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Oportunidad. Una palabra o concepto que el bueno de Hipócrates de Cos –considerado uno de los padres de la medicina–, allá por el 460 a.C., exponía claramente. La salud era una cuestión del azar con la naturaleza heredada; la oportunidad, la medida de posibilidades para restablecerla cuando ésta mermaba. Así seguimos funcionando en nuestros días. De ahí la importancia de una salud pública universal, donde cualquier individuo tenga la oportunidad de vivir sin miedo a que el bolsillo del otro sea más importante que la vida de uno por no tenerlo lleno. Algunos pueden tacharte de “utópico” al oírte o leerte, puesto que es más fácil instalarse en la cómoda creencia que nada puede cambiarse, ya que somos así de contradictorios. Falacia –como tantas otras– espetada a modo de “frase hecha” con las que muchos se disculpan ante su inacción.

Sanar es una cuestión de tiempo, pero a veces también una cuestión de oportunidad. –Hipócrates

La oportunidad de vivir

Hospital de Wukro, Ángel Olaran, Etiopía
Una de las vetustas salas adaptadas para albergar pacientes del hospital de Wukro. ©José Luis Valdivia

Javier Varela, el presidente de NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía, para quienes hicimos esta labor que aquí publicamos, es médico de profesión. Sus experiencias vitales prestando servicios en este hospital fueron, en parte, la motivación posterior, tras su regreso, de levantar un proyecto personal de ayuda alrededor de la figura de Ángel Olaran y todas sus iniciativas, así como una escuela-hogar en Alitena. Reflejó todas estas experiencias y emociones en un libro: Diario de un leonés en Wukro.

Desde el poderoso dignatario hasta el más pobre de cualquier rincón de nuestro mundo, necesita la salud para continuar. Este envase que llamamos cuerpo alberga el único lugar real que poseemos para vivir. Nadie debería negar la oportunidad de vivir a otro pudiendo evitarlo. Sea con la comida o la salud que, intrínsecamente, por desgracia van unidas. “Un niño enfermo es más caro que un niño sano”, nos decía el padre Ángel Olaran.

Wukro, Hospital de Wurko, Mujer famélica, Etiopía, Ángel Olaran
Aún hoy día la visión de personas famélicas sigue estando en la retina de Etiopía. Esta mujer, que no llega a los 40 años, compra una botella de agua tras el largo camino –a pie– desde una zona rural para ser atendida en Wukro. ©José Luis Valdivia

Una certeza se adquiere con el paso de los años en la profesión: la envergadura de muchas situaciones a las que un determinado lugar o sociedad se enfrenta, las hallas adentrándote en sus hospitales. Saber de qué enferman, de qué mueren, aporta propincuidad real de sus vidas y circunstancias. En los trabajos de cooperación o voluntariado, en determinadas ocasiones, los propios que lo desarrollan no reparan en su conocimiento. No es un manotazo crítico, sino una invitación a ampliar el campo de miras con vistas a no quedarse o centrarse en unas pocas áreas de los lugares. Existe anécdotas de estos integrantes que, yendo a la misma región, al mismo lugar de pernoctar y conocer a idénticas personas, al intercambiar experiencias, descubren las carencias de las mismas en el otro y propias. Hablamos, claro está, de personas que realizan labores, no del turista somero.

Érase una vez un hospital

Hospital de Wukro, Etiopía, Ángel Olaran, Quirófano de Wukro
La austera sala-quirófano del hospital de Wukro es una muestra de lo mucho que hacen con lo poco que tienen. Las intervenciones son mínimas, con carencias por el momento incluso de anestesia total. La ausencia de generadores eléctricos solventes otro problema en la lista. ©José Luis Valdivia

Desde la primera incursión por el hospital de Wukro entablamos amistad con un joven médico de apenas 34 años: Darielow –se pronuncia Darilo–. Previamente habíamos solicitado permiso al director del mismo para trabajar. Deambulando por uno de los pasillos de esos primeros días, Darielow, de rostro afable, sonrisa espontánea y mirada curiosa, reparó en el fotógrafo y se aproximó de forma educada a interesarse por lo que hacía. Enseguida el entendimiento –y agradecimiento– fue mutuo. El entusiasmo de ambos residía en la necesidad de uno por saber qué acontecía en dicho lugar, frente a las ganas de que esos sucesos se conociesen fuera de las fronteras del otro.

Hospital de Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Nuestro joven amigo en el pasillo donde nos conocimos del hospital de Wukro. ©José Luis Valdivia

Formado en la nueva hornada de médicos surgida tras los años más tristes, Darielow ejerce su profesión con vocación de servicio. Es oriundo de un pueblo a casi trescientos kilómetros de Wukro, donde las costumbres están más enraizadas que en las ciudades que presta servicio. Tanto es así que, en el siguiente viaje realizado, seis meses después, lo habían casado… Quizá esa procedencia humilde le otorgan las herramientas de empatía y afán de servicio hacia los demás que atisbamos en su carácter. De gran utilidad para esas rutas rurales visitando a pacientes donde se encuentra la parte más profunda de la realidad de su tierra. Gusta de bromear con los pacientes; el trato con los otros médicos y enfermeras era de compañerismo y estima.

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Darielow mira al contraluz la radiografía de una joven seropositiva afectada con tuberculosis. Su hijo duerme con ella en la misma cama. ©José Luis Valdivia

El hospital de Wukro recuerda a un viejo ambulatorio rural de la España de hace medio siglo. Aquellos con la cruz roja pintada en la fachada, una pequeña oficina de admisión, sala de espera exigua, cuatro cosas en aparatos y medicinas y un médico para cubrir todo el espectro. Obviamente no es del todo así, pero sí el impacto de la percepción inicial. Sí poseía tal imagen hasta 1999, cuando se iniciaron las primeras reformas serias para modernizarlo poco a poco. No olvidemos que este centro de salud tiene la difícil tarea de servir a más de medio millón de personas en la comarca. Siendo el Hospital Universitario de Mekelle, a 45kms, el núcleo serio de asistencia del Tigray.

Hospital de Wukro, Etiopía, Wukro, Ángel Olaran, Darielow
Darielow nos muestra la fotografía que hay en la pared del despacho de dirección, donde podemos ver el hospital –y su precariedad– por el 1999. Fotograma de la película documental. ©José Luis Valdivia

Hospital Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
La explanada de la entrada del Hospital de Wukro en 2015. ©José Luis Valdivia

El misionero Ángel Olaran contribuyó enormemente con estas instalaciones, como levantar un pabellón separado para los tuberculosos y casos más graves, ya que muchas de estas personas hasta la fecha dormían en el suelo. El pabellón, ciertamente, alberga a un gran número de personas en tal estado. En las fechas de este trabajo, desgraciadamente, muchas de sus habitaciones estaban completas. Es el pan de cada día.

Pabellón tuberculosos Wukro, Etiopía, Hospital de Wukro, Ángel Olara
Largo pasillo del pabellón aislado para tuberculosos graves o terminales principalmente. ©José Luis Valdivia

Darielow, acompañado por algunas de sus enfermeras, afronta las visitas exponiéndose con simples mascarillas de papel, en vez de las propias con filtro bacteriológico; guantes sencillos y ausencia de gafas especiales para prevenir el poder ser salpicado por el esputo sanguíneo en los pacientes más severos. Cuando le comentamos tal hecho, al margen de encogerse de hombros resignado por las circunstancias, sonríe e indica lo costoso de tales materiales. Este simple detalle da para sentarse seriamente a reflexionar.

Hospital Wukro, Habitación tuberculosos, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Tras pasar unos enfermos a otra estancia, esta habitación quedó lista para recibir a los nuevos pacientes y sus familiares. ©José Luis Valdivia

Es un panorama dantesco ver a mujeres, hombres y jóvenes vencidos y marcados por la enfermedad, incapaces de controlar un cuerpo en unas miradas aún llenas de querer seguir viviendo.

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Darielow, en el pabellón de tuberculosos, muestra el medicamento que debe tomarse y las instrucciones a un paciente terminal. ©José Luis Valdivia

Acompañando a Darielow, en las ocasiones que asistimos a la perdida, el encogimiento de hombros seguido de “así es la vida, amigo mío”, forma parte de esa otra resignación con la que afrontan la existencia allí. Vida y muerte se dan la mano a diario sin ser noticia. Como no lo es que un autocar se despeñe con decenas de personas por un barranco en ningún lugar. O frente a nosotros perder la vida tras ser embestido en un accidente de tráfico un hombre querido por la comunidad.

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Frente a nosotros un triste accidente sega la vida de vecinos queridos. La ayuda ciudadana muestra su generosidad corriendo a socorrer. Darielow, fuera de su turno en el hospital, con su único vehículo –la bicicleta– se preocupa por la situación. ©José Luis Valdivia

El hospital es un viejo edificio convertido para tal fin. Darielow me hace saber que, efectivamente, no es el mejor de los panoramas, “pero es mucho mejor que nada, Joseph (así me llama); al menos procuramos tenerlo en las mejores condiciones y limpio”. Obviamente que cualquier profesional de la sanidad de cualquier país desarrollado saldría corriendo o se echaría las manos a la cabeza viendo según qué cosas, pero damos fe que con lo que tienen procuran aproximarse al mayor grado posible de lo que debe ser un hospital. Ganas e ilusión no les falta.

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Una de las salas de urgencias del hospital de Wukro habla por sí misma. ©José Luis Valdivia

Pero incluso en una sala así, desprovista de lo que solemos estar habituados, se atiende al ciudadano como mejor se puede. Urgencias es un lugar con vida propia. El sitio de choque donde el mosaico de situaciones es variopinto: lesiones en peleas, caídas, heridas por trabajar –infantiles muchísimas–; accidentes, ataques de meningitis, ataques de animales, complicaciones surgidas por SIDA, tuberculosis, hepatitis, malaria cerebral, quemados por electrocución, etc.

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Un joven afectado con una posible meningitis es atendido por los médicos de urgencias del Hospital de Wukro, ayudados por su padre. ©José Luis Valdivia
Urgencias Wukro, Hospital Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Mientras tratan de estabilizar al joven que ha sufrido un ataque, otra chica bastante tocada es asistida en la sala contigua. Son atendidos por jóvenes médicos residentes. ©José Luis Valdivia
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No podemos olvidarnos de la historia vivida –y narrada en una entrega anterior– del niño Akril y la joven moribunda en dicho lugar. ©José Luis Valdivia

Ponerse enfermo es un lujo que el etíope no se puede permitir; el grado en el que apuran a acudir a un hospital es sintomático. Incluso si lo desligamos de lo puramente económico. Subsistir es ya una tarea ardua como para preocuparse por la salud. Vivir alejados en zonas rurales, el desconocimiento, miedo, la falta de recursos, soledad de individuos –especialmente ancianos–, son causas que agravan el deterioro de la salud de las personas. Algunos cuadros se podrían haber paliado prematuramente si no se apurase tanto el acudir a un médico, según nos apuntaba Darielow.

La cama del hospital cuesta en torno a unos 15 birrs, es decir unos 50-60 céntimos de euro. Estamos hablando de un copago. A pesar de esta ínfima cantidad –por lo menos en nuestra sociedad–, es un esfuerzo que no todos allí se pueden permitir. Otra causa por la que estiran el ir al médico si el familiar debe quedar ingresado y no disponen de él. Hemos presenciado verdaderos esfuerzos, incluso visto donaciones de amigos o conocidos para sufragar un día más de ingreso. Cuando los huérfanos a cargo de la misión de Saint Mary enferman, como es lógico, debe costearse todas estas cosas del mismo modo. De ahí la importancia del sustento de los proyectos que hagan que el día de mañana lo hagan de forma autónoma.

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Dos hermanos portan al hospital a su anciano padre que presenta complicaciones con múltiples bultos en su estómago y genitales. Vienen desde muy lejos. ©José Luis Valdivia

Medicamentos como los antirretrovirales del SIDA, son dados de forma gratuita gracias a un volante que deben demandar previamente. Una vez hecho con él, los pacientes acuden a la farmacia del centro y allí les son suministrados.

Las sillas de ruedas merecen una mención aparte, porque son otra prueba fehaciente de “hacemos lo que podemos con lo que tenemos”; pura lección de creatividad, vamos. Como una imagen vale más que mil palabras, procedemos.

Silla de ruedas Wukro, Hospital Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Una joven espera en el pasillo mientras atienden a un familiar. Sí, como lo ven: una silla de plástico de jardín de toda la vida con los gadgets necesarios para convertirla en una de ruedas. ©José Luis Valdivia

A medida que muchas de estas sillas se iban rompiendo –algo lógico si vemos su precariedad–, las piezas se usaban para montar otras o, directamente, engrosaban el cementerio de las mismas en la parte trasera de uno de los módulos.

Sillas de ruedas Wukro, Hospital Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
En la parte trasera del hospital se iba apilando material desechado, como las sillas de ruedas improvisadas. ©José Luis Valdivia

Seis meses después el vuelco que presenciamos en esa zona impresiona. El director del hospital nos lo muestra con gran orgullo: grava asentada por el recinto; zonas de jardín plantadas; y todo ese material de desecho suprimido. La puerta que se aprecia en la anterior fotografía será utilizada como futura entrada de ambulancias, según nos relataba.

Sillas de ruedas Wukro, Hospital de Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
El mismo lugar que servía de depósito para las sillas de ruedas es una jardinera que poco a poco irá cobrando más vida. ©José Luis Valdivia

Evidentemente que la precariedad es un mal que deben combatir, pero también es justo mostrar cómo hacen esfuerzos por mejorar la calidad de vida propia y ajena. Resulta esperanzador ver en tan solo seis meses la mejora de una zona que parecía un vertedero.

Hospital de Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Asentar un camino, limpiar la zona y plantar dan como resultado un entorno distinto que alegra la vista y vida de los pacientes. ©José Luis Valdivia

El hospital se encuentra a menos de quinientos metros de la carretera principal, aunque en alguna ocasión uno se pierda ubicándolo exactamente. Esa distancia parece poca cosa, cierto, pero unas carreteras sin asfaltar para acceder a él, llenas de baches y socavones era un problema serio para el servicio de ambulancia, que recientemente hubo un llamamiento para poder tener una sustituta de la que ya de por sí iba muy, pero que muy justa y vieja. El trabajo vecinal de la comunidad adoquinando la gran mayoría de calzadas de Wukro, son un logro que ya comentamos en entregas anteriores, favoreciendo que algo tan simple como transportar un herido no sea una tortura innecesaria para agravar su estado.

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La vetusta ambulancia del hospital de Wukro tras realizar un servicio portando a una mujer joven enferma. ©José Luis Valdivia
Calle adoquinada, Hospital de Wukro, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Algo que a priori puede resultar nimio, como tener adoquinada una calle, es un avance social de progreso y salud en una comunidad. ©José Luis Valdivia

El número de médicos incrementa año tras año. Darielow, que es de medicina interna, recibe en Wukro a nuevos residentes que formar. Observamos que nuestro amigo, tanto en urgencias como cuando pasa consulta, tiene un gran grado de experiencia en detectar síntomas agudizado, proporcionado por la cantidad de casos a los que se enfrenta en todos sus años profesionales.

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Además de casado, en nuestro nuevo encuentro disfrutamos de nuestro amigo Darielow en su versión de formador. ©José Luis Valdivia

Otras estancias, como la sala de maternidad –adornada por voluntarios españoles– con una incubadora y una asistencia más profesionalizada de ciertas enfermeras, son pinceladas notorias de avance. Otras siguen una estela más modesta y aún son necesarios servicios que garanticen salubridad, como la de rayos X, que no estaba debidamente aislada. Allí asistimos a una hilarante secuencia donde unos hijos tuvieron que sujetar al padre –que no se aguantaba ni con grapas el pobre hombre–, para que le pudiesen hacer una placa. La enfermera que realizaba la operación no avisó de nada, así que todos los presentes –incluido el fotógrafo–, nos llevamos gratis una ración de radiación para casa.

Hospital de Wukro, Rayos X, Wukro, Etiopía, Ángel Olaran
Momento previo al bronceado que todos los presentes recibimos en aquella sala de rayos X. Esperemos que en la placa solo saliese el interesado. ©José Luis Valdivia
Sala maternidad Wukro, Hospital de Wukro, Wukro, Etiopía, Tigray, Ángel Olaran
Un matrimonio con un hijo que necesitó asistencia, en la sala dedicada a ellos cuya impronta española se ve en unas paredes adornadas para crear un ambiente idóneo. ©José Luis Valdivia
Hospital de Wukro, Sala maternidad, Incubadora, Wukro, Tigray, Etiopía, Ángel Olaran
Sala de maternidad con dos jóvenes madres atendiendo a sus delicados hijos. Tener una incubadora fue un logro que les llenaba de alegría en Wukro. ©José Luis Valdivia

El retrato no es solo la captura de un rostro, sino todos los elementos que componen a un ser.

Unos hijos trajeron a su madre para ser ingresada en el Hospital de Wukro. Ambos hijos portaban ropas de corte moderno: vaqueros, camisa, zapatillas deportivas y peinado algo más elaborado. Su madre era una señora con ropajes de estilo rural, tradicional. Parecía quejarse de diversos achaques con tan solo colocarse en la cama. Darielow la examina y mueve distintas extremidades, provocando en el rostro de la mujer claros signos de fuerte dolor. La enfermera desviste por zonas para proseguir el examen. 

Observamos a la mujer de marcada personalidad a pesar de su evidente fragilidad. Manos, cara, piel son el reflejo de una vida dedicada al trabajo en el campo. Al ya mencionado estoicismo de quienes echan para adelante con todo. Sus hijos son cordiales y valoran el interés del extranjero por ellos. Al preguntar la edad de su madre es cuando de nuevo no damos crédito: apenas 60 años… Ante la cara de incredulidad del fotógrafo, con cierta sonrisa irónica, el hijo que pronuncia su edad asiente con la cabeza. El otro remarca orgulloso: “Se ha deslomado trabajando en el campo con mi padre para nosotros”. Su madre parece en realidad una anciana de al menos ochenta años.

Al tumbarla nuestro doctor deja al descubierto las esqueléticas piernas que la sustentan y, en los pies encallecidos por una vida de espinoso trabajo, vemos las marcas de la misma como quien cuenta los anillos de un viejo árbol. Son dos piedras erosionadas como testamento del largo camino recorrido.

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Los pies de una mujer del campo de apenas 60 años. El retrato de toda una vida grabado en ellos. ©José Luis Valdivia

Mekelle, capital de futuro

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Una de las avenidas de la ciudad de Mekelle. Fotograma sin etalonar de la película documental. ©José Luis Valdivia

Mekelle está a 45 kilómetros de Wukro. Se habla de unos 300.000 habitantes actualmente. Es una de las grandes urbes de Etiopía y capital del Tigray. Posee aeropuerto, zona universitaria, bancos, centros comerciales y un hospital de referencia. Enseguida nos viene a la mente Adís Abeba y su nada añorado caos. A pesar de todas esas ventajas frente a Wukro o las zonas claramente rurales, Mekelle también da sensación de “estar por hacer”. Es, ciertamente, una ciudad que trata de hacerse un hueco en el mapa del país, con población con otro tipo de ambiciones; sin que por ello nos falte la ración de animales por las calles, población rural, carros destartalados, tuk-tuk, etc.

Conocimos esta ciudad, paradójicamente, por visitar su hospital. Regat, una de las huérfanas de la misión de Saint Mary, conocida por su talento para hacer pulseras, collares y ese tipo de artesanía tan vistosa, estuvo perdida durante unas semanas a causa de una dolencia que posteriormente supimos se debía a la tiroides. Ángel Olaran tuvo claro desde el principio de tratarla en dicho hospital para que le hiciesen las pruebas pertinentes. Días en los que el personal que habitaba la misión se alternó para echar una mano.

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Ángel Olaran de camino al hospital de Mekelle en unas de las veces que atendieron a la joven Regat. ©José Luis Valdivia

Ramón, un médico español de origen vasco cuya organización también ayuda por aquellas tierras, nos resumió en unas palabras el hospital de Mekelle y su actividad. “Son una generación de chavales con unas ganas, ilusión y avidez por aprender y trabajar que se contagian”. Realmente se evidenciaba cuando te adentrabas en él.

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Entrada al Hospital de Mekelle. Día que fue visitado por una comitiva internacional y el gobierno etíope. ©José Luis Valdivia

El Hospital Universitario de Mekelle sí da la sensación de ser un verdadero centro asistencial. En efecto se trata de un edificio por plantas; quirófanos para operaciones serias; unidad de quemados; laboratorios y rayos X; farmacia y habitaciones incluso individuales que, como en Wukro, son de copago.

Pero muchas de sus espacios, personal y forma de trabajar nos recordaban al de Wukro. Situaciones hilarantes, momentos de improvisación y la idiosincracia etíope también se dan cita en él. Curioso resultó la explicación de la “no obligatoriedad” de hacer autopsias a los cadáveres, a no ser que la policía lo requiriese, hubiese indicios de delito o lo demandase la familia. De ser así, se practicaría en el hospital de Mekelle.

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Una familia saca al abuelo del hospital en una silla de ruedas rudimentaria pero convencional. ©José Luis Valdivia

La inestabilidad de los lugares que “están por hacer” provoca irremediablemente accidentes. En Mekelle sobrecoge hablar de los “quemados”, cuya unidad daría para un capítulo entero narrando casos. Cables al aire libre, tendidos chapuceros, transformadores en mal estado, el infortunio y descuido da como resultado electrocuciones que provocan elevada mortandad y severas secuelas a quienes sobreviven.

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Una sala de espera en Mekelle, con una joven quemada, familias con varios problemas y presos con la policía en ventanilla. ©José Luis Valdivia

Los tumores y malformaciones son asiduos de ver en cuello, cabeza o cuerpo tanto en mujeres y hombres; mientras que bastantes niños nacen con labio palatino o espina bífida.

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Una mujer acompañada de su padre espera ser visitada tras muchas pruebas por una tumoración en su cuello. ©José Luis Valdivia

Es bonito volver a recordar el encuentro entre Ángel Olaran y uno de sus huérfanos convertido en médico sirviendo en el hospital de Mekelle: el Dr. Araya Yemane. Historias de superación ante la adversidad perdiendo de niño a sus padres por la enfermedad lacra de nuestro tiempo tras el cáncer. Mentar que durante mucho tiempo –y aún hoy día pasa– hablar sobre el SIDA, según cómo, es tabú. O guardan distancia y respeto por ello con celo.

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Afectuoso encuentro entre Ángel Olaran y el joven médico Araya Yemane, salido de su misión gracias al esfuerzo para proporcionarle un futuro. ©José Luis Valdivia
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Finalmente, nuestra querida Regat quedó ingresada para realizarle pruebas. Pudo disfrutar al menos de cierta intimidad en una habitación sin florituras pero que hacía su cometido. ©José Luis Valdivia

El hospital de Mekelle es otro tapiz lleno de gente que prepara comida o come en los pasillos; rezos de diferentes grupos étnicos; charlas entre pacientes o familiares en el descansillo de las habitaciones; niños jugando a mil cosas; o relaciones estrechas de generosidad.

Durante aquellos días vimos a un amigo que cuidaba del otro. Un chaval de unos catorce o quince años había sufrido un tipo de meningitis que lo tenía postrado en una silla. A diferentes horas veíamos a su inseparable amigo pasearle por la planta; conversando o gastándose bromas. Una relación sincera de natural amistad. Imaginaba que ésta venía de antes, y que el cruel destino se había cebado con uno de ellos. Ojalá dure esa amistad.

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Los amigos del hospital de Mekelle. Al no poder pasar la silla por la puerta, el amigo le cuenta divertido lo que sucede en el patio de abajo. ©José Luis Valdivia

Esta ha sido una humilde aproximación personal de una realidad en torno a la salud en un territorio concreto de Etiopía, pero que nos recuerda lo que no se debe perder de vista incluso en el nuestro. Dejaremos la conclusión de este artículo en boca de las hermosas palabras que nuestro amigo, el doctor Darielow, nos regaló antes de partir tras pasar varios meses juntos. Volviendo a cómo inició este artículo, el único deseo es que todos, absolutamente todos, indistintamente la condición, raza, creencia o lugar, tengan una oportunidad digna en la vida.

Gracias por haber venido todo este tiempo por aquí. Gracias por tus risas. Cada mañana que aparecías por aquí me ilusionaba para afrontar el día mejor. Gracias por hacerme mejor médico, porque he pensado que, si un extranjero le preocupaba mi gente y mis pacientes, a mí me deben importar el doble. He sabido valorar mejor la importancia de mi trabajo al comparar con las historias que me cuentas de otros lugares. – Darielow, médico del Hospital de Wukro.

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José Luis Valdivia
Fotógrafo multidisciplinar con especial interés en el fotoperiodismo, documentalismo y astronomía. Cineasta independiente con varios proyectos nominados y otros pendiente de estreno. Docente creador de la experiencia formativa "La Mirada y el Fotógrafo” desde hace una década. Se queja de que el día tenga sólo 24 horas con todas las cosas creativas que hay por hacer.

2 Comentarios

    • Efectivamente, amigo José Bartual. Vivimos con la extraña certeza de que estamos hechos para perdurar eternamente. Un buen día la vida, con este envase prestado, nos lo recuerda y sentimos el peso de la realidad. Gracias por comentar.

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