite por cuanto se contempla, a la par que se conoce una cultura milenaria representada en legendarias iglesias excavadas en la roca; árboles centenarios imponentes o la observación de fauna, especialmente aves, etc.

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En ruta hacia las montañas de Gheralta, en la villa de Abraha Atsebaha, nos encontramos con uno de los árboles más bonitos el «Daro», del género «ficus», especie «ficus vasta» y su dueño. ©José Luis Valdivia

En cualquiera de las dos maravillosas zonas es imposible no detenerse en detalles del entorno y sus gentes, formando un todo con la región. El Valle de Gheralta es un mosaico de un mundo que vive al pie de unas montañas, unas creencias y un modo de vida absolutamente rural en donde participan todos los miembros de la familia.

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Un chico cuida de su pequeño hermano cerca de una casa de barro y sus campos de cultivo en ruta hacia las faldas de las montañas de Gheralta. ©José Luis Valdivia

Toda esa vasta región fue antaño el denominado imperio axumita, cuna según la historia de la actual Etiopía. De profunda creencia ortodoxa con cientos de iglesias diseminadas por muchos rincones. La peregrinación por las montañas en Semana Santa para llegar al alto de las iglesias de Maryam Korkor y Daniel Korkor –korkor significa «excavado»–, donde se dice que está una réplica del Arca de la Alianza y las tablas de la Ley, custodiada el original en Axum, es un trasiego de hombres y mujeres de todas las edades sorteando la orografía del terreno con una soltura que haría languidecer al mejor atleta.

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Desde la falda de la montaña comienza un ascenso por una canal a modo de escalera vertical que va picando hacia arriba poniendo a prueba las pulsaciones del senderista. ©José Luis Valdivia

En el Kebra Nagast, libro sagrado de la iglesia ortodoxa o libro de los reyes etíopes, contempla la historia del Arca de la Alianza a través de los conocidos Salomón, la Reina de Saba (Makeda para los etíopes) y su hijo Menelik I. Embriagada de curiosidad y admiración por la supuesta sabiduría de Salomón, Makeda se personó en Jerusalén a fin de ser cultivada en las creencias de Dios. Llevó todo tipo de ofrendas, y ciertamente quedó impresionada por las respuestas, el templo y la atención dispensada por el monarca, surgiendo un romance entre ellos que dio como fruto un hijo a su vuelta a Etiopía: Menelik (hijo del sabio).

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Tras culminar la primera ascensión se llega a una explanada de descanso donde contemplar el valle hacia el lado de Abune Yemata, y donde se encuentra la primera iglesia de Maryam Korkor, trasladada posteriormente al alto de la montaña por el desgaste de su piedra principalmente. ©José Luis Valdivia

Siendo ya mayor el joven Menelik, conocedor de su procedencia, se personó en Jerusalén para hacerle saber a Salomón su paternidad a través del anillo que éste había regalado a su madre como prueba ante las reticencias iniciales del monarca sabio. Otros escritos hablan que enseguida Salomón reconoció el gran parecido y lo colmó de honores. Menelik permaneció un tiempo con su padre hasta que la añoranza por su tierra le hicieron tomar la decisión de regresar, portando como regalo de Salomón el Arca de la Alianza que estableció en Axum. Otra versión insinúa que Menelik abandonó Jerusalén de noche llevándose la reliquia más preciada consigo. Cabe destacar que esta historia también está registrada en el Corán.

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Impresionante vista desde esa primera parada en la ascensión, en sentido opuesto a Abune Yemata. La escala de todo es palpable gracias a nuestros acompañantes, como el joven Gabriel (con los brazos en cruz), gran conocedor de ese territorio y muy inteligente que quería estudiar ingeniería. ©José Luis Valdivia

El viaje hasta allí se hace por camino rural, nada de carretera convencional, y la mejor forma es contratando una furgoneta o transporte particular con gente de confianza del lugar que estarán por ti todo el día, como era el caso del conductor habitual de la misión. La ascensión, salvo contados tramos no es de una dificultad extrema y merece la pena acceder para ver unos páramos que, pese a su inaccesibilidad, bien merece el pago de un billete para visitar el país.

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Cruzar el umbral de una de las zonas en la que se halla la iglesia de Mariam Korkor, y tener la sensación de llegar a un paraíso no tocado. Quietud, silencio y naturaleza en estado puro. ©José Luis Valdivia

La iglesia de Maryam Korkor (Santa María excavada) es un lugar especial. Con dos puertas de acceso diferenciadas entre hombres y mujeres que se respeta rigurosamente, descalzándose en la entrada de ambas. Con su campana de llamada en el patio sujetada con una cuerda a un tronco.

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Al situarse uno frente a la entrada de la iglesia entiende el término de «excavada», porque literalmente está metida en la montaña. ©José Luis Valdivia

En su interior uno observa enseguida la mezcla entre lo laborioso de hacerlo sobre esa piedra arenisca y lo improvisado de aprovechar el molde de la propia montaña, donde ciertas simetrías son imposibles. No espere el visitante encontrar el ritual iconoclasta al que estamos acostumbrados con figuras físicas hechas de cerámica o cruces en el altar con Jesucristo. La austeridad y vida espartana anacoreta de los hombres y mujeres que vigilan estos templos es total. El descuido de la misma salta a la vista.

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El pasillo de la izquierda para hombres y el de la derecha para las mujeres. Posee una altura considerable, viéndose el desgaste de la piedra, así como el ajado de las pinturas. En plena Semana Santa el rezo mediante lectura en voz alta es la tónica. ©José Luis Valdivia

Compone el edificio tres naves separadas con doce columnas que nos remite, como es lógico, al número de apóstoles de Jesús. La máxima representación son las pinturas sobre sus paredes envejecidas por el paso del tiempo, la falta de cuidado de las mismas por muchas circunstancias, y una serie de alfombras y tapices en donde se halla el altar. Datar su fecha da para numerosos debates, donde se entremezcla las posibles versiones reales en base a su herencia y similitud con otras culturas próximas, con las establecidas según conveniencias regionales. Se creen que pueden oscilar entre el XII y el XV, y es innegable su belleza que recuerdan una cueva rupestre.

La temática, como cabe de esperar, es de profunda cristiandad, siendo las escenas donde está Jesús el eje central, rodeado de San Gabriel y San Jorge. La gesta de San Jorge a su vez con el conocido dragón, otra de las historias representadas que lucen con orgullo, incluso da nombre a una de las cervezas más conocidas. Por la diferencia en ciertos dibujos uno se atrevería a aventurarse que el proceso fue llevado a cabo por varios artistas. Se dice que, al estar aislados territorialmente, su estilo es naif (ingenuo), es decir, espontáneo y de corte autodidacta usando colores muy llamativos y contrastados. Las figuras son de corte plano con grandes rostros y ojos almendrados que recuerdan influencia bizantina o egipcia.

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Una de las escenas representadas sobre la pared de Maryam Korkor, donde se aprecia cómo se ha ido perdiendo en el faldón inferior, a la altura de las personas, que se apoyan, colocan objetos, etc. Pesa sobre ellas una pátina de mugre del paso del tiempo. ©José Luis Valdivia

Tesfay, el monje a quien visitamos unas cuantas ocasiones, es el responsable de abrir las iglesias. En ese periodo de 2015 acababa de morirse uno de los otros monjes que, como es tradición, sus restos reposarán donde dedicó su vida. Tesfay compartía el lugar con otra mujer monje muy anciana y un joven monaguillo a su cargo de nombre Hagos, «el feliz», en idioma tigriña. Un chico muy risueño que quiso enseñarme de buen grado –sin pedir nada a cambio– dónde y cómo vivía. Y es bueno remarcar esto último, porque seis meses después de conocerlo, al margen del lógico crecimiento y cambio físico, su actitud también derivó en un interés más marcado porque los farenjis (extranjeros para ellos), le diesen dinero y ya no fuese la cosa tan altruista. Suceso que pude constatar al ver a unos de los chicos guías «oficiales» (porque la oficina de turismo no reconoce a algunos), indicarle que no fuese tonto a la hora de pedir más…

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En monje ortodoxo Tesfay, guardián de las iglesias de Maryam Korko y Daniel Korkor, en las montañas del valle de Gheralta, a 2485m. El altar es esa cortina de color rojo intenso. Sobre esa zona se depositan ofrendas en tiempos de homilía. ©José Luis Valdivia.
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El monaguillo Hagos muestra orgulloso uno de los libros antiquísimos de salmo con los que canta –algo que pudimos grabar–, en los aposentos también excavados en la roca donde apenas hay un camastro con unas pieles de animal, cuatro cosas de aseo y un área de cocina. ©José Luis Valdivia
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Seis meses después de nuestro primer encuentro, Hagos ha cambiado visiblemente. No se ve tan risueño y le apremian sus quehaceres. Le noto otra mirada menos llena de inocencia e ilusión; se ha hecho adulto de golpe. ©José Luis Valdivia

Justo detrás de la iglesia mayor que acabamos de ver, siguiendo una ladera que obliga a ir pegados a la pared poniendo a prueba el vértigo de algunos, se encuentra la pequeña iglesia de Daniel Korkor, donde se halla una réplica del Arca de la Alianza que se custodia en Axum.

Las fotografías son sus protagonistas, sus lugares y sus circunstancias.

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Tesfay nos conduce hasta la cara opuesta de la montaña, donde asomarse es ver la pared vertical desplomarse hacia donde alcanza la vista, viéndose nuestra furgoneta como si fuese de juguete. El Valle de Gheralta se extiende majestuoso ante nosotros desde donde se dice que el mismo Daniel lo contemplaba. ©José Luis Valdivia
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El interior de Daniel Korkor es pequeño, donde pasar por la puerta es un suplicio para los más corpulentos. La estancia es sencilla, pero de una belleza única en un entorno también único. Tras la cortina la réplica del Arca de la Alianza. Sobre la cúpula y paredes pinturas con la temática comentada. ©José Luis Valdivia
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Hasta aquí podemos llegar una vez descubierta la cortina. Al final de esta angosta gruta vemos tapada la supuesta réplica del Arca de la Alianza que se halla en Axum. ©José Luis Valdivia

Pero no solo de iglesias vive el hombre, y quienes ven en la naturaleza su dosis de quietud, son recompensados viendo ejemplares de animales, como los vuelos de las águilas, los buitres o los escasos quebrantahuesos, que en otras latitudes casi están extintos. Verlos sobrevolar a esas altitudes, al pie del acantilado, dan una mezcla entre vértigo y envidia de plena libertad mecidos por el viento.

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Un quebrantahuesos nos regala un vuelo cercano en las montañas observándonos fijamente. ©José Luis Valdivia

Aunque no todas las aves en esa zona privilegiada nos observaban desde la lejanía y seguridad del cielo: algunas campaban como si fuesen vacas comiendo tan ricamente a no mucha distancia de nuestros objetivos.

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Un ejemplar de Ibis Jacana, que llaman pájaro de los acantilados, de movimientos y porte elegantes. ©José Luis Valdivia

En varios de nuestros descensos al atardecer de las montañas, uno de los animales más curiosos de ver –cuando se dejan– es el Daman roquero, que puede llegar a confundirse con una marmota. Viven en grupos numerosos aunque cada familia cuida de su prole con reparto de trabajo entre sus progenitores. El periodo de gestación puede durar hasta siete meses llegando a dar a luz tres crías. Cuando esto sucede, como pudimos observar, cuidan con mucho celo la madriguera donde tienen su prole. Nuestra querida amiga de mirada penetrante salió al encuentro en este tramo de roca para ver qué hacía ese pájaro con una cámara al cuello.

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Mientras su pareja estaba con las crías a salvo, la función del otro progenitor es llamar la atención del posible invasor como método de distracción. Tras el disparo fotográfico salió como alma que lleva el diablo, eso sí, en sentido opuesto de donde estaban sus crías. ©José Luis Valdivia

¿Turismo a cualquier precio?

Como reflexión final a estas formidables travesías por páramos de una tierra única, hacemos especial hincapié en la forma de explotar actual de estos lugares a nivel turístico. Con el propio Ángel Olaran lo comentamos, que veíamos ciertos abusos auspiciados por una sensación de territorio sin ley, respondiéndonos el religioso: «Está incluso denunciado a la oficina pertinente; pero no hacen ni caso muchas veces«. Tiene que ver con los cobros que fluctúan según les pique a los de turno, a un toque de picaresca y al incremento del volumen de gente a visitar los lugares. Uno puede hacerse cargo que, efectivamente, deben vivir y ganarse el pan con una buena actividad. Lo que sucede es la transformación comentada al inicio del artículo, donde el extranjero es visto como un bolsillo con patas.

En casi todas las subidas realizadas al Maryam Korkor, ha habido que discutirse con algún guía o persona del lugar. Porque tan de pronto hay un señor bajo el árbol con un talonario cobrando el diezmo de la iglesia, como que no está. Que, a la postre, cuando estás arriba te sueltan que al monje debes darle también dinero, porque se ve que el del talonario de abajo no comparte y va para la iglesia… O la tarifa del guía –porque olvídate de ir solo a pasear por el monte– que varía como la bolsa de Nueva York de un día para otro. Algunos tienen licencia oficial del parque, pero otros al solicitársela se hacen los locos. Al margen está que algunos señores ayudan a los que pueden ir un poco más justos de físico, llevándoles la mochila, cogiéndoles la mano o facilitando mejor ruta para subir o bajar, topándote con la extensión de la mano al final del recorrido como si fuese un taxímetro, a pesar de decirles que agradecías su ofrecimiento pero que ibas bien solo.

En las seis ascensiones realizadas hasta la fecha las hemos visto de todos los colores, siendo cosas puntuales en el disfrute del día, pero que es bueno tenerlo presente para no llevarse sorpresas. Tanto mis compañeros de la escuela, como uno mismo, hemos incidido al tenerles aprecio a ciertos chicos «que es bueno para su reputación y negocio mantener la equidad y ética para ser tomados profesionalmente». Es cuestión de regularlo de forma controlada por las autoridades pertinentes. Eso no empaña la buena imagen que tenemos del lugar, la región y la nobleza etíope, porque si vamos a buscar picaresca, en España tenemos licenciados mucho mejores.

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