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La economía, y por ende, el capital, es el motor que sustenta y empuja el mundo. Nos gustaría poder decir que es la empatía, la tolerancia o el amor; pero no es así. Esa palabra tan, en apariencia sencilla e inocua, “economía”, esconde aquello que el filósofo alemán Schonpehauer citaba: “Todo deseo tiene un oscuro propósito”. Si algo tiene un oscuro propósito es el dinero, dios supremo de la religión capital; a la que se apunta el resto de clanes sin hacerles ascos. Deseo máximo de acumulación, ostentación de poder y causa final de la iniquidad de muchos desastres evitables del planeta.

El hambre es el genocidio silencioso del siglo XXI. –Misionero Ángel Olaran

África, por desgracia, su riqueza ha sido (es) su condena y la ambición de quienes la siguen expoliando. El yugo exterior tardará muchísimo en ser quitado, y la implementación de la necesidad en sus pobladores –en especial los países con materias primas importantes– de la búsqueda de una estabilidad de vida a través de la esclavitud encubierta en virtud de proveer a los de yugo, solo ha hecho que acrecentar la brecha de desigualdad, corrupción y venta del sueño de prosperidad, para abandonar el hogar en aras de ser acogidos por los anchos brazos de una Europa en particular, y un occidente en general, a los que les importa tres pimientos el individuo y sus circunstancias. Basta mirar la vergüenza del Mediterráneo con los refugiados de Siria… Menuda página hemos escrito en los anales de la historia.

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Una niña con su madre es pesada por las técnicos del programa de malnutrición apoyado por la ONG Adia en Wukro. ©José Luis Valdivia

En el mundo viven más de 7.000 millones de almas que, vistas desde el espacio, parecen una colonia de hormigas sin rumbo con el agujero del hormiguero tapado. La ONU, ese organismo donde quedan unos colegas para saber qué tal les va, llegó a estimar que el planeta podría alimentar a 12.000 millones de seres sin despeinarse, pero que no es capaz de justificar porqué más de 1.200 millones pasan hambre. Aunque quienes hacen estos baremos son los que especulan con el sector agrícola tal como hicieron con el inmobiliario, que ya quedó demostrado lo fieras que son.

El chiste continúa cuando la FAO propuso a los países más ricos aportar 50.000 millones de dólares a fin de paliar semejante lacra, recibiendo una educada peineta por parte de éstos. Cuando llegó la crisis actual iniciada en 2008 –si ya el propósito era oscuro–, imagínense ustedes a toda una panda de desalmados con el escudo perfecto para no tener que aportar ni la sonrisa cínica de excusa. Al igual que otras de las grandes falacias inventadas en las guerras modernas, los “daños colaterales”, que les confiere el poder de cepillarse lo que les dé la gana a bombazos haciendo bueno el sketch del maestro Gila, limpiando de paso sus almas, la “crisis”, resultó ideal para escurrir el bulto y encima tener la desvergüenza de salvar sus propios bancos. Definirlo con la citada desvergüenza, canallada, crueldad o cualquier otro adjetivo, es quedarse cortos para no soltarles en su cara: criminales. Sí; porque cuando inyectas dinero para salvar a delincuentes que empobrecieron el mundo por valor de casi 100 veces lo que la FAO requería para el hambre, es ser un criminal.

Cuando se permite ver languidecer a niños por hambre, sólo un criminal se queda tan ancho ante un delito contra la vida. Escuchar, para más recochineo, a uno de estos desalmados decir “estos son los daños colaterales de la crisis”, uniendo ambas mentiras sobre el terreno en un lugar desamparado, desearías empuñar otra cosa que no fuese una cámara. Si se calculan en el cuerno de África en torno a las 25.000 muertes infantiles, ¿cómo deberíamos llamar a eso?

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Una técnico del programa de malnutrición apoyado por Adia, nos muestra el cuadro de “educación para la salud”, ante una joven madre y su hijo que aún estaba por debajo del riesgo de malnutrición. ©José Luis Valdivia

Esos sueños de alcanzar “costas de libertad”, como ya dijimos en esta serie de artículos, no se ciñe solo a los refugiados de la guerra, sino a los propios etíopes o eritreos. Cruzan el desierto para luego embarcarse huyendo de una precariedad acuciante, empezando tan solo a vivir, pagando con el más alto precio su valentía; y ello si no son engañados por mafias por el camino, asaltados o abandonados a su suerte. Es el coste de empobrecer naciones con créditos y sus abusivos intereses que casi nunca se les perdonan, a pesar de poder producir alimento propio para 200 millones de personas, como es Etiopía, que daría para alimentar a sus 90 millones y sobraría para sustentar aún a 110 millones de personas más. Leer, como si de otra moda se tratase, noticias donde se habla de las bondades del teff –el cereal por excelencia base de su sustento– para mayor gloria de portales culinarios y gastronómicos, es torcer el gesto ante la frivolidad imperante.

Que en los informativos “no sean noticia los refugiados”, eso no significa que haya cesado el problema: comienzan las verdaderas historias tras el velo del mezquino silencio. Porque todo es tratado como un reality más, y encima, el mundo, anda distraído con su nuevo bufón. Si algo conoce África perfectamente es el silencio y abandono de los otros…

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En una austera habitación se guarda la papilla faffa, un complejo de cereales muy completo para recuperar a esos niños en riesgo, donde se les complementa en la bolsa con aceite y azúcar. Proyecto de Adia, cuya inversión mermó tristemente. Se produce en Adís Abeba. ©José Luis Valdivia

Ahora que se sienta en la Casa Blanca un genio de la política contemporánea, con complejo de albañil “regalando” muros al mundo y haciendo amigos allí donde posa su magnética mirada, la desigualdad en las transacciones del comercio internacional, las farmacéuticas, la venta de armas, las fronteras y vetos marítimos abren una especie de mercadillo improvisado con un peligroso tufo a “igual podemos hacer lo que nos salga de los mismísimos a todos“… Si tenemos en cuenta que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional “vela por los intereses de los Estados Unidos“, pues de tanto apretarse el cinturón se le va a quedar al mundo una cintura de avispa la mar de coqueta.

Viendo cómo se posicionan los matones por el mundo, sintiendo que les pertenece a modo de tablero de ajedrez y sus absurdas partidas, es donde se hace necesaria una sociedad civil que hable para la gente y por la gente. No en todos los lugares funciona engrasada como debiese, allí, aquí o más allá; pero la de Wukro, es, especialmente eficaz, honesta y con una vocación de servicio envidiable, donde todos sus miembros tienen otras ocupaciones profesionales durante la semana, y llegados los días libres, los dedican a esta encomiable tarea social de prestación sin recibir sueldo.

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El misionero Ángel Olaran junto a la Sociedad Civil de Wukro. Un privilegio conocerlos a todos y saber qué hacían. El joven de la izquierda, de pie, es Efrén, que posee varias carreras y es un puntal de la escuela agraria, que ha rechazado marcharse a Europa con importantes contratos, porque decidió invertir sus conocimientos y ayuda en su sociedad. ©José Luis Valdivia

Una sociedad civil que tiene a la vista de todos los presupuestos y gasto invertido. Que se cargan a los corruptos que osen traspasar líneas deleznables. Estando allí se ventilaron a dos: a un concejal de educación –de la administración electa–, por meterle “mano” a la caja por lo que llamaríamos cuatro duros aquí. Otro cayó, porque aun estando los permisos concedidos para una edificación a la entrada de la ciudad, como éste no lo había comunicado pertinentemente a la sociedad civil, determinaron que obró a espaldas de ellos y sin la transparencia debida. En los plenos entre políticos y dicha sociedad civil, si no se cumple con lo prometido, también se determina que se ha mentido o se es incompetente, exigiendo que ocupe el cargo otra persona. Además, que los asuntos que atañe a la sociedad de Wukro, administrada en tres grandes barrios, debe estar consensuada por dicha sociedad civil, que goza de peso y respeto entre la ciudadanía y política profesional.

La salud también es economía

Un niño enfermo cuesta el doble que uno sano. Un niño enfermo, hambriento y huérfano, es, a la postre, una carga que no todos están dispuestos a asumir. Como en la gran mayoría de los casos, la acción comienza con iniciativas humanas personales, tales como los padres blancos –orden del padre Ángel Olaran– allá en 1991 en Wukro con la escuela, así como un lugar donde acoger a tanto niño que lo perdió todo por la guerra, hambre y epidemias. Enseguida comprobaron que la solución pasaba porque los niños fuesen acogidos en familias, y no en construir un lugar de carácter tan marcado como es un orfanato. Los propios vecinos se prestaron a ir acogiendo niños por aquellos devastadores años, siendo el apoyo económico indispensable para que la fórmula funcionase. Pero el núcleo de una familia siempre será mejor que el aislamiento de un centro.

La doctora Soto realiza un test de aguas a uno de los depósitos principales de la ciudad de Wukro, en un proyecto apoyado por NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía. Sin un agua sana la población verá difícil no enfermar. Modernos y sencillos tests, muy económicos actualmente, inicia mejores caminos de salud formando al personal. ©José Luis Valdivia
La doctora Soto realiza un test de aguas a uno de los depósitos principales de la ciudad de Wukro, en un proyecto apoyado por NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía. Sin un agua sana la población verá difícil no enfermar. Modernos y sencillos tests, muy económicos actualmente, inicia mejores caminos de salud formando al personal. ©José Luis Valdivia

Si los individuos enferman y mueren jóvenes –como ocurrió con varias generaciones en Etiopía–, al margen de los huérfanos abandonados, ello desmembra una sociedad para producir, para tener profesionales y asegurar el futuro de los que vengan y pensiones. Es un desastre económico –humano– mayúsculo. El negocio de las farmacéuticas, el interés por que ciertas cosas nunca cambien, que la rueda continúe y así tener lugares dependientes, primer y tercer mundo, ciudadanos de primera y segunda, es una continua imagen de impotencia como el que barre hojas en un día de viento.

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Por huérfanos como Dani, cuyos padres murieron de sida, y ciego desde los cinco años, merece la pena luchar. Joven brillante, de noble carácter y voluntad de hierro. Está cursando estudios universitarios en Adís Abeba, solo; desea hacer derecho y psicología. Sus notas no bajan del sobresaliente. Aquí, cuando vivía en una pequeña habitación en Mekelle. Ni un solo atisbo de queja y todo alegría. ©José Luis Valdivia

Ante la inoperancia o intervención paupérrima que otorgan gobiernos o grandes corporaciones que, en ocasiones, son peores que las entidades bancarias, desgraciadamente se da la mal llamada “beneficencia”, que no es una solución, sino más bien un parche temporal para ir tirando, pero con el que se corre el riesgo de generar sociedades parásitas a las que se les olvide el cómo afrontar las problemáticas si no se las educa debidamente. En la cadena pueden sumarse los propios estamentos que no entiendan que el intervencionismo debe tener un marcado interés de progreso para esa sociedad, no su lucro o molicie.

Cuando tu "economía" es una pequeña habitación que hace de casa entera, albergando hasta cuatro miembros. ©José Luis Valdivia
Cuando tu “economía” es una pequeña habitación que hace de casa entera, albergando hasta cuatro miembros. ©José Luis Valdivia

De igual modo, cabe destacar, la transformación que el dinero produce en los lugares, relegando su propia identidad a interés secundario. Los niños han aprendido a marchas forzadas pedir a los turistas, en detrimento de antaño la simple curiosidad. Creer que se otorga ayuda con la mendicidad es un grave error. Se les dice, prácticamente, que los esfuerzos los dediquen a pordiosear y no formarse.

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Una de las iglesias ortodoxas del centro de Wukro, que da asistencia también a programas de desamparados. El rezo es exterior y sobre sus paredes. ©José Luis Valdivia

Perder una base educativa conllevará la introducción completa de sistemas alejados del legado. Las iglesias, sumadas también a la fiebre del visitante, como vimos en la entrega de Gheralta, debieron de ser capaces de intentar preservar dicha identidad, para no quedar diluida con unas generaciones demasiado prestadas. La revolución industrial trajo a Europa una vorágine de falso “progreso” cimentado cruelmente por el sacrificio humano. El que extendió sus garras al continente africano en busca de materia y esclavizando a su población, física y moralmente. Se perdieron valores e identidades con niños trabajadores y soldados que poco o nada conocían de sus orígenes, cegados por el metal y su ambición. Es un buen espejo para ver estos llamados “avances” con la cautela pertinente.

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Grupo de jóvenes estudiantes al salir de clase al mediodía con uno de los uniformes oficiales. Caminan por la nueva calzada peatonal y asentamiento de mejor tendido eléctrico. Signos de imparable prosperidad. ©José Luis Valdivia

A favor tienen algo muy importante a destacar. Su educación se basa en un pragmatismo que en España, u otros países, se van por las ramas. Para empezar, la enseñanza secundaria y universitaria la realizan en inglés, por lo que ya pueden ustedes imaginar la ventaja que nos llevan. Las clases, los libros y temarios están pensados para ir al grano sin tanta floritura vistas en los nuestros, por ejemplo. Con especial atención en aquellas cosas que han hecho de Etiopía un país tan carente. Una cultura de conciencia. Debería, al menos, sembrar algo distinto en quienes se permiten la educación.

La aldea global…

El concepto vendido de aldea colectiva para una llamada nostálgica a lo ancestral, tampoco es algo que deje buen sabor de boca, sobre todo cuando aparece otro término inoculado los dos últimos lustros: Globalización. Que, como en eso que no paran de citar sobre los “mercados”, nadie sabe muy bien dónde está ni qué hace o significa. La política y economía no paran de inventar términos, lanzados como si de campañas publicitarias se tratasen.

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La llegada de una mejorada red eléctrica –a pesar de las muchas deficiencias– le ha asegurado a muchos pueblos y aldeas una mayor expansión comercial e industrial en Etiopía. Algo parecido a lo que sucediese en Rusia hacia el 1920. ©José Luis Valdivia

En las aldeas, en esas definiciones de barriadas que muchos conocemos, al margen de las diferencias propias, sí que existía un sentimiento de hermandad y ayuda por el vecino. En esta globalización cuesta verlo y sentirlo donde la (des) conexión a todos los niveles –como el ciberespacio– es devuelta con un individualismo hasta patológico. La “vida líquida”, que el recientemente desaparecido Bauman acuñara, define a las sociedades modernas sin rumbo. Por lo menos de identidad ideológica.

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Una familia y amigos en las puertas de sus humildes casas en un barrio de corte más pobre, que aún faltaba por adoquinar y mejorar en las inmediaciones del mercado. ©José Luis Valdivia

Uno de los reclamos del que todo visitante es informado en Wukro, es el acercarse a su conocido mercado los jueves. Dicho día es el álgido para el mercadeo y ventas de todo tipo con gentes venidas de muchos rincones. El resto de la semana se mantiene con los puestos fijos, mayoritariamente de corte textil con vestidos, ropa y complementos, así como otros de comida, o lo llamado “ferretería” con cachivaches a cuál más ingenioso aprovechando cosas recicladas muchas veces.

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Vista de la explanada del mercado de Wukro a pleno rendimiento lleno de puestos ambulantes, gentes de toda índole, animales y curiosidades. ©José Luis Valdivia
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Si anda usted, amigo visitante, algo estresado, tal vez le apetezca una partida de futbolín al aire libre… ©José Luis Valdivia

Los alimentos básicos y especias copan el interés principal del mercado. Los cacharros y el textil también, pero el sustento es la inquietud principal: intercambio de animales o venta de los mismos; pieles, huevos, harinas (teff), cereales, pimientas, colorantes, vegetales y frutas, etc.

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Hombres y mujeres en unas de las calles aledañas del mercado seleccionando pimientas y cereales, como el colo, aperitivo a modo de fruto seco muy rico. ©José Luis Valdivia

Particularmente, por la hermosura fotográfica de sus espacios y luces, los interiores de las distintas fábricas de Wukro de venta de cereal, pimientas y molienda de las mismas, son un manjar para el ojo, la cámara y el aprendizaje de otra variante social. Las hay regentadas por musulmanes, ortodoxos o el que se tercie, yendo los vecinos sin mayor tipo de problema a unas u otras.

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El personal limpia su material, y luego espera moler su grano y pimienta en la fábrica de un creyente árabe, Mustafá. El mosaico ofrecido nos recordaba a una pintura ©José Luis Valdivia

Siguiendo la estela de las fábricas, pero saltando a sectores completamente distintos, la región se ha convertido en enclave para diferentes explotaciones químicas y minerales de países extranjeros que dan trabajo a los lugareños: fabricación de calzado o especialización en piezas de maquinaria.

Si por ciertas latitudes del globo andan un poco chulescos con la economía de China, esperemos que muy pronto se hayan aprendido ciertos mapas sociales y económicos, porque la inversión china en Etiopía en particular, y África en general, es descomunal.

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Un técnico chino de la fábrica Sheba revisa un calzado realizado por un operario etíope. ©José Luis Valdivia

La fábrica de calzado Sheba, con capital y manufactura china, ofrece trabajo a más de setecientos empleados distribuidos en turnos y tareas. Realizan desde una zapatilla básica hasta botas y bolsos de piel más costosos, con una calidad éstos muy buena; Sheba posee una tienda oficial en la ciudad. Se encuentra a la entrada de Wukro hacia una zona de explanada que alberga todos los pabellones y servicios de la factoría. Esta exportación inyecta a la sociedad de Wukro y colindantes un balón de oxígeno y oportunidad laboral esperanzadora.

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Hombres y mujeres trabajan en naves de corte moderno y maquinaria propia china. Ambiente relajado y eficaz comprobamos. ©José Luis Valdivia

A pesar de ser un lugar no muy ruidoso, con relativa calma y buen hacer general, observamos alguna falta de medidas de seguridad: máquinas y objetos que pueden caerse y los trabajadores no llevan calzado de protección; falta de mascarillas para evitar inhalar gases por los pegamentos usados en la unión del calzado, que suele ser todo manual con el operario expuesto durante horas a ellos; guantes, gafas y uniformidad que evitasen enganches peligrosos con la maquinaria, etc.

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Un grupo masculino en una de las líneas de montaje. Se puede comprobar la variedad de edad en este mismo punto. ©José Luis Valdivia

El abanico de edades es otra nota observada, viéndose chicos y chicas muy jóvenes, quizás en edad de seguir en un instituto, ganando, seguramente, los únicos birrs que sustentan a la familia. Indistintamente, en las múltiples secciones donde se cose, pega, monta, etc., vemos a mujeres y hombres concentrados en su faena. El trato con los responsables tanto chinos como etíopes, se palpaba de cordialidad, respeto y atención por la tarea.

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Diferentes modelos de calzado de la fábrica Sheba, con piezas de piel muy bien rematadas y vistosas. ©José Luis Valdivia

En la paradoja que este mundo cambiante nos brinda, al hablar con uno de los responsables de la fábrica en tono distinto y un tanto humorístico, aludimos a cómo hasta ahora occidente utiliza China, Taiwan, Vietnam, etc., para fabricar sus productos a costes bajos y mano de obra barata, y ellos, con estas incursiones en terreno africano, están desarrollando una política ciertamente parecida, ya que la moneda, el suelo, materiales y mano de obra son un regalo para conseguir réditos en ganancias y levantar una zona económicamente maltrecha.

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Uno de los responsables chinos conversa con un jefe de zona etíope, en unas de las áreas de costura de un modelo de zapatilla. ©José Luis Valdivia

A través de cooperativas y otras inversiones, un sector más complejo como puede ser el de piezas industriales y maquinaria más pesada –sobre todo en costes–, también se está haciendo hueco por estas tierras en particular, y el país en general.

Ese tipo de mano de obra, focalizada en producir piezas de corte más preciso, para muchos sectores que abarcan desde los electrodomésticos hasta el automovilístico, poco a poco irá formando a generaciones de chavales mucho más especializados. Eso dotará de más recursos a una zona y amplitud de plazas laborales.

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Dos jóvenes sueldan una pesada pieza en la fábrica de Wukro. ©José Luis Valdivia

Mención especial merece un tipo de economía que insufla un respiro a ciertos sectores de la población: los microcréditos. Los cientos de ellos destinados a distintos perfiles de individuos y necesidades, dan como fruto negocios pequeños, sí, pero que en muchas ocasiones alcanzan para sustentar. Pueden verse tiendas de todo tipo y actividad, así como negocios de hostelería y taxi. Tiendas a lo largo de las calles principales más vistosas con marcada presencia, pequeños locales, o kioscos de metal montados de una forma improvisada por diferentes lugares.

Pequeñas tiendas de comestibles y variedad de productos, o peluquerías –son muy coquetos– en la calle principal, que nos recuerdan a aquellas de barrio que a tantas familias salvaron con aquello de "fiar", en tiempos donde ayudarse no era una sospecha, sino un gesto de humanidad. ©José Luis Valdivia
Pequeñas tiendas de comestibles y variedad de productos, o peluquerías –son muy coquetos– en la calle principal, que nos recuerdan a aquellas de barrio que a tantas familias salvaron con aquello de “fiar”, en tiempos donde ayudarse no era una sospecha, sino un gesto de humanidad. ©José Luis Valdivia
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Interior de la cabina –o parroquia– de un taxi tuk tuk, cuyo dueño era el propio joven que lo manejaba. ©José Luis Valdivia
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Quien iba a decir que el “eucalipto”, árbol maldito por muchas latitudes al considerarse invasivo, sería llamado “el futuro de Etiopía”. Su madera se vende para muchísimas cosas. Quien posee uno, tiene negocio y sustento. ©José Luis Valdivia

Tras la conclusión de los conflictos armados, el número de mujeres en el ámbito de la prostitución era escandaloso, forzadas, como es lógico, por la realidad que les tocó vivir. Los microcréditos han contribuido a realizar actividades que, al menos, devuelvan parte de una dignidad que jamás perdieron, porque como el propio Ángel Olaran nos relataba: “Han vendido sus cuerpos por necesidad, pero no sus almas. En cambio, de dónde venimos, los de traje y corbata que nos trajeron este desastre, no han vendido sus cuerpos, pero sí sus almas“.

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Puestecito improvisado en una esquina de empanadillas “shambursha”, siendo las de lentejas las típicas, entre otras. ©José Luis Valdivia

Etiopía se libró en el pasado del colonialismo europeo, pero vivimos tiempos donde la citada globalización sí parece ejercer una sensación similar, aunque no se usen en muchos casos ejércitos, sino unos papelitos verdes con números pintados que, para bien o para mal, son los que manejan los designios de esta bola condenada a no parar llevándonos a todos en ella.

Su riqueza, al margen de todo lo material y natural, reside en una diversidad cultural, étnica y espiritual únicas. Es evidente la apertura tras dejar atrás el estigma del siglo pasado de nación azotada por múltiples miserias. Y más evidente es el crecimiento económico sin precedentes actual. Ahora bien, si en lugares como el Tigray, el gobierno debe realizar proyectos o programas para dar soporte a familias de forma mensual otorgando sacos de grano, entre otras medidas, refleja la ósmosis entre lo que prevalece aún del pasado y el futuro que se resiste a llegar plenamente.

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José Luis Valdivia
Fotógrafo multidisciplinar con especial interés en el fotoperiodismo, documentalismo y astronomía. Cineasta independiente con varios proyectos nominados y otros pendiente de estreno. Docente creador de la experiencia formativa "La Mirada y el Fotógrafo” desde hace una década. Se queja de que el día tenga sólo 24 horas con todas las cosas creativas que hay por hacer.

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