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En 1991, tras años de conflictos terribles por el norte de Etiopía, dos padres blancos españoles recibieron el encargo de levantar una escuela secundaria en una tierra yerma apenas habitada por una acacia. Abierta, finalmente en 1995, tanto el Tigray en general como Wukro en particular, unidos en la expansión entusiasta del país, han vivido la transformación del otrora territorio estigmatizado por las penurias, para ofrecer una imagen de esperanzador presente y futuro.

Conozcamos a uno de esos padres blancos, el misionero vasco Ángel Olaran (Hernani, 1939), llamado por los etíopes “Abba Melaku”, que aún permanece allí, y que ha sido el trasfondo y motivo de toda esta serie de artículos por aquellas magnéticas tierras, de la mano de NTO No te olvidaré Ayuda a Etiopía.

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En la Misión de Saint Mary, una pintura recuerda a la acacia que se toparon los misioneros a su llegada, donde hoy se levanta una enorme escuela profesional de agricultura, con miles de especies de plantas.

Los orígenes

Me llamó Ángel Olaran. Soy el quinto de seis hermanos. Nací en una familia cristiana, con una madre muy católica. Mi fe, gran parte, la he recibido de ella. Mujer discreta que era la última en recibir cualquier cosa y la primera en darlo todo. Acogía a amigos nuestros que, por circunstancias equis, eran económicamente frágiles. Sabía compartir lo que teníamos con otros niños, cuyos padres, por culpa de un sistema que heredamos, se encontraron con una situación de penuria. Esta fue una actitud ante la vida que sigue marcando mi estilo de vida actual. No era solo una fe de sacristía, sino de acogida, apertura y respeto por el prójimo y el entorno.

Domingo de ramos, Misión Saint Mary, Wukro, Etiopía
Domingo de ramos en el recinto de la iglesia de Saint Mary. Una de las pocas veces que pudimos ver al misionero con sus ropajes eclesiásticos de la orden. ©José Luis Valdivia

En mis acciones y maneras de enfocar la vida, tras ver también cómo actuaban otros jóvenes, dejó en mi interior algo así como que “lo que yo tengo no es mío, no me corresponde; se me ha dado para ponerlo al servicio de los demás“. Con ello llegué a una reflexión: “Yo ya no me pertenezco, pertenezco a los demás“. Por eso tengo que desarrollar lo que yo soy al máximo de mi capacidad. Al final es hacer aquello que tenías que hacer sin más. Sin ponerte medallas, porque para eso estabas.

Ese legado de tu madre, ¿crees que inculcó la idea del sacerdocio en detrimento de haberlo podido hacer de una forma no eclesiástica?

Crecí en un entorno de iglesia, con una dictadura muy marcada, donde esos jóvenes pertenecían a dicho entorno religioso ayudando a los demás. La única que podía hacer una labor social de alguna forma era la iglesia. Porque otras cosas estaban prohibidas y la falange lo controlaba todo, que los veíamos como “atrás Satanás”… No quedaba otra salida.

Trabajé durante unos seis años en un banco. Muchos días, antes de entrar, asistía a la eucaristía. Era una voluntad mía, no una cosa impuesta. De ese modo, asistiendo, veía mi devoción por la eucaristía más que por el entorno de la institución. Tenía una dimensión social muy fuerte. La de un Dios que siempre estaba con los demás, con un Dios que no te apartaba.

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Una de las niñas muestra su cariño despidiéndose con un sentido beso tras la tarde de juegos. ©José Luis Valdivia

Con dieciséis años me interesé por el voluntariado. Tuvo que ser con la iglesia, porque todo el tema de las oenegés no existía. Estando con esos amigos que habían ido y vuelto, fue cuando pensé en hacer lo mismo. Además, quería que ese servicio fuese en África.

Salía en una “cuadrilla” con chicas y chicos, y hacía una vida normal. Pero murió mi padre por aquel entonces, me aparté y me senté a darle vueltas a ir de misiones. Luego vino la mili y pedía permiso para estudiar por las tardes en el seminario. Un día vinieron los padres blancos y explicaron todo el proceso siendo, además, la obligatoriedad de trabajar en África, algo que yo deseaba.

Al terminar, comenzó la idea de intentar las misiones para toda la vida. Nunca me vi de casado. La vocación ya estaba ahí. Tampoco me vi de sacerdote en el País Vasco u otro lugar. Pero sí me veía en esa vocación de dar a lo demás. Así que aquí estoy.

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Con una de sus huérfanas, Regat, en el hospital de Mekelle, tras haber estado desaparecida y desorientada un tiempo debido a un problema que afectó incluso a reconocer a nadie. ©José Luis Valdivia

Citas el rechazo hacia el franquismo y el refugio que encontraste en lo religioso. Es curioso, ya que el dictador también lo era y la historia siempre se ha quejado del golpe dado para la Guerra Civil, apoyado por la iglesia.

Sí, cierto. Pero en el País Vasco había un rechazo frontal al franquismo. En una ocasión, un sacerdote llegó a decirme de forma visceral: “Si Dios me pusiera a elegir entre ser cristiano o ser vasco, no sé qué elegiría”. Siempre hubo un enconado rechazo. En mi casa vivíamos underground, porque mi madre era muy nacionalista, y tener cosas de ese tipo era jugarse la cárcel. Mi padre acogió en una ocasión a un nacionalista que huía de la guardia civil en casa, hasta que se dieron cuenta que venían para allí y tuvo que escapar por una ventana. Registraron todo y amenazaron a mis padres con llevárselos a la cárcel porque estaban seguros que esta persona había estado.

Sentíamos que existía una dicotomía, porque no perdimos la fe en esa institución local, ni por los valores de quienes se enfrentaban, resistían y rechazaban valientemente, pero sí a lo que representaba Franco y el sector eclesiástico que lo apoyaba. Y crecí en ese ambiente de muchos sacerdotes que visceralmente estaban contra ello. Como en la eucaristía, que había que rezar por Franco, siendo éstos los que se negaban a mencionar este nombre en la misma. Dentro de la iglesia fui consciente de este rechazo frontal, siendo la nuestra como una iglesia subterránea que no podía manifestarse en público, pero que era muy clara. Pues ya ves, en ese entorno andaba yo.

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Ángel Olaran se dirige a los estudiantes de la escuela de oficios de la misión, para transmitirles valores, sentido común, esperanza y la necesidad de que aprovechen su oportunidad de futuro. ©José Luis Valdivia

¿Cómo comienza este viaje vital en Wukro?

Yo venía de haber estado veinte años en Tanzania. Allí me propusieron estudiar el islam, para tener un conocimiento más íntimo de él. Realicé un curso profesional de nueve meses en Roma: el Corán, la vida de Mahoma, como fue creciendo y evolucionando hasta ahora, etc. Me pareció muy interesante, porque tenía muchos amigos musulmanes, y era una forma de saber qué piensan ese hombre o mujer; de respetarlos y tener más empatía con ellos. Iba a regresar a Tanzania, cuando me propusieron venir a Wukro. Me dijeron que un compañero que llevaba los mismos años en Adigrat, José Luis Bandres, necesitaba ayuda para levantar una escuela.

No tenía una razón de peso como para no venir aquí, a pesar de estar a gusto en Tanzania. Pero cuando trabajas en una institución como la nuestra, una de las cosas que te inculcan es la de la “disponibilidad”. Sabía de Etiopía, pero no mucho más que el resto. Así que pedí unos años para ver si me adaptaba aquí, si funcionaba o la gente me aceptaba. De ver si valía.

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En una zona de Etiopía donde apenas llovía y existía agricultura, recaló Ángel Olaran, donde más de dos décadas después el panorama dantesco del inicio ha dado paso al progreso. ©José Luis Valdivia

¿Con qué Wukro te encuentras?

Veníamos de una guerra contra el gobierno central. Sabíamos de Etiopía por su problemática con la hambruna. Al llegar al aeropuerto de Mekelle, solo existía –al margen de la pista–, un contenedor, una mesa, una silla y un peso. Que en todo el Tigray apenas había unos 15 km de asfalto, heredado de la época de Mussolini. Solo existían tres universidades; la administración estaba en manos apenas del 20% de ese personal formado. Niños famélicos, tripas hinchadas, sin poder sostener la cabeza. Empezamos con programas de ayuda a madres. Llegamos a tener como ochenta parejas de mellizos, porque había muchos. Pocos de aquellos niños pudieron salir adelante. Era una situación de mucha angustia.

Zona semi árida, con muy pocos conocimientos agrarios, sin potencial de agua para regadío donde solo llueve dos meses al año. El frente se llevó a los hombres durante casi dos décadas, con mujeres desamparadas por todos lados. La administración tenía unos presupuestos mínimos que apenas daba para cubrir los salarios de los empleados, también mínimos. Una sociedad en pañales, económica y socialmente. Vimos enseguida que eran personas interesadas en sacar el país adelante. Así, desde un principio, contaron con nosotros y viceversa.

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Una entrañable noche de visita a la casa de Hasmara, quien posee una historia de lucha increíble con sus nietos, inspirando una obra llamada “Angeles de Wukro”. Ambos recordaron vivencias con cariño. ©José Luis Valdivia

No había una simple bicicleta en Wukro, y un coche ni te cuento. El hospital no tenía ambulancia: nosotros hacíamos de ambulancia. Las ventanas eran de chapa; no había paredes de cemento, sino de barro. En las camas de los enfermos estaban posadas las palomas. Sin techos con apenas otra chapa de uralita. Conseguimos dinero a través de una organización alemana, para poder paliar todo eso, como la luz. A ese nivel estábamos. Ése era el panorama que teníamos para comenzar, prácticamente, desde la nada.

¿Cómo ves todo lo concerniente a la economía actual?

Este sistema solo favorece a un primer mundo que se enriquece a costa del tercero. La bolsa, ese invento demoníaco, con gente amoral que dicen estar por encima del bien y el mal. Oír por aquel entonces, al secretario norteamericano Colin Powell: “Si muere un niño muere toda la humanidad“. ¡Ahí va leche! Y no se sonrojaba, representado a un gobierno que lo permitía. Encima se presentan como los salvadores. Cuando fomentan que muchos políticos africanos sean corruptos a través del petróleo u otras materias para su beneficio. Palabras como “injusticia” han perdido toda su fuerza. Congo, por ejemplo, cuya riqueza es su condena. Multinacionales que lo estrujan sin compasión, saqueando y dejando miseria de todo tipo. Millones de personas muertas; un Holocausto actual del que no se habla. A África, en vez de favorecer la producción propia, se le vende todo importado creando una terrible dependencia con créditos que no se les perdona.

China está absorbiendo prácticamente todo, donde su mano se deja ver en Etiopía de manera muy clara, como en Adís Abeba o la propia Wukro. ¿Se mira con el mismo recelo que a otras naciones?

Ellos vienen con proyectos específicos, como carreteras. La presencia China aquí más bien ha sido por concurso. No es la presencia típica del chino de comercio, sino a niveles de infraestructuras mayores. La calidad, como ya pude comprobar en Tanzania, en muchas ocasiones era pésima. Desde hace cuarenta años ya tenían una presencia económica muy fuerte allí, sobre todo en temas de sanidad y educación. La afinidad de corte comunista favoreció, en parte, dicha relación. Ahora todo ha mejorado mucho y son una gente tranquila y muy trabajadora que impulsa el empleo local.

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La presencia, industrialización y formación a cargo de China y sus empresas es un hecho palpable no solo en Etiopía, sino en el propio Wukro, como la fábrica de calzado Sheba. ©José Luis Valdivia

John Berger decía que “la catástrofe actual de la humanidad era el abandono del campo” 

Creo que es una reflexión muy acertada. El campo está ahí, el agua está ahí; porque por mucho que promociones la industria, al final no vas a comer clavos o plástico. Hay que alimentar a la gente y mimar la naturaleza. Con un potencial como el de aquí, con un gobierno sin dinero, es inconcebible lo que hace el primer mundo para no fomentarlo. La industria es necesaria, pero es privada; abandonar el campo, pudiendo exportar tanto y tan saludable, es terrible.

El sur del país tiene un potencial agrario muy grande; pero no hay interés por parte de la comunidad internacional en ayudar a desarrollar aquello que daría para alimentar a todo el país. Sin embargo, están interesados en comprar aquellos terrenos y otros de África, para tener comida para sus propios países. Porque será el problema a corto plazo de muchas naciones el poder alimentar a los suyos. El éxito del colonialismo europeo ha sido y, en parte es a pesar de marcharse que, sin estar presentes, controlaban todo dejando a líderes a su imagen y semejanza.

Sociedades civiles como la que has visto en Wukro, que trabajan años de forma altruista en beneficio de los suyos de forma dedicada y honesta, ¿crees que en España la gente iba a hacer eso? Pues si no somos capaces de hacer eso, pues con tu pan te lo comas…

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Un grupo de mujeres campesinas asisten a una reunión al inaugurar una presa que se supone traerá mejoras para sus cultivos. Son un ejemplo de estoicismo y lucha ante la adversidad. ©José Luis Valdivia

¿Cómo ve el Wukro presente Ángel Olaran?

La seguridad alimentaria sigue siendo un problema serio. Gente sin sueldo o que depende de un trabajo diario. Ancianos que no tienen nada ni nadie. Sigue habiendo una hambruna invisible incluso en niños que ves que pueden estar saludables, pero que tienen un desfase de crecimiento físico y mental. Cada tres meses apoyamos un programa con más de trescientos niños que andan por debajo del 80% de su peso. Quizás ya no tenemos la imagen famélica de antaño, pero aún hay muchas cosas por hacer para erradicar hambre o muerte. Hace falta más puestos de trabajo para que los jóvenes no acaben muriendo por el desierto buscado una oportunidad.

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Ancianos sin ningún recurso son ayudados bajo un programa que asegura cierto sustento. Llevan una cartilla y firman, en la gran mayoría de los casos al ser analfabetos, con su simple huella dactilar. ©José Luis Valdivia

¿Y el mundo actual?

Se bendicen las guerras, la muerte, como algo normalizado. Se arruinan naciones de forma mezquina por parte de los poderosos. Se les empuja a abandonar sus hogares, sus vidas, dejando atrás incluso familiares o amigos muertos; gente preparada, que vivían en un sistema que les ha fallado, cuyo trabajo, en muchas ocasiones, ha servido para que en el primer mundo tengan un teléfono, por ejemplo, y son recibidos en fronteras con alambradas y armas como si de delincuentes se tratasen; hacinados como ganado. A eso se le ha llamado humanismo mientras se mira para otro lado. Son gente anónima, nunca se les pone una cara o una sonrisa, una ilusión o proyecto de vida. Es terrible salir del infierno social suyo y entrar en otro tan hostil.

¿Cómo te gustaría ser recordado?

No he pensado nunca en eso. Pero no sé, quizás un “nos quiso y respetó”; “fue uno de nosotros”; “está enterrado donde vivió y yace feliz”. Porque quiero ser enterrado aquí, quedarme en esta tierra. Ya tengo mi lugar escogido junto a los árboles. Estoy convencido que será el día más feliz de mi vida, porque por fin me será mostrada toda la belleza.

Ángel Olaran, Wukro, Etiopía
Ángel Olaran en el conocido jardín que cuida la misión y motivo de juegos del agua muchos sábados con los niños. Donde desea quedarse para siempre. ©José Luis Valdivia

La ONU ha hecho oficial estos días que 20 millones de personas del cuerno de África, con gran parte de dicha cantidad perteneciente a Etiopía, están a las puertas de una nueva hambruna sin precedentes. Todo lo mencionado a lo largo de estos artículos, con desigualdad social, reparto injusto de la riqueza, empobrecimiento inducido, falta de empatía, intervencionismo interesado, etc., son la punta de una lanza que vuelve a asestar golpes letales a quienes nunca tuvieron nada, excepto la esperanza de prosperar.

Hemos tratado de mostrar, sobre el terreno, la pasión y fascinación por descubrir estas tierras y sus circunstancias de la forma más honesta. Si se ha conseguido con ello una parte, entonces habrá merecido la pena todo el camino.

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José Luis Valdivia
Fotógrafo multidisciplinar con especial interés en el fotoperiodismo, documentalismo y astronomía. Cineasta independiente con varios proyectos nominados y otros pendiente de estreno. Docente creador de la experiencia formativa "La Mirada y el Fotógrafo” desde hace una década. Se queja de que el día tenga sólo 24 horas con todas las cosas creativas que hay por hacer.

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