Vamos a tratar de plasmar a lo largo de una serie de artículos la realidad –al menos una parte– empírica a pie de calle –y cámara en mano–, de uno de los países más fascinantes del continente africano: Etiopía. La otrora nación abisinia, referente indispensable en el conocimiento del amanecer del hombre en el planeta –Lucy, el primer homínido, se halló y permanece allí–, y tristemente asociada a palabras como sequía, hambruna, enfermedad, pobreza, guerra o desigualdad durante décadas, ofrece una magnífica radiografía del castigo de un continente en general, y la eterna lucha de una nación en particular por salir adelante. Una vieja nación, ciertamente, pero joven de población que da muestras de un entusiasmo que se contagia. Como la sonrisa que nos regala Danait, la niña de once años sentada en la puerta de su casa en Wukro, protagonista de la portada de este primer artículo, y cuyo encuentro narraremos a su debido momento. Porque hay mucha alegría –y dignidad– entre tanta miseria.

Realizamos dos viajes en 2015 sumando cerca de tres meses gracias a NTO –No te Olvidaré Ayuda a Etiopía–, la oenegé creada en 2009 por el médico leonés Javier Varela tras regresar muy impresionado por su experiencia de trabajo allí, concretamente en la región del Tigray, al norte del país, famosa en el pasado con los nefastos episodios de hambruna que fotógrafos como Sebastiao Salgado, por ejemplo, plasmaron.

NTO, al igual que otras conocidas organizaciones altruistas que conforman una plataforma, vuelcan sus esfuerzos en dar soporte a la obra del conocido misionero de origen vasco Ángel Olaran –Abba Melaku, para los etíopes–, quién lleva los últimos veinticinco años en dicha región, concretamente en Wukro. El futuro, que apenas es el día siguiente en estos lugares, pasa por la esperanza en la continuidad de dichas obras. Como él mismo comenta:

«Mientras pensemos que hacer caridad es la solución, nada mejorará. Pero por ahora es lo único que tenemos para que las cosas no empeoren. No se trata de beneficencia, sino de justicia. De dar a cada uno aquello a lo que todo ser humano tiene derecho: comida, techo, familia, salud, educación, trabajo».

Misionero Ángel Olaran

El misionero Ángel Olaran acaricia y besa a Haizea (viento en vasco), una niña con discapacidad mental que fue abandonada y recogida por su misión. Otra niña, Tarik (historia o maravilla en etíope) salta a la comba en una de las tardes de juego. ©José Luis Valdivia
El misionero Ángel Olaran acaricia y besa a Haizea (viento en vasco), una niña con discapacidad mental y motriz que fue abandonada y recogida por su misión. Otra niña, Tarik (historia o maravilla en etíope), salta a la comba en una de las tardes de juego en el interior de Saint Mary, en Wukro. ©José Luis Valdivia

El viaje fotográfico

Creer que todos los países son iguales es pecar de pueril. Especialmente con África. Llevarte la mochila cargada de prejuicios y valoraciones personales del entorno que se vive no son buenos compañeros de viaje. Tratar de imponerse en los lugares que se va, ni te cuento. La inmersión en un nuevo sitio requiere formatearse a sí mismo; aunque mentalmente hagas comparaciones y sirvan de apoyo para equiparar. Documentarse previamente tampoco viene nada mal para no llevarse sorpresas, sobre todo de índole cultural. Algo, que en mi humilde opinión, no suelen practicar del todo ciertos sectores del voluntariado, cooperantes y, por qué no decirlo, fotógrafos. Del viajero “metralleta” me abstengo el comentario, no obstante un poco de quietud y contemplación no vendría nada mal.

El viaje fotográfico, el puramente documentalista, poco o nada tiene que ver con el turismo social imperante. Acumular sitios de moda, obsesionados con el coleccionismo de imágenes que solo arañan pedazos someros de realidad, pueden devolver al individuo desprovisto de conocimientos más profusos de las culturas visitadas. Los tópicos lanzados en los últimos años a través de los medios y programas que venden los viajes como si de un reality sensacionalista se tratase, flaco favor han hecho creando visiones distorsionadas. Con esto no se trata de estigmatizar y que todos deban sumergirse de pleno, sino que sepamos separar y valorar debidamente. En definitiva, alentar prácticas más saludables y enriquecedoras. El mundo se ha conectado gracias a las redes sociales y los aviones, pero por el camino estamos pagando el peaje de la pérdida de empatía, la tolerancia y el disfrute del conocimiento –y aprendizaje– en el otro. La idealización también puede provocar ciertas frustraciones.

Una familia contempla el valle de cultivo con sus escasas pertenencias en una zona del centro del país. ©José Luis Valdivia
Una familia contempla el valle de cultivo con sus escasas pertenencias en una zona del centro del país. La choza es un mítico tukul. ©José Luis Valdivia

Antecedentes históricos

La República Democrática Federal de Etiopía jamás ha sido colonia de nadie, sufriendo un periodo de ocupación de cinco años (1936-1941) por parte del fascismo italiano de Benito Mussolini en la denominada Segunda Guerra Italo-Etíope que duró siete meses. El imperialismo y militarismo fueron los pilares que sustentaron las políticas fascistas de Mussolini. Tras una excusa banal con una afrenta en unos pozos en Ual Ual, en la denominada «Somalia italiana», el Duce inició su estrategia expansionista con ínfulas coloniales de antaño.

El 9 de mayo de 1936 sus tropas desfilaban triunfantes por su capital, Adís Abeba, proclamando la venida de un nuevo imperio con su rey Victor Manuel III como nuevo emperador de la nación. Un pusilánime que ni tan siquiera se opuso a la imposición del fascismo en su país en 1925; así como a toda la purga hecha por el Duce después. Solo le preocupaba mantener su puesto y privilegios. De este modo, el dictador fascista con complejo de César, se cobraba la venganza de la humillante derrota sufrida por los suyos en la Primera Guerra Italo-Etíope en 1896, en la batalla de Adua, donde unos irreductibles etíopes –algunos pensasteis que diría «galos»–, les dieron a base de bien a los italianos.

Fue un atropello a todas luces y ante la pasividad de la Sociedad de Naciones –incluso cuando Mussolini lanzó gas mostaza, totalmente prohibido, para exterminar a los etíopes– surgida tras la Primera Guerra Mundial, incapaz de ponerles freno a las políticas expansionistas de Hitler, Mussolini y, como se comprobó después, a Japón en su genocidio de la antigua capital de China, Nankíng, en el 1937.  El propio emperador etíope huido, el menudo e histórico Haile Selassie I, se plantó en dicha Sociedad de Naciones para decirles de todo por su complicidad y tibieza al permitirlo. Al contrario, lo que parecía desconocer el monarca etíope, es que la propia Sociedad de Naciones había firmado un documento otorgando el poder de «supervisar Etiopía» a Mussolini. Lo que ocurre es que algunos interpretaron «supervisar» con «intervenir» e «invadir». La semántica, que es muy caprichosa.

Con el lema «los salvajes» conocerán al fin «la civilización», un nutrido grupo de dicho periodo justificaron la tropelía cometida por los italianos, cuyas consecuencias fueron más de 16.000 etíopes exterminados y unas 1.000 bajas en las filas italianas. Obviamente hubo un gran número de intelectuales, historiadores y políticos internacionales, que condenaron el atropello a la vieja nación. Sacar pecho de la rotunda victoria no hizo sino acrecentar el desprecio hacia la figura del henchido dictador, puesto que se enfrentó a unos hombres sin apenas medios para combatir. Un pueblo noble de campesinos que luchaba por su tierra, y que después, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, las guerrillas liberarían su propia nación con la ayuda de los británicos. En entregas posteriores mostraremos los edificios y ruinas que dan fe de aquel periodo y su legado.

Con un contingente de 100.000 hombres, Mussolini entró por Eritrea el 3 de octubre de 1935. Tras seis meses de dura contienda, la nación abisinia fue vencida. Lejos de lo que su ego pretendía con ella, Mussolini hubo de comprobar que la presencia por parte de sus compatriotas fue prácticamente nula, favoreciendo después que las guerrillas del campesinado recuperasen sus territorios conjuntamente con los británicos. En la fotografía, un grupo de milicianos etíopes son capturados por tropas italianas y obligados a posar para la misma.
Con un contingente de 100.000 hombres, Mussolini entró por Eritrea el 3 de octubre de 1935. Tras siete meses de dura contienda, la nación abisinia fue vencida. Lejos de lo que su ego pretendía con ella, Mussolini hubo de comprobar que la presencia por parte de sus compatriotas fue prácticamente nula, favoreciendo después que las guerrillas del campesinado recuperasen sus territorios conjuntamente con los británicos. En la fotografía, un grupo de milicianos etíopes son capturados por tropas italianas y obligados a posar para la misma. Obsérvese la diferencia de equipo y ropaje de unos y otros.

En estos momentos

Antes de sumergirnos de pleno, en vista de los últimos informes recibidos, es bueno señalar que en este 2016 tras una valoración de las cosechas del 2015 nada halagüeñas por la escasez de lluvias y la inminente sequía, el país se está enfrentando a un periodo de hambre e incertidumbre de los más serios en las últimas décadas.

Directamente pudimos comprobar lo paupérrimo de las cosechas, con una altura del cereal insuficiente, cumpliéndose la voz de alarma que el propio Ángel Olaran vaticinaba. Desgraciadamente, en esta era de medios por doquier no parece ser noticia. Como tampoco es noticia los miles de jóvenes que atraviesan el desierto para buscarse una oportunidad pagando muchos con su vida por el camino.

Habrá que valorar debidamente en pleno siglo XXI que vivimos, si se está dispuesto a repetir errores vergonzantes del pasado. La crisis de refugiados que durante semanas ha copado –y copa– las portadas de los informativos y medios mundiales, no es como para presumir por nuestras políticas humanísticas. Las voces de quienes claman en el océano con un salvavidas al cuello (el que lo tiene), o los que son engañados y abandonados por el desierto a su suerte, parecen diluirse por falta de interés en dichos medios que desechan al mismo tiempo que consumen: otra red social más y el espectáculo de lo cotidiano. Y cuanto más nos habituamos a él, la proporción de empatía disminuye. Somos una memoria colectiva fugaz.

Interminables filas de personas esperan para subirse a un bus. Muchos jóvenes entrevistados buscaban una salida por el norte cruzando hacia Arabia Saudita. Algunos llevan ciertos permisos de trabajo (sobre todo mujeres para servir en casas allí) para así tener una oportunidad de llegar a Europa, entre otras. Si no mueren en las travesías del desierto es posible que lo hagan en el mar. ©José Luis Valdivia
Interminables filas de personas esperan para subirse a un bus. Muchos jóvenes entrevistados buscaban una salida por el norte cruzando hacia Arabia Saudita. Algunos llevan ciertos permisos de trabajo (sobre todo mujeres para servir en casas allí), para así tener una oportunidad de llegar a Europa, entre otras. Si no mueren en las travesías del desierto, es posible que lo hagan en el mar. El chico que corre hacia la cámara parecía molesto con la captura del momento, poniendo en aviso a una gran parte de la fila de la presencia del fotógrafo. Todo quedó en un intercambio de opiniones –a pesar de los empujones gratuitos– pero, evidentemente, haciendo entender que no se hacía nada malo. Llegado el caso es mejor bajar la cámara y cambiar de lugar para evitar enfrentamientos innecesarios. © José Luis Valdivia

De la pasividad, desidia o negligencia internacional –vaya usted a saber–, es cuando más se aprovechan según qué líderes o regímenes para tomarse ciertas «libertades» nada saludables para el conjunto de su población. Tal caso ha sido desde el pasado noviembre de 2015 en Etiopía con episodios de cargas por parte de las fuerzas del orden contra estudiantes y granjeros mayoritariamente, saldadas con centenares de muertes en la región de Oromia (región más grande del país con 27 millones de personas rodeando Adís), por un  plan urbanístico injusto de expansión de la capital. Unidas a las muertes (más de 400 según datos oficiales) tenemos miles de detenidos por participar directamente o ayudar a terceros a huir o refugiarse, siendo sometidos a diferentes torturas e incluso violaciones a mujeres. Profesores, profesionales de la sanidad, blogueros o activistas opositores al gobierno de Haile Mariam Desalegne, quién ganó con mayoría absoluta las pasadas elecciones, y sobre el que pesan sospechas de intimidación y fraude, son el foco principal de dichas represalias con decisiones muy cuestionadas: coacción a la libertad de prensa (142 de 180 en el ranking según Reporteros sin fronteras); o la censura nacional de internet y todas sus herramientas recientemente. Censura que está impidiendo acceso a información en ambas direcciones; frenando ayudas y servicios con los más necesitados.

Estos episodios denotan unas praxis muy peligrosas que ponen en serios apuros los derechos civiles fundamentales. Y eso que Etiopía entró hace unas semanas en el Consejo de Seguridad por los dos próximos años como miembro no permanente. Con esto no queremos empañar la visión de una nación que tiene muchas virtudes actualmente, pero omitir cierta información tampoco sería beneficioso.

La capital de Etiopía es una locura expansionista donde se dan la mano la nueva urbe con el campo. Los recientes episodios de muertes por este hecho poco o nada favorece la imagen de tranquilidad que desde hacía un tiempo transmitía el país, visitado incluso por Barack Obama. ©José Luis Valdivia
La capital de Etiopía es una locura expansionista donde se dan la mano la nueva urbe con la vieja. Los recientes episodios de muertes por este hecho poco o nada favorecen la imagen de «tranquilidad» que desde hacía un tiempo transmitía el país, visitado incluso por Barack Obama en verano de 2015. © José Luis Valdivia

Se ha producido un giro autoritario desde la desaparición del llorado Meles Zenawi, primer ministro de origen tigriña (las tierras del Tigray), que gobernó desde 1995 hasta su muerte en 2012. De pasado guerrillero, Zenawi participó, entre otras cosas, en las revueltas para derrocar a Haile Selassie I en 1974. Con la imparable expansión de su país utilizó hábilmente todo el tinglado de las infraestructuras que ponía en pie para el autobombo propagandístico: fue un hacha haciendo presas. Su figura no estuvo exenta tampoco de salpicadas de corrupción o gestión caótica. Nos remitiremos a él en futuras entregas.

En improvisados troncos a modo de bancos y unos toldos, como el de la fotografía captada en la zona de Piazza, en el centro de Adís Abeba, una población con inquietudes sociales tales como estudiantes, intelectuales o activistas, leen periódicos o intercambian opiniones del devenir de las situaciones importantes de su país. Un profesor de música y otro de inglés, de apenas unos treinta años ambos, pedían ayuda como la de tener un ordenador portátil de segunda mano con el que poder trabajar. ©José Luis Valdivia
En improvisados troncos a modo de bancos y unos toldos, como el de la fotografía captada en la zona de Piazza, en el centro de Adís Abeba, una población con inquietudes sociales tales como estudiantes, intelectuales o activistas, leen periódicos o intercambian opiniones del devenir de las situaciones importantes de su país. Un profesor de música y otro de inglés, de apenas unos treinta años ambos, nos pedían ayuda para conseguir un ordenador portátil de segunda mano con el que poder trabajar. Con la censura de internet y las redes, el trabajo de activistas blogueros resulta imposible. © José Luis Valdivia
Unos chavales juegan al fútbol al salir de clase de una pobre escuela ortodoxa (religión principal del país), en unos de los barrios del extrarradio de la capital. Es impresionante cómo en el lugar más insospechado algún curioso inicia una conversación hablando de fútbol, sobre todo lo muy puestos que están en la liga española. Paradójico resulta, también, ver camisetas de Messi o Ronaldo haciéndonos reflexionar sobre los cánones de lo que significa "triunfo" en este mundo globalizado. ©José Luis Valdivia
Unos chavales juegan al fútbol al salir de clase de una humilde escuela en unos de los barrios del extrarradio de la capital. Es impresionante cómo en donde menos te lo esperas, algún curioso inicia una conversación hablando de fútbol: sobre todo lo muy puestos que están en la liga española. Paradójico resulta, también, ver camisetas de Messi o Ronaldo hasta en el lugar más recóndito, haciéndonos reflexionar sobre los cánones de lo que significa «triunfo» en este mundo globalizado. © José Luis Valdivia

Etiopía es nombre de mujer

En estos tiempos que corren donde nos peleamos en nuestro país por otorgar una excesiva carga sexista al idioma, cuando debiera importar solucionar las desigualdades reales de género, vamos a reivindicar el femenino de Etiopía a través del papel de la auténtica luchadora del país: la mujer. Sí; ellas son el motor silencioso que todo lo aguanta. Sí; en contadas ocasiones reciben el reconocimiento a tan generoso estoicismo que, junto con los niños, son el sector más vulnerable. Además, el nombre de Etiopía es de origen griego –sí, ellos otra vez–, donde viene a significar algo así como cara tostada. De esa manera se referían a ellos.

En las distintas localidades visitadas, la observación de la mujer como pilar o eje central era palpable. Son esposas, madres, amas de casas, trabajadoras del campo y cuanto sea necesario. Con el agravante que muchas lo hacen en soledad ante la ausencia de los maridos o figura masculina sustentadora: muertos por enfermedades, la guerra con Eritrea, o, directamente, se desentendieron. A cambio no gozan ni por asomo de los derechos y privilegios del hombre, privadas, en primera instancia, en no pocos puntos del país del acceso a herramientas mínimas de educación. Las hijas suelen ser la extensión de sus madres en muchas tareas, como el cuidado de sus pequeños hermanos. La igualdad entre mujeres y hombres es de las más bajas del África Subsahariana. La mortandad entre madres y recién nacidos no ha descendido tanto como se pensaba, y la práctica de la ablación, a pesar de su reducción en numerosos territorios, aún persiste en las zonas de arraigo cultural más ancestral y alejadas de todo este desarrollo que copa las principales ciudades.

Cuando ambos progenitores faltan, constatando un gran vacío en la generación entre los 30 y 45 años –sobre todo en el norte–, unido al dato de que apenas un 5% son mayores de 60 años, donde la media de vida está en torno a los 55-60 años, y con un promedio de 5-6 hijos por mujer, hacen de la orfandad y el abandono una gran tragedia. Si la estimación demográfica del país ronda los 85 millones de almas, háganse una idea de la situación. La malnutrición, la falta de medidas básicas de higiene personal, la degradación ambiental y enfermedades crónicas infecciosas, son aún el talón de Aquiles de Etiopía.

Si está pensando, amigo lector, que son muchos hijos, indicar que para que esa nación funcione se estima que cada mujer debería tener una media de 2 hijos y mantener la pirámide poblacional. En 2014, la tasa bajó a los 4 hijos siendo desde 1960 una de las más bajas, y la más alta con casi 7,5 hijos, entre 1984 y 1985.

Un grupo de mujeres trabaja de sol a sol en la construcción de un futuro hotel en una zona céntrica de Adís Abeba. Suele ser la mano de obra más numerosa en dichas tareas cargando arena, cemento, colocando ladrillos, etc. A este grupo de mujeres las vimos comer sin moverse incluso del lugar. ©José Luis Valdivia
Un grupo de mujeres trabaja de sol a sol en la construcción de un futuro hotel en una zona céntrica de Adís Abeba. Suele ser la mano de obra más numerosa en dichas tareas cargando arena, cemento, colocando ladrillos, etc; procedentes de los muchos barrios periféricos de la ciudad, incluso del campo, que ven en este boom inmobiliario una forma de mejorar su situación de vida. A este grupo de mujeres las vimos comer sin moverse incluso del puesto de trabajo. © José Luis Valdivia
Las hermanas mayores son la extensión de sus madres, quienes se encargan de las tareas de dar de comer, vestir o cargar con sus hermanos. Esta nena nos dedica una sincera sonrisa y saludo tras recoger a su curiosa hermana del colegio. La nobleza de estos simples gestos es algo que ilumina el alma del viajero. ©José Luis Valdivia
Las hermanas mayores son la extensión de sus madres, quienes se encargan de las tareas de dar de comer, vestir o cargar con sus hermanos. Esta nena nos dedica una sincera sonrisa y saludo tras recoger a su curiosa hermana del colegio. La nobleza de estos simples gestos es algo que ilumina el alma del viajero. © José Luis Valdivia
Una madre con problemas de salud yace en la calle con sus dos pequeñas hijas. Como en muchos otros casos la figura paterna es una quimera. La mayor mendiga mientras vigila el poco dinero que le dan a su madre. De las enfermedades graves, por regla general, los más pobres raramente escapan, por falta de atención o medicamentos, por lo que a la hermana mayor le tocará seguramente cargar con una hermana que apenas es un bebe, en un páramo de abandono y supervivencia deambulando por las calles. ©José Luis Valdivia
Una madre con problemas de salud yace en una calle principal de la capital con sus dos pequeñas hijas. Como en muchos otros casos, la figura paterna es una quimera. La hija mayor mendiga mientras vigila el poco dinero que le dan a su madre. De las enfermedades graves, por regla general, los más pobres raramente escapan por falta de atención o medicamentos, por lo que a esa hija mayor le tocará, seguramente, cargar con una hermana que apenas es un bebe en un páramo de abandono y supervivencia deambulando por las calles. Todo cuanto poseían estaba sobre esas mantas. A tener en cuenta el detalle sobre la improvisada cama de las ramas verdes: un ritual que poseen incluso en su famosa ceremonia del café. © José Luis Valdivia

En un país tan marcadamente rural, con más del 45% de población por debajo de los 15 años, la escolarización se torna indispensable si aspira a poseer generaciones mejor preparadas en todos los ámbitos: las que empujen al país no solo por cantidad sino por calidad. Educarse debe ser tan importante como el comer o la sanidad. Porque de ella, la educación, pueden salir individuos que ayuden a paliar las distintas problemáticas. Desgraciadamente existe un elevado porcentaje de niños sin educación, o que apenas asiste a clase mientras compaginan el «trabajar». Parte del entusiasmo mentado lo vimos en hospitales como el de Mekelle, capital de la región del Tigray, con una generación de jóvenes médicos ávidos por aprender y servir a la comunidad. Como otras tantas especialidades que hacen evolucionar a una sociedad.

Un niño de apenas unos cuatro años ayuda a su padre con el puesto ambulante cerca de la catedral de San Jorge. En pleno mes de marzo y en horario escolar, cientos de niños se hallan trabajando o mendigando por las calles. ©José Luis Valdivia
Un niño de apenas unos cuatro años ayuda a su padre con el puesto ambulante cerca de la catedral de San Jorge. En pleno mes de marzo y a pesar de ser horario escolar, cientos de niños se hallaban trabajando o mendigando por las calles. © José Luis Valdivia
Un niña entorno a 11 años vive en la casa improvisada tras de ella hecha con cuatro maderas y unas chapas de metal en un callejón. No está mirando a la cámara sino al grupo de niños que enfrente compran en los también improvisados puestos de chucherías o papelería que podemos ver en la siguiente fotografía. Cerca existe un centro escolar de cultura y ciencia creado por los rusos. En los días que pudimos verla comprobamos que estaba sola en el mundo. ©José Luis Valdivia
Un niña en torno a los 11 años vive en la casa improvisada tras de ella hecha con cuatro maderas y unas chapas de metal en un callejón. No está mirando a la cámara sino al grupo de niños que enfrente compran en los también improvisados puestos de papelería que podemos ver en la siguiente fotografía. Cerca existe un centro escolar de cultura y ciencia creado por los rusos. En los días que pudimos verla, comprobamos que estaba sola en el mundo, preservando su pequeño espacio y mendigando. © José Luis Valdivia
Esto es lo que miraba nuestra niña solitaria con esa mezcla en su rostro de emociones de quien no acaba de entender el porqué unos tienen oportunidades y ella no. Chicos bien vestidos, con calzado, carteras, teléfonos, haciendo fotocopias y comprando material mientras hablan tras salir de clase como en cualquier otra parte del mundo. ©José Luis Valdivia
Esto es lo que miraba atentamente nuestra niña solitaria con esa mezcla en su rostro de emociones de quien no acaba de entender el porqué unos tienen oportunidades y ella no. Chicos bien vestidos, con calzado, carteras, teléfonos, haciendo fotocopias y comprando material mientras hablan tras salir de clase como en cualquier otra parte del mundo. © José Luis Valdivia
Uno de los huérfanos que perdió a ambos padres y salió adelante con la obra del padre Ángel Olaran, es ahora un entusiasta médico que trata de servir a su comunidad con honestidad y conocimiento de los problemas reales de su entorno. Alegre encuentro entre ambos en el Hospital Universitario de Mekelle con el tradicional saludo juntando los hombros. ©José Luis Valdivia
Uno de los huérfanos que perdió a ambos progenitores y salió adelante con la obra del padre Ángel Olaran, el Dr. Araya Yemane, es ahora un entusiasta médico que trata de servir a su comunidad con honestidad y conocimiento de los problemas reales de su entorno. Alegre encuentro entre ambos en el Hospital Universitario de Mekelle con el tradicional saludo juntando los hombros. Historias que hacen creer en el cambio desde uno mismo. © José Luis Valdivia

Caos organizado

Adís Abeba –Addis Ababa derivado del amárico, lengua oficial principal, y que viene a significar
«Flor Nueva»–. Capital de un país, Etiopía, ubicado en el llamado «cuerno de África» y divido actualmente en 9 regiones administrativas. Cuna de creencias y reliquias únicas, como los supuestos restos del Arca de la Alianza y las tablas de la Ley de Moisés en Aksum. Su creación se remonta a 1887 gracias a Menelik II. Bueno, más bien a su mujer, la emperatriz Taitu, que se pelaba de frío en las montañas de Entoto, y le dijo al paisano que en el valle se estaba mejor con las aguas termales, entre otras muchas comodidades.

Junto con El Cairo, Adís Abeba rápidamente despertó el interés entre los europeos como posible ciudad africana en la que desarrollar futuras transacciones comerciales. No solo el interés se reducía a estos menesteres, sino que también despertó la curiosidad de viajeros e historiadores en una cultura milenaria más bien hermética y nunca colonia de nadie. Cabe mencionar que ellos se rigen por el calendario juliano, por lo que actualmente se encuentran en 2008. Disfrutamos un fin de año anticipado –ya que el nuestro es gregoriano– en pleno mes de septiembre. Los etíopes entraron en el llamado tercer milenio el 11 de septiembre de 2007. Una celebración donde el presidente Zenawi lanzó unas palabras en su discurso apelando que «había comenzado el principio del fin de los años oscuros». Se verá si se cumplen estas premoniciones.

Desde la ventanilla del avión, sobrevolando valles y montañas al llegar a las zonas puramente denominadas urbe, la mirada se pierde en una vasta extensión –posee 527 kilómetros cuadrados y está a 2.355m de altitud– a la que no se alcanza a delimitar de casas, chabolas, edificios, puentes, calles, cables, barro, gente… La expresión, sinceramente, es de asombro acompañada de un pensamiento: caos.

Desde el propio avión o buscando cotas altas en la ciudad, el mosaico de chabolas, apartamentos, chalets y edificios es indescriptible. La nueva urbe engulle lo viejo y desplaza a muchos que se instalan en el extrarradio. A pesar de no tener campo miles de personas cultivan alimentos con los que poder sobrevivir o vender. ©José Luis Valdivia
Desde el propio avión o buscando cotas altas en la ciudad, el mosaico de chabolas, apartamentos, chalets y edificios es indescriptible. La nueva urbe engulle lo viejo y desplaza a muchos que se instalan en el extrarradio en infraviviendas. © José Luis Valdivia

Deambulando por sus calles y barrios tal pensamiento se vuelve certeza, pero con un importante matiz: caos organizado. El trasiego de gente, en una urbe claramente superpoblada (se habla de unos 4 millones) con miles de coches destartalados, furgonetas, motos, animales, puestos ambulantes, cientos de comercios, calles embarradas y todos yendo y viniendo a todas horas casi sin descanso, destilando improvisación sin estorbarse –incluso con fuertes tormentas–, proyecta más aún la idea de que todo “funciona” a pesar de lo caótico –hilarante muchas veces–, de las distintas situaciones. La mezcla entre lo nuevo y decadente se dan la mano de una esquina a otra. Un crecimiento inconexo sin saber muy bien hacia qué lugar.

Los diferentes niveles de pobreza son una brecha innegable del país. Al rico, o el que tiene más, rápidamente se le identifica cuando ostenta un buen coche, viste buena ropa, o se sienta en un restaurante a pagar una cena. Pero el abanico entre la gama de grises que oscila de la pobreza al que le alcanza para comer, en muchas ocasiones cuesta distinguirlo –algunos por vergüenza– porque no se vislumbra aquello tan manido en nuestro país, y que ha resultado ser una falacia cacareada a los cuatro vientos: la clase media. La hay, sí, pero va ligada a un fenómeno nacido de su locura urbanista que, yendo paralela a la realidad que se vive grosso modo, posee tintes de ser más un anhelo de futuro que una certeza de presente. Un pensamiento, el del gobierno, en torno a una emergente clase media que pudiese soportar el peso de una economía y favorecer la reducción de la pobreza en los próximos veinte años. A pesar de los 25 millones de etíopes que viven en los distintos umbrales de pobreza, y ocupar el puesto 174 de 188 en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, cabe destacar que en 2014 el país fue alabado por cumplir 6 de los 8 objetivos del plan de Desarrollo del Milenio. Si se están disfrazando o no cifras el futuro inmediato lo dirá.

Jóvenes que poseen un mayor poder adquisitivo gracias a este "desarrollismo" imperante, toman unas cervezas en un conocido barrio donde disfrutan de cánticos y bailes tradicionales. En este caso, la mujer danza frente a ellos con unas letras folclóricas cuyo fin es ganarse un dinero que esconde de forma picaresca en su vestido. Algo parecido con la famosa fiesta de la "ashenda" del mes de agosto. ©José Luis Valdivia
Jóvenes que poseen un mayor poder adquisitivo gracias a este «desarrollismo» imperante, toman unas cervezas en un conocido barrio donde disfrutan de cánticos y bailes tradicionales. En este caso, la mujer danza frente a ellos con unas letras folclóricas cuyo fin es ganarse un dinero que esconde de forma picaresca en su vestido. Algo parecido con la famosa fiesta de la «ashenda» del mes de agosto en Wukro. © José Luis Valdivia
Un grupo de hombres juegan y apuestan en las calles de Adís para ganarse unos birr con los dados. ©José Luis Valdivia
Un grupo de hombres juegan y apuestan en las calles de Adís para ganarse unos birr con los dados. © José Luis Valdivia

Dicha gama de grises de no vislumbrar claramente en qué posición se pueden hallar ciertos individuos, se disipa algo cuando hablas con ellos y te dicen que son maestros, técnicos de una u otra profesión, ingenieros, profesionales cualificados de servicios… que a duras penas pueden llegar a final de mes. La moneda es el birr, y durante nuestra estancia 100 birr equivalía a unos 4 euros. Un joven maestro de primaria de inglés, Azazhud, nos comentaba que su sueldo rondaba los 1.500 birr, o lo que viene siendo 61 euros…Lo hace mientras tomamos en el centro un café macchiato que no se puede permitir. De este modo, a poco que el gobierno incremente el precio de alimentos básicos, el coste del combustible o vivienda, los que poseen salarios justos pasarán notables estrecheces, mientras que a los más desfavorecidos la soga se les tensará de forma insoportable. Por eso la urbe destila un aire de supervivencia sin parangón. Un extraño fenómeno entre la modernidad y lo ancestral: jóvenes con ropa y calzado moderno, que portan teléfonos y usan las redes sociales, que viven en casas con luz y otras comodidades, frente a otros de ropajes harapientos, descalzos y malviviendo por un mendrugo de pan en la calle o, en el mejor de los casos, unos pocos metros cuadrados improvisados. Como si la Edad Media se diese la mano con el siglo XXI saltándose varios siglos de por medio en una extraña ósmosis. Eso en la capital, pero más marcado resulta en el norte, en el Tigray, cuyo mundo rural es del 80%.

Un hombre de apenas treinta años come lo único que tendrá ese día con un poco de injera (especie de pan en forma de torta fina hecha del cereal "tef", base de la alimentación etíope). La línea entre los que pueden vestir un vaquero o comer algo es muy, muy difusa. La sensación de caos aumenta con los atascos infernales de cientos de coches, camiones y furgonetas, como en este paso bajo el puente rodeando una manzana construida para el nuevo tranvía. ©José Luis Valdivia
Un hombre de apenas treinta años, vestido con cuatro harapos raídos come lo único que tendrá ese día: un poco de injera –especie de pan en forma de torta fina hecha del cereal «tef», base de la alimentación etíope–. La línea entre los que pueden vestir un vaquero o comer algo es muy, muy difusa. Las oportunidades para muchos son tan escasas como el propio pan. La sensación de caos aumenta con los atascos infernales de cientos de coches, camiones y furgonetas, como en este paso bajo el puente rodeando una manzana construida para el nuevo tranvía. La polución es un problema acuciante. © José Luis Valdivia
La zona del gran mercado es una paleta de colores de la capital muy amplia. Allí se da cita desde lo más extremo en pobreza mendigando o el que trata de vender lo poco que tiene, hasta los que poseen mejores negocios y mercancías que ofrecer. El joven vendedor de colchones ambulante (se venden muchísimo por el país con unos tapizados muy llamativos) posee una musculatura portentosa en su cuello para acarrear cuanto lleva. ©José Luis Valdivia.
La zona del gran mercado es una paleta de colores de la capital muy amplia. Allí se da cita desde lo más extremo en pobreza mendigando o el que trata de vender lo poco que tiene, hasta los que poseen mejores negocios y mercancías que ofrecer. El joven vendedor de colchones ambulante (se venden muchísimo por el país con unos tapizados muy llamativos) posee una musculatura portentosa en su cuello para acarrear cuanto lleva. © José Luis Valdivia.

Recuerda Etiopía en ocasiones a modelos vistos como el de China, la cual posee en el país importantes inversiones: como la construcción del tranvía de la capital. O las fábricas de calzado visitadas que dan numerosos puestos de trabajo locales, pero con supervisores y maquinaria china. Veremos una desde dentro en el norte gracias al padre Ángel Olaran. El gigante asiático cuya economía es imparable, da indicios de querer mostrarle al resto la capacidad de su poderío: África es un lugar ideal para ello. De momento parece que a Etiopia le gusta emular el modelo chino basado en el «dirigismo», olvidando que China ha concentrado su impresionante crecimiento en las exportaciones e inversiones. Dicho crecimiento le está suponiendo no canalizar debidamente las condiciones cambiantes de su población.

Ambos países crecen su tasa a razón del 10% anual; pero China se ha dado cuenta del importante papel que juega el propio consumo doméstico y los servicios. En ese aspecto, Etiopía rezuma cierta improvisación. Porque si bien viven sobre todo de la exportación del café, éste da para el 25% de la población supeditado a la balanza de precios internacional, y a que no se produzcan sequías devastadoras.

Durante las hambrunas de los 80 muchas tierras quedaron yermas, por la tala de árboles y asentamiento de población y ganado posteriores, dejándolas hasta día de hoy casi sin recuperar. El conflicto con Eritrea –y posterior separación– privó a Etiopía de su salida al mar, y con ello, la imposibilidad de utilizar los puertos de Assab o Massawa, obligando a ir por Yibuti. Su economía, a pesar de la riqueza en oro, hierro, tantalio, mármol, potasa o gas natural, depende en mayor parte de la ayuda exterior y de su inversión pública.

Una fotografía que resultó ser metafórica al ver a un elefante hacer equilibrios sobre un palo y un platillo mientras sostiene un peso. Etiopía puede ser un gran elefante que hace equilibrios sobre distintos alambres. Al fondo podemos observar otra gran obra por la zona centro de la capital. Los andamiajes hechos con unas elaboradas estructuras de maderas merecen ser aplaudidas por su efectividad. ©José Luis Valdivia
Una fotografía que resultó ser metafórica al ver a un elefante hacer equilibrios sobre un palo y un platillo mientras sostiene un peso. Etiopía puede ser un gran elefante que hace equilibrios sobre distintos alambres. Al fondo podemos observar otra gran obra por la zona centro de la capital. Los andamiajes hechos con unas elaboradas estructuras de madera –eucalipto mayormente–, merecen ser aplaudidos por su efectividad. Este tipo de obras harían las delicias de las tertulias de nuestros jubilados. Veremos si esta apuesta por lo inmobiliario no les acaba explotando como en otras latitudes. © José Luis Valdivia
Unas mujeres tratan de vender unas pocas verduras en sus improvisados puestos frente a un gigantesco edificio de nueva construcción. Las puertas metálicas de colores que forman vallas por muchos lugares, indican que ahí existía un antiguo poblado. ©José Luis Valdivia
Unas mujeres tratan de vender unas pocas verduras en sus improvisados puestos frente a un gigantesco edificio de nueva construcción y una gran montonera de basura. Las puertas metálicas de colores que forman vallas por muchos lugares, indican que ahí existió un antiguo poblado. El Gobierno prometió la creación de más de 200.000 apartamentos con vistas a reducir la pobreza y ofrecer viviendas más dignas a los de clase baja, desplazados de sus zonas habituales. La medida era ir poco a poco modernizando la ciudad. Observada detenidamente, sin poner en duda que muchas de esas viviendas se han entregado, la sensación es como el que trata de tapar agujeros para que no se escape el agua, pero irremediablemente aparece siempre uno nuevo. Si aumenta la población y la pobreza, es imposible el acceso a tales viviendas, por ende, el mundo de chabolas no parece tener fin. © José Luis Valdivia
La construcción de la infraestructura del nuevo tranvía en la capital es un mosaico de situaciones. Cientos de personas se agolpan a lo ancho y largo del entramado de vías y paradas, haciendo vida en ellas. A pesar de no estar inaugurado cuando se tomó la fotografía (marzo de 2015) la sensación de "envejecido" el conjunto era palpable. Su origen chino daba lugar a jocosas bromas por parte de los etíopes, quienes comentaban entre risas: "Con los alemanes no pasaría esto, pero no nos llegaba el dinero". ©José Luis Valdivia
La construcción de la infraestructura del nuevo tranvía en la capital es un mosaico de situaciones. Cientos de personas se agolpan a lo ancho y largo del entramado de vías. A pesar de no estar inaugurado cuando se tomó la fotografía (marzo de 2015), la sensación de «envejecido» del conjunto era palpable. Su origen chino daba lugar a jocosas bromas por parte de los etíopes, quienes comentaban entre risas: «Con los alemanes no pasaría esto, pero no nos llegaba el dinero». © José Luis Valdivia
El fuerte hedor a verduras, frutas y comida en descomposición, unidos a los propios de las necesidades humanas del lugar, es algo difícil de olvidar. Familias enteras, niños pequeños incluidos, caminan, comen, duermen, venden y viven entre esas basuras que se amontonan a su alrededor. Al abrigo de las nuevas vías del tranvía, la vista se pierde en el tramo que recorre el Gran Mercado con la Catedral de San Jorge, en una jungla de viejas chabolas y edificios de las nuevas construcciones. ©José Luis Valdivia
El fuerte hedor a verduras, frutas y comida en descomposición, unidos a los propios de las necesidades humanas del lugar, es algo que se inocula como un nuevo perfil en nuestro cerebro, imposible de borrar. Familias enteras, niños pequeños incluidos, caminan, comen, duermen, venden y viven entre esas basuras que se amontonan a su alrededor como los innumerables bichos. Al abrigo de las nuevas vías del tranvía, la vista se pierde en el tramo que recorre el Gran Mercado con la Catedral de San Jorge, en una jungla de viejas chabolas y edificios de las nuevas construcciones. © José Luis Valdivia
Las obras del tranvía también producían situaciones hilarantes, como esta escalera que no llevaba a ninguna parte y a la que le habían "birlado" varios escalones. Cientos e curiosos se iban acercando intrigados a comprobar que al final de la escalera no se encontraba nada excepto un gran agujero en el suelo. Las obras iban bastante retrasadas, y se supone que en ese punto iba una estación. ©José Luis Valdivia
Las obras del tranvía también nos dejan situaciones hilarantes, como esta escalera que no llevaba a ninguna parte y a la que le habían «birlado» varios escalones. Numerosos curiosos se iban acercando intrigados a comprobar que al final de la escalera no se encontraba nada, excepto un gran agujero en el suelo. Las obras iban bastante retrasadas, y se supone que en ese punto iba una estación. © José Luis Valdivia

Tras la conclusión de la guerra con Eritrea, Etiopía se lanzó a una carrera de desarrollo desenfrenada. De la autarquía a la burbuja inmobiliaria sin pasar por la casilla del medio. Bole, la avenida convertida en arteria principal, es una amalgama de tiendas, centros comerciales, restaurantes, cafeterías varias, centros de arte diverso, oficinas nacionales y extranjeras en edificios de cristal y acero, etc. Una laguna en forma de insólito bulevar donde se da cita todo lo expuesto, pero que no evita que se intercale la pobreza que, como la vida misma, se trata de abrir camino como buenamente puede. La pregunta que suscita es para quién exactamente con una tasa de población tan pobre, incapaz tan siquiera de comprar productos en la tienda de su barrio.

El propio aeropuerto denota la influencia del cambio que sus líderes buscaban para el país, con una compañía aérea propia Ethiopian Airlines, capaz de adquirir modelos de avión último modelo tales como el Boeing 787 Dreamliner, considerado el buque insignia de la nueva era aeronáutica del gigante americano. Dicha avenida y el aeropuerto están conectados y conducen al mismo centro de la ciudad. Huelga decir que la asunción de dichos costes vuelve a ser de origen chino. Todo y con eso aún no pueden evitar innumerables cortes y apagones de electricidad, que dejan durante muchas horas al personal mirándose entre ellos sin poder trabajar.

A pesar de que la fiebre por Obama en Etiopía no fue tan apoteósica como en Kenia, cientos de carteles con su foto y mensajes de bienvenida se daban por muchos lugares de la ciudad. Histórico encuentro acercando políticas entre ambos países y con la preocupación del terrorismo islamista somalí de Al Shaba sobre la mesa, así como el conflicto de Sudán del Sur. Obama dedicó varios días por aquellos países por entonces, nada mal si tenemos en cuenta que a otros les dedica diez minutos a todo un bloque de diferentes partidos políticos...
A pesar que la fiebre por Obama en Etiopía no fue tan apoteósica como en Kenia, cientos de carteles con su foto y mensajes de bienvenida se daban por muchos lugares de la ciudad. Histórico encuentro acercando políticas entre ambos países y con la preocupación del terrorismo islamista somalí de Al Shabab sobre la mesa; así como el conflicto de Sudán del Sur. Obama dedicó varios días por aquellos países entonces: nada mal si tenemos en cuenta que a todo un bloque político de cierto país europeo le dedicó diez minutos…© José Luis Valdivia
En el hotel que nos alojábamos, cerca de un hospital, y casi en la zona centro de la ciudad, sufrimos varios cortes de suministros casi todos los días. Algunos durante prolongados periodos, haciendo imposible servicios necesarios y tirando de limitados generadores o, como en la recepción del hotel, las tan socorridas velas. ©José Luis Valdivia
En el hotel que nos alojábamos, cerca de un hospital y próximo a la zona centro de la ciudad, sufrimos varios cortes de suministros casi todos los días. Algunos durante prolongados periodos de tiempo, haciendo imposible servicios necesarios y tirando de limitados generadores o, como en la recepción del hotel, las tan socorridas velas. Los relojes de pared nos indicaban las horas de espera con el aliciente de varios países. © José Luis Valdivia

Se calcula que en la última década Etiopía ha sido capaz de construir 12.000 kilómetros de carreteras, de los cuales cerca de 4.000 kilómetros son atribuibles a Adís Abeba. Dentro de ese entramado de kilómetros están nuevas autovías de las que sentirse orgullosos. Otra cosa es el insuficiente sistema de canalizaciones de aguas que deja al descubierto la precariedad de muchas instalaciones: otra vez lo nuevo y lo viejo se dan la mano sin que la cosa acabe de funcionar del todo. Nuestro hotel no poseía calle asfaltada, pese a ser un tres estrellas y estar situado en una zona cultural, dejando un lodazal impracticable para vehículos y personas. Con la llegada de la época de lluvias el caos citado se multiplica, y los peligros viales, también. En ese aspecto es envidiable el trabajo vecinal realizado en Wukro con calles perfectamente adoquinadas y transitables mucho más desahogadas que las de la capital.

Con la llegada de las lluvias en julio y agosto principalmente, queda al descubierto la precariedad de muchos servicios a pesar de los grandes tramos asfaltados y las interminables obras por todos lados. ©José Luis Valdivia
Con la llegada de las lluvias en julio y agosto principalmente, queda al descubierto la precariedad de muchos servicios a pesar de los grandes tramos asfaltados y las interminables obras por todos lados. © José Luis Valdivia

Etiopía casi ha cuadruplicado la capacidad de generar energía para abastecer de electricidad el país, llegando, ciertamente, a lugares que antaño no alumbraba ni una mísera farola –aunque tendrán que mejorar lo de los cortes día sí y otro también–. Pero su dependencia del petróleo es muy alta, y los gastos con el ejército –el segundo mayor del África Subsahariana– merma una maltrecha economía. De ahí su gran interés en un plan hidroeléctrico con el proyecto de la nueva presa que se prevé lista para 2017, la llamada del Gran Renacimiento, que permitirá un consumo energético sin precedentes en África.

Presumen que el Banco Mundial se negó a contribuir con el mastodóntico presupuesto –en torno 5.000 millones de dólares–, así que el Gobierno «propuso» que, «voluntariamente», los propios trabajadores implicados, así como otros trabajadores, empresarios y entidades bancarias, hiciesen aportaciones o donasen sus sueldos para la «causa». Así lo confesaban quienes vieron como meses enteros de su salario y esfuerzo no entraban en casa. Decisiones cuando menos cuestionables favorecidas por el apoyo de poderosos socios y sus inversiones. La política exterior –terrorismo, islamismo– e intereses de dichos socios –recursos naturales–, junto a la situación geográfica del país, son un caramelo difícil de rechazar.

Pero mientras llegan todos esos grandes avances, la capital se vuelve más urbe y olvida el sector primario. Adís Abeba no posee campo como tal; miles de personas cultivan alimentos con los que poder sobrevivir para consumo propio o vender por las calles. Imagine usted a Madrid o Barcelona sus grandes avenidas llenas de personas vendiendo algo así. En cierta manera es un espejo donde ver que, si se abandona lo primario, ninguna ciudad podría comer. Gracias a ello se producen millones de frutas y verduras provenientes de ese extrarradio.

Transacción comercial de venta de verduras en pleno corazón de la ciudad. Pequeños puestos como estos de cosecha propia dan pequeños respiros a sus dueños para sobrevivir. ©José Luis Valdivia
Transacción comercial de venta de verduras en pleno corazón de la ciudad. Pequeños puestos de cosecha propia, como el de la fotografía, dan respiros a sus dueños para sobrevivir. La joven mujer que compra lleva a su hijo perfectamente atado a la espalda. Puede confundirnos el hecho de que su ropa y bolso luzca mejor, se vea aseada y pueda comprar esos vegetales, escondiendo que está en otra escala de pobreza. © José Luis Valdivia

Reflexión

Etiopía, pese al gran crecimiento que sufre año tras año su economía, lo cierto es que sigue siendo uno de los países más pobres del mundo. Basta con pasear por las calles de su capital o por cualquier otra importante del país, para darse uno cuenta de las brechas de desigualdad tan enormes que existen. Los episodios de prostitución afloran por las noches donde la belleza de muchas jóvenes es su condena. Del pillaje y robo (pandillas de niños y jóvenes principalmente) quienes han encontrado en esa actividad una forma de subsistencia, especialmente con los turistas como blanco, ante la pasividad de ciertos agentes de la ley. Algo que puede suceder en cualquier ciudad del mal llamado primer mundo, no vayamos a rasgarnos las vestiduras en nuestro iluso «buenismo». Porque allí, en la gran mayoría de los casos, te roban por necesidad: en nuestro país lo hacen los poderosos por ambición.

Comentar estos puntos son parte de la realidad que subyace, pero evidentemente hay otras buenas que reseñar. Porque, honestamente, a lo largo de los años se ha difundido una imagen de África de eterna corrupción y violencia, omitiendo el interesado intervencionismo occidental vendido como «ayuda», fomentando una visión errónea de población inerte necesitada de supuestos empujones para avanzar. Una ayuda que, normalmente, se le cobra por triplicado. Las etapas coloniales y sus parciales visiones del continente –incapaz de  enmarcarse en una simple palabra–, auspiciaron esa «etiqueta» en el africano con más literatura que realismo documental.

Dejar que unos pocos tengan mucho no parece que sea la mejor fórmula para que la cosa mejore. Dependen muchísimo del campo, y si cuando tienen buena cosecha lo pasan mal, cuando ésta es desastrosa por falta de lluvias como pasó en 2015, el panorama puede ser desolador. La caridad internacional no parece ser la solución –como indicaba el misionero Ángel Olaran–, pero irremediablemente están necesitados de ese intervencionismo. Esto puede seguir generando un síndrome de dependencia o sociedad parásita que acabe olvidando su naturaleza u origen. Hay que otorgar las herramientas necesarias para que caminen solos: como unos buenos padres con sus hijos. Y en ese caminar, ahora mismo, no le prestan atención al mundo de la discapacidad, por ejemplo, con un país con miles y miles de ellos sin las asistencias necesarias: «No es una prioridad», me decían algunos técnicos.

El gobierno parece querer jugar en otra liga a nivel mundial, pero se olvida que muchos de sus jugadores están desnutridos y carentes de servicios indispensables: mejor salud y educación. Que no solo tiene un país concentrado en su capital u otras parecidas, con un enorme territorio disperso y ciertas poblaciones condenadas al ostracismo. Viendo esta carrera de desarrollo tan acelerada la pregunta que se pone encima de la mesa es: ¿para quién realmente están construyendo el país? ¿Quieren únicamente la inversión exterior, abrirse para otros, olvidando lo propio a pesar de las mejoras conseguidas? Las diferencias de crecimiento entre las nueve regiones es un hecho, confiriendo un país con una extraña balanza entre la modernidad que se abre camino a golpe de centros comerciales en las urbes, y el mundo rural cuyo golpe en su camino es no morirse de hambre o paliar las enfermedades.

Mención merece el turismo e interés por el país. A lo largo de estos años el abaratamiento de vuelos y costes en general ha favorecido el acercamiento de millones de personas venidos de todos los rincones del planeta. El hecho de ser una nación sin «conflicto» a diferencia de como puede suceder con otras de África, incrementa dicho interés unido a su cultura milenaria. Pero los episodios actuales de violencia y el hermetismo que están sometiendo a ciertas libertades con el uso de internet y sus redes, puede dar como resultado escepticismo y recelo en forma de miedo a que no se pueda visitar o cooperar de forma segura. Los atentados y ataques que sufre el mundo, incluso en países llamados «democráticos y libres», potencian esa visión de «mejor quedarse en casa». Si la crisis que azota desde 2008 pasó factura en todos los sectores, como el turismo y zonas dependientes de él –véase lo mal que lo pasó Canarias durante unos años–, Etiopía no puede permitirse el lujo de ver disminuir esa fuente de ingresos.

Una joven pareja se pasea cogidos de la mano por el centro del Gran Mercado en Adís Abeba, donde la contención con la intimidad es algo muy propio del país, no sabiendo a veces el número de mujeres o hijos que ciertos individuos poseen. ©José Luis Valdivia
Una joven pareja se pasea cogidos de la mano por el centro del Gran Mercado en Adís Abeba, donde la contención con la intimidad ha sido algo muy propio del país. © José Luis Valdivia

Algo está cambiando en su seno entre la juventud más combativa y abierta, que lucha por abrirse camino entre lo ancestral y dictatorial. Los sentimientos, las manifestaciones públicas entre hombres y mujeres, no son precisamente muy asiduas de verse –sobre todo en zonas profundas, aunque sorprenda la exaltación de la amistad entre hombres–, y en los últimos años esa juventud ha comenzado a cambiar las reglas. Lo dejaremos de momento aquí, con esa imagen de unión y cambio, antes de finalizar en la mítica capital e iniciar el recorrido hacia Wukro y la tan necesitada región del Tigray.

2 Comentarios

  1. Me impactaron estas imágenes y sus tan interesantes relatos!!
    Te agradezco por esta publicación, dolorosa pero verídica.
    Un abrazo desde Argentina!

  2. Muchísimas gracias, Nora, por leernos y dejarnos su comentario desde tierras tan hermanas. Lo verídico y doloroso debe ser mostrado con el respeto que merece, pero sin enmascararlo. No todo son postales idílicas en el viaje fotográfico. En breve podrá disfrutar de la segunda entrega; esperamos verla por aquí. Un abrazo.

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