Mientras escribía estas líneas, por televisión compruebo el alcance de lo que narramos en nuestra anterior entrega acerca de la tensa situación que se vive con el Gobierno y las cargas contra la población –especialmente con la etnia oromo–. Feyisa Lilesa, medalla de plata en la prueba de Marathon en Río 2016, pedía asilo político a las autoridades brasileñas nada más concluir los Juegos Olímpicos. A su llegada a la línea de meta alzó los brazos cruzándolos en claro símbolo de opresión, aduciendo que su propia familia estaba presa. Posteriormente, sus declaraciones fueron contundentes:

«En Etiopía hay 15 millones de oromo y el Gobierno nos está obligando a dejar nuestras tierras, nos encarcela y nos mata. Yo les pido a ustedes, los periodistas, que hablen de la democracia que no existe en mi país, y de los intereses económicos que están apoyando la represión de los oromo. Mi país está lleno de problemas, donde todo se ha vuelto muy peligroso; pero yo seguiré protestando por los presos oromo y por mi tierra»

Feyisa Lilesa

Señalar que la etnia oromo es mayoritaria frente a la que lleva gobernando décadas y los oprime: los amhara. Suena demasiado similar a problemas que derivaron en guerras y genocidios terribles en otros países no tan lejanos en el tiempo. Parece que en el seno de la vieja nación abisinia, se viven situaciones preocupantes barridas de casa para adentro.

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En uno de los hoteles más antiguos y conocidos de Wukro, el Fisseha, su simpático camarero jaleaba a la heroína del atletismo etíope: Genzebe Dibaba, en los mundiales de 2015. Siguen con mucha pasión este deporte. La triste situación descrita por el atleta suyo en Río, es la otra cara de la moneda. Dibaba es también de etnia oromo, del pueblo de Bekoji, que ha sido bautizado como la «aldea de los atletas», porque de allí surgieron colosos como Bekele, Tulu o los hermanos Kenisa. Una triste aldea de chozas mal hechas, caminos de barro y campesinos, que otorga éxitos deportivos a la nación… ©José Luis Valdivia
AMANECE HACIA WUKRO-OROMO
Una señora barre la acera mientras el día comienza a levantarse en una población oromo a menos de una hora de trayecto de la capital, dibujando un paisaje muy distinto. Así se iniciaba una ruta de 800 kms hasta Mekelle, capital del Tigray. ©José Luis Valdivia

Últimos días en Adís Abeba

Antes de meternos de lleno en esa larga ruta que realizamos en varias ocasiones hasta el Tigray, concluiremos con la capital del país señalando varios aspectos importantes.

La religión predominante es la cristiana ortodoxa, especialmente en las zonas del norte, con lugares sagrados míticos: son profundamente religiosos. Pero eso no es problema para que convivan otras creencias sin que por ello deban existir odios, rechazos o violencia a priori. La realidad vista en varias ciudades era de respeto, si bien hay precedentes de poblaciones donde les instaban (a los cristianos) a convertirse al Islam. En Wukro, en el tiempo transcurrido allí, disfrutamos de festejos de diferentes religiones donde se invitaba a los amigos de otras creencias.

La influencia del clero tiene un peso determinante sobre la vida social del país. Miles de individuos se dedican a temas religiosos, allí donde se necesitan a cinco personas para poder oficiar una eucaristía. No en vano Haile Selassie I, el último emperador (no el de la película de Bertolucci que era chino) se jactaba de ser descendiente directo del rey Salomón y la reina de Saba; aclamado por los rastafaris en una de las monarquías más antiguas del mundo.

REZO-MUSULMÁN-ADÍS
A pocos metros del conocido «gran mercado» de Adís Abeba, nos topamos con una llamada a la oración en plena calle. Un azaroso ritual de lavarse pies, descalzarse, y colocarse para la homilía se dan cita. En pocos minutos la calle cambia de aspecto completamente. ©José Luis Valdivia
ANCIANO-REZO MUSULMÁN-ADÍS
El grado de concentración y devoción es máximo. Este anciano era ayudado a levantarse y sentarse cuando el ritual lo requería por sus jóvenes acompañantes. Banalizar una fe y religión como es el Islam con las etiquetas actuales derivadas de manipulaciones políticas, es fomentar el desconocimiento y rechazo gratuito. Basta mirar las fotografías para desechar el tópico manido de «Islam igual a barbudos radicales»… ©José Luis Valdivia
SAN JORGE-2
La catedral de San Jorge es el símbolo de la capital etíope. Se erigió tras la victoria de Adua en 1896, ¿recuerdan?: Etiopía 1–Italia 0. Para restregarlo aún más fue construida por los propios presos italianos, según me cuentan. Más tarde, Haile Selassie I, en 1930 se coronó emperador en su interior, donde previamente lo había hecho Zewditu; y en 1937, los italianos, tras vencer en el «partido de vuelta» (Etiopía 1–Italia 1), en represalia le prendieron fuego. Para colmo se halla en la avenida Churchill. Como pueden ver el edificio ha estado entretenido. Es muy significativa por su forma octogonal y la intensidad con la que brilla cuando la baña la luz. ©José Luis Valdivia
MISA EXTERIOR-SAN JORGE
Como se ha podido comprobar en la fotografía anterior, los rezos se realizan fuera del edificio sobre sus paredes. Las misas también se ofician fuera con esos cinco miembros necesarios, de los cuales dos son sacerdotes y los otros monjes que, como se aprecia, se encargan de recoger los donativos. Ya que está de moda meterse con la indumentaria que luce una mujer por ignorancia en los llamados países «democráticos»: ¿Cómo digieren que todas las mujeres de esta imagen sean cristianas y lleven libremente su indumentaria? Sin dejar de mentar el detalle de hombres a la izquierda, mujeres a la derecha. Hasta no hace mucho, cierto país en el que vivimos, se hacían estas diferenciaciones con nuestras abuelas cristianas tapadas… ©José Luis Valdivia
PARTIDO-BAR-ETIOPIA
Mientras, no muy lejos de San Jorge, por la zona centro de Piazza, otro templo alberga a sus feligreses frente a una pantalla para rezarles a los dioses del fútbol. Nunca dejará de sorprenderme la conexión casi mundial con él; mucho antes que redes sociales o dispositivos modernos. Aquí está la parroquia a punto de disfrutar un Manchester United vs Liverpool. ©José Luis Valdivia

La canción de Lucy

Si por algo es famosa Etiopía, es por albergar los restos del denominado «primer homínido», es decir: la pizpireta y menuda Lucy, que debe su nombre a la famosa canción de los «Beatles» que sonaba en el momento de su hallazgo entre el equipo de científicos. Lucy, supuestamente, originó todo este tinglado que llamamos «nuestra especie». Se encuentra junto con otros valiosos hallazgos en el Museo Nacional Antropológico de Etiopía. Un viejo edificio que rezuma cierta dejadez , quizás sea eso lo que enamora realmente ante un popurrí de piezas de lo más variopinto.

MUSEO-ADÍS
Una de las salas del Museo Nacional nos habla de la evolución de nuestra especie en esos albores que íbamos lanza en ristre, taparrabos coqueto, tableta de abdominales sin pasar por el gimnasio, y bronceado perfecto. Al margen de la sala donde uno se maravilla con los huesos de animales antidiluvianos de sueños infantiles (Spielberg no cuenta), la estancia que más atrae la atención es la dedicada a la evolución de las aldeas, el campo y la forma de vida del país: precioso y didáctico. ©José Luis Valdivia
MUSEO-ADÍS-LUCY
Aquí tenéis a Lucy. Es la que está dentro de la urna. Bueno, una reconstrucción que trata de dar forma a cómo sería en vida. Los huesos de tono oscuro son las copias de los restos hallados. He ahí a nuestra «tatatatatatatatatatatatatatatatata…. buela», al sustentarse de forma bípeda era considerada nuestro primer ancestro homínido. Recientemente se halló un nuevo individuo que relegaría a Lucy al segundo puesto: ya veis, hasta en estos menesteres hay competencia. Ayer Plutón era un planeta, y hoy es un mero sistema binario… nos han estropeado la famosa carrerilla de retahíla aprendida en el colegio. ©José Luis Valdivia

El Gran Mercado

Dejamos a Lucy y sus amigos para irnos a otra pieza fundamental de la capital: el famoso Gran Mercado. Otrora el gran centro de intercambio de mercancías de África, actualmente ha perdido parte de esa condición, aunque el sector de las especias, tipos de pimientos y cereal (como el teff, base de su alimentación), siguen siendo imprescindibles. Realmente le está sucediendo como a la conocida lonja de pescado de Tokyo, Tsukiji, el interés –al margen de las transacciones internas entre comerciantes– copa la atención turística por exótico. En parte, la nuevas generaciones de etíopes –que nombramos en la anterior entrada– están cambiando las reglas, desean dedicarse a otras profesiones o encuentran sus necesidades en otros lugares, comercialmente más convencionales.

ANCIANAS-ESPECIAS-GRAN-MERCADO
Mujeres en una de las conocidas calles del vasto mercado con sus típicos puestos de especias. La amalgama de olores y sabores cobran un cariz especial en lugares como este. El dinero sustituyó el gran valor que tenía comerciar con esta actividad milenaria. Obviamente se ha de ser respetuoso con estas personas a la hora de fotografiar, pidiendo siempre permiso previo al «clic» de turno. Imaginad estar sentados ahí, todo el día, con un montón de turistas apuntando la cámara como si fueses un animal en el zoológico. ©José Luis Valdivia
AYER Y HOY EN LA CALLE
En una calle dirección al cogollo del gran mercado, se dan cita innumerables puestos donde el festival de colores lo invade todo, como la extraordinaria paleta natural que nos brinda esta fotografía al atardecer. Ya comentamos que Etiopía es un espejo donde se da la mano lo medieval con el siglo XXI: Unas jóvenes que subsisten con su escaso puesto de vegetales en el amplio espectro de la pobreza, trastean con un teléfono smartphone (imitaciones en muchos casos más baratos) completamente absortas.
Abuela y nieta en las clásicas tiendas de barrio en Adís Abeba. ©José Luis Valdivia.
Dentro del entramado de calles que componen el Gran Mercado, se encuentran esas tiendas que muchos recordamos de niños: las del barrio que te fiaban. Una abuela regenta una tienda con su nieta sentada en la escalinata. Es fascinante ver lo mucho que se abstraen los niños en sus mundos por allí. ©José Luis Valdivia.
MINIONS-ETIOPIA
Un colegio cerca del Gran Mercado nos deja una imagen de esas que puede suceder en cualquier parte del mundo: niños discutiendo por unas chuches al salir del colegio. Enorme el detalle del padre que lleva la cartera de su hija con «Gru y los Minions», demostrando que son un fenómeno mundial sin fronteras. Esto será muy difícil de ver en otras latitudes del país. ©José Luis Valdivia

Un camino, muchas realidades

HUELLAS
Un joven saca la mano por la ventanilla del bus en el largo recorrido de más de catorce horas para sentir el viento mientras saludaba a los paisanos de un país que es dos veces el tamaño de Francia. ©José Luis Valdivia

Dejamos atrás la caótica urbe de Adís Abeba, con sus pros y sus contras; meditando que, a pesar de todo, tiene un «algo» que también seduce. Nos levantamos francamente temprano para coger uno de los autocares en la explanada principal de Bole, que nos llevará a la capital del Tigray, Mekelle; en la que a su vez habremos de coger luego otro enlace para llegar a nuestro destino final y verdadero protagonista de los próximos artículos: Wukro, el padre Ángel Olaran y el trabajo con la oenegé NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía.

Prácticamente se echa el día en este viaje. A cambio el viajero, si tiene la inquietud por sacar la mirada a contemplar, es obsequiado con un mosaico total del país. Por instantes, se entremezcla la aridez con la abundancia; lo templado y seco con lo fresco y húmedo; las montañas con las llanuras; simples aldeanos que aún viven de forma medieval, que apenas pueden permitirse el plato de comida, frente a simulacros de ciudades improvisadas de otros que proyectan la ilusión de prosperidad. Todo bajo un espíritu común, el estoicismo, visible en sus hombres, mujeres y niños. Hacen frente a las adversidades y necesidades más acuciantes del ser, transformadas en una idea humana, demasiado humana –que diría Nietzsche–: la voluntad de sobrevivir.

Comienza así un viaje con cierto aire de aventura improvisada (porque ninguno es igual, aunque repitas el mismo trayecto), donde los también espontáneos compañeros de trayecto nos pueden sorprender con sus ocurrencias, paradas repentinas o venta ambulante en plena marcha.

WUKRO-TV-ATLETISMO_1
En un momento que el cansancio te vence y cierras los ojos, una carcajada al unísono te sacan del letargo, desde esa perspectiva que controlas «el escenario», reparas en mirar la pantalla unos minutos, para percatarte que los etíopes tienen su versión de Bud Spencer –mamporros incluidos– particular. Tras el «peliculón», el chófer –en pleno acto de inspiración– soltó un dvd que fue aplaudido como si Julio Iglesias si hubiese subido al autocar. ¿El resultado? «Amar en tiempos revueltos» Ethiopia Editions. Con música y bailes incluidos, por supuesto. En otra ocasión os relato el cachondeo que se montó cuando uno de los chicos se levantó y comprobó que al fondo había un guiri que sonreía sin enterarse ni papa. ©José Luis Valdivia
LOS PRIMOS-BURROS
Otras de las atracciones del viaje consiste en el circuito de obstáculos con que te obsequia la casa. A golpe de claxon, y sin apenas diminuir la velocidad, en pleno acto telepático entre conductor y cuadrúpedos, unos y otros se van sorteando mientras mentalmente tarareas «El Danubio azul». Da igual si es en recta o curvas peligrosas, porque todos saben qué tienen que hacer: apartarse. Si el amigo lector sigue la línea de fuga de la fotografía que coincide con la carretera, podrá comprobar que en el siguiente nivel nos esperan una manada de camellos, un rebaño de ovejas, dos bueyes tamaño tanqueta, un buen socavón y dos autobuses de corto recorrido… Cuando todo esto se juntaba en un tramo de curvas de montaña, el chófer adquiría el estatus de Dios. ©José Luis Valdivia

Bromas al margen, que es una forma de aliviar tensiones y abrir puertas en según qué circunstancias cuando el entendimiento idiomático es una barrera, la posibilidad de poder asomarte «al mundo» como si de un privilegiado balcón se tratase, no tiene precio. Indistintamente de las paradas que se hacen en recónditos e insólitos páramos, la fluctuación del paisaje son pequeñas piezas de puzzle lanzadas contra el cerebro que trata de absorberlo todo. La dualidad creativa que el propio cristal ofrecía, se transformó, humildemente, en una metáfora de vida donde ésta puede tener varios caminos: con más suerte y menos suerte.

MUEBLES EN LA CALLE
De repente, en la estrecha calzada se alzan improvisados poblados armados con madera de eucalipto, la que dicen que es el futuro de Etiopía. ©José Luis Valdivia
EN BICI POR LA ESTEPA
Pueblo errante como pocos, capaces de realizar largos recorridos a pie o en bicicleta con una fortaleza y determinación envidiables. ©José Luis Valdivia
PASTORES ALTIPLANO
En una zona de altiplanos el ejército detiene el autobús para pasar un control somero a quienes van dentro y preparar la carretera para que una maquinaria pesada suya transite sin riesgo. El viaje se retrasa más de una hora, pero lejos de ser una molestia, se convierte en un regalo. Dos pastores de esas montañas parecen esculturas del paisaje. A menudo encuentras individuos sentados en las cunetas, o en elegantes posiciones sobre lomas, completamente absortos en sus pensamientos. El etíope es muy contemplativo. ©José Luis Valdivia
TRES GENERACIONES
Tres generaciones de mujeres: abuela, hija y nieta caminan derrengadas por el peso y los años de cargar madera, agua, comida para llevar algo a sus humildes hogares donde seguramente compartirán la misma habitación con toda la familia. Niñas que no van al colegio con espaldas encallecidas, las veías perderse por las montañas durante kilómetros cargando como mulas. No por ser niña su carga es menor a la de su madre o abuela… Lejos de cualquier atisbo de queja, si te veían, a pesar de la pesada carga, eran capaces de girarse y dedicarte una sonrisa o acercarse a saludarte. Tenemos muy errado el concepto de dignidad. ©José Luis Valdivia
CHARLA EN EL CAMINO
Un grupo de campesinos conversa tras la jornada laboral arando sus campos. Herramientas rudimentarias, animales famélicos y muchas horas de esfuerzo a mano. Lugares donde tan solo están esas vastas y áridas extensiones, sus humildes chozas y unos pocos vecinos. Posiblemente, como gran parte del país, con una única comida en el cuerpo para todo el día. Ni colegios, tiendas o centro de salud en muchos, muchos kilómetros. ©José Luis Valdivia
DISCAPACITADO-BUS-ARROJO
Un hombre casi desnudo, con discapacidad física y mental, se abalanza sobre el autocar que lo esquiva invadiendo el otro carril. El número de personas que padecen algún tipo de discapacidad es elevado, pero como ya comentamos no es una prioridad en un país que primero tiene que comer. Esa es la cruda realidad. Cientos de personas deambulan por las ciudades sin ningún tipo de cuidado o atención básica. ©José Luis Valdivia
EN EL RIO
Al igual que veremos en su momento en la ciudad de Wukro, los ríos son utilizados para lavar todo tipo de vehículos, como los conocidos taxis tuk, tuk; hacer la colada o ducharse. Al margen está, claro, las deposiciones de los animales y, como comprobamos en la fotografía: cargar agua para consumo personal. Bacterias fecales y metales pesados, entre otras cosas, son llevados por estas aguas generando un factor primario del deterioro de la salud muy serio. Una persona enferma es mucho más cara que una sana. Niñas cuyos cuerpos aún están formándose, que poseen una escasa alimentación, soportando en sus jóvenes espaldas garrafas de más de 25 litros, en trayectos kilométricos que nos harían palidecer de cansancio. ©José Luis Valdivia
REZO EN MEDIO LA NADA
Muy avanzada la jornada, tras un largo periodo sin una parada, le solicitan al chófer el poder ir al «baño», momento que el joven de la fotografía, de creencias musulmanas, pidió un pequeño tiempo extra para poder rezar. Nadie, absolutamente nadie, puso reparo alguno a ello, respetando su momento de fe. Anteriormente el bus había parado en una ermita ortodoxa, y algunos viajeros bajaron para besar las conocidas cruces que llevan los sacerdotes de vidas anacoretas. El joven musulmán hizo lo propio. Son nefastas las etiquetas lanzadas desde el prisma perverso de occidente. En cierta manera, todos estábamos teniendo nuestro momento espiritual en ese lugar entre montañas. Mekelle estaba ya próxima. ©José Luis Valdivia.
HOSPITAL MEKELLE
Tras muchas horas de viaje, paradas y mil anécdotas, finalmente Mekelle, capital del Tigray. Una urbe que también bebe de esa pócima de lo caótico, en una ciudad muy poblada, que posee aeropuerto de vuelos internos y Hospital Universitario con mucho futuro. Precisamente a éste último pertenece la fotografía, resplandeciendo en la noche como una luciérnaga. Días después me aclararían que es una forma de darle alegría a un lugar de por sí triste por cuantas cosas suceden en él. ©José Luis Valdivia

Mekelle fue la penúltima parada antes de coger las famosas furgonetas compartidas donde te sientas al lado de un señor con sus gallinas y corderos. Una sinuosa carretera en plena oscuridad que entraña cierto peligro para los menos duchos y recorrer los casi 45 km que nos separa de Wukro, atravesando poblados de exigua iluminación. Casi a medianoche entramos por la puerta de la misión de Saint Mary, finalizando una travesía que se queda grabada en la retina de las emociones.

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