Chinon Bellami HD-1

Cabalgando a lomos del fetichismo retro
«Desde el punto de vista artístico la moda es una fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses» – Oscar Wilde

La Chinon Bellami HD-1, primer modelo nuevo de cámara del fabricante nipón en 20 años
Por vez primera en dos décadas nos llega una nueva cámara del fabricante japonés Chinon (adquirido por Kodak, en épocas de grato recuerdo para el ex-gigante de Rochester). Afirmar que la noticia nos pilla por sorpresa a estas alturas es quedarse corto. Que la buena nueva sea relevante ya es harina de otro costal.

El flamante modelo -bautizado como Bellami HD-1– puede parecer una rareza en el momento presente, pero existen precedentes de lanzamientos recientes en idéntica dirección hacia la que apunta.

Chinon 672 Classic Autozoom de 1974
Chinon 672 Classic Autozoom de 1974

Su cuerpo vertical con la añorada empuñadura de pistola que caracterizaba a las cámaras de película Súper 8mm de uso individual -tan populares desde finales de los años 60 hasta principios de los años 80- es un guiño ostensible a los modelos clásicos del propio fabricante, aunque con un tamaño y peso (260 gramos) muy comedidos con respecto a estos y con una ergonomía -en apariencia- bastante mejorada. Para grabar basta con “apretar el gatillo”.
Dimensiones de una Chinon Bellami HD-1 en relación con la mano
Dimensiones de una Chinon Bellami HD-1 en relación con la mano
El captor de 1/3 de pulgada de la Chinon Bellami HD-1
El captor de 1/3 de pulgada de la Chinon Bellami HD-1
Las características básicas de este camascopio no son nada extraordinarias. Cuenta con un sensor MOS de 1/3 de pulgada de 2,1 megapíxeles de resolución que permite grabar en alta definición (1920×1080 o 1280×720) a 10, 15 o 30 fps. De este último dato se deduce que la pretensión es imitar las primitivas cadencias típicas de cámara rápida y estándar de las mentadas cámaras de Súper 8mm, aunque, como viene siendo habitual, el mercado europeo (con su cadencia de 25 fps) no parece ser la prioridad de Chinon.

Otros datos interesantes son la presencia de un visor de ojo de 1,44 megapíxeles, memoria interna de 187 MB, un mecanismo de estabilización electrónica incorporado en el cuerpo y un zoom digital de 12x. Estas dos últimas funciones no pueden desatar demasiados entusiasmos considerando los numerosos problemas de eficiencia y calidad de imagen que con toda seguridad presentan.

Óptica Chinon 4mm F/1.2 con 7 elementos distribuidos en 6 grupos y montura D
Óptica Chinon 4mm F/1.2 con 7 elementos distribuidos en 6 grupos y montura D
Junto con el cuerpo, viene incluida una nueva óptica estándar -también de Chinon- 4mm f/1.2 (con un ángulo de cobertura equivalente aproximadamente a un 29,6mm para un sensor de 36x24mm). Su montura D para ópticas intercambiables era la habitual en gran cantidad de objetivos fabricados entre los años 50 y 70.
Es complicado predecir el resultado de combinar estos últimos -con una amplia variedad de calidades diferentes- con un sensor fabricado en 2014. Sin duda gran parte del producto para montura D vendido en esas décadas no nos permite ser muy optimistas, aunque existen notables excepciones.
Óptica Angenieux acoplada a la Chinon Bellami HD-1
Óptica Angenieux acoplada a la Chinon Bellami HD-1
Chinon planifica lanzar adaptadores para ópticas -con montura C, CS y micro cuatro tercios- en un futuro próximo. Todos ellos se podrán adquirir de forma independiente.
Conexiones de la Chinon Bellami HD-1
Conexiones de la Chinon Bellami HD-1
Los controles de color internos se limitan a un modo estándar, uno de blanco y negro y uno sepia. Todo en aras de proporcionar una experiencia retro más completa. La habitual salida de HDMI, una auxiliar, una entrada USB, otra de auriculares y una zapata constituyen todas las opciones de conectividad posibles.

Internamente podemos almacenar nuestros vídeos -compresión mediante en el omnipresente códec MPEG-4 AVC/H.264 (MOV)- en tarjetas SD/SDHC/SDXC de como máximo 128 GB. Asimismo, existe un modo testimonial para hacer fotos (de nuevo a 1920×1080 o 1280×720) en JPEG, DNG o DCF. Hay seis tipos de disparo y tenemos la posibilidad de disparar en ráfaga continua.

La industria del vídeo, como cualquier otra, nunca ha sido ajena al empalagoso aroma de la nostalgia, en especial cuando implica un nada desdeñable incremento de sus márgenes de beneficio. Es este un fenómeno social muy usual y de carácter cíclico -como la mayor parte de los grandes desastres naturales- que en los últimos años ha ido adquiriendo una enfermiza vocación de permanencia.

Convenientemente espoleado por mercaderes de toda suerte y condición, se diría que tan extraordinario apego a formas y dispositivos del pasado más reciente forma parte de nuestra misma esencia. Y si bien algo de cierto hay en tal afirmación, no lo es menos que las condiciones en las que se estimula tal comportamiento en la sociedad contemporánea no podrían ser más artificiales.

Nada tenemos que objetar al goce estético derivado de la contemplación y el empleo de artilugios de tiempos pretéritos que han demostrado su clasicismo, esto es, una suerte de validez ajena a los vaivenes del tiempo y que por tanto, siguen siendo tan útiles y pertinentes en la actualidad como en el momento de su invención. No somos en absoluto ajenos al placer que supone experimentar esos nexos de unión vicaria con otras generaciones.

No obstante, con el fin de evitar caer en las garras del engaño autoinfligido, hemos de convenir que el establecimiento de ciertos límites resulta necesario para preservar la salud mental más elemental. La extrapolación de ese innegable fetichismo ancestral y atávico -que quizá ayuda a definirnos como especie- hacia cualquier artefacto vagamente inspirado en objetos creados anteayer raya en el absurdo y el ridículo más espantosos.

Sirva de ejemplo, como mera licencia pedagógica, la diferencia entre admirar un raro ejemplar de reloj automático suizo cuyo calibre constituyera en su día un avance histórico sin precedentes y babear por una reproducción de cualquier cronógrafo digital con falso baño de oro cuyas ventas se contarán por millones en los años 80 del pasado siglo.

En efecto, y sin el menor ánimo de polemizar, al coleccionista le separa un trecho del modernillo (*), aunque el origen antropológico de la condición de ambos sea similar y la línea que los separe sea en ocasiones difusa. Tanto uno como otro son una legítima fuente de beneficios para diseñadores y fabricantes muy diferentes (Leica y Lomo conforman el paradigma evidente de cada uno de los dos casos, respectivamente).

También es necesario deplorar la cada vez más frecuente disociación entre diseño y función, a pesar de que la segunda es intrínseca a la primera por definición. Afortunadamente, a lo largo del último lustro hemos conocido el auge de múltiples diseños de cámaras “retro” cuya funcionalidad es, sin embargo, contemporánea y excelente. Un elemento y el otro no tienen por qué estar reñidos.

Digital Bolex D16
Digital Bolex D16
En el diminuto universo de la cinematografía digital de bajo coste podemos citar al menos dos modelos que circulan por diversas sendas nostálgicas. El más conocido es la Digital Bolex D16. La resurrección de la mítica cámara todo terreno de 16mm -reconvertida a la captación digital- ha sido llevada a cabo por un pequeño grupo de entusiastas que consiguieron llamar la atención de todo el mercado por el aspecto de sus prototipos y la relación calidad/precio que anunciaban para su producto.
Blackmagic Cinema Camera
Blackmagic Cinema Camera
El resultado final ha llegado con años de retraso y con sus perspectivas de negocio muy mermadas por la arrolladora entrada del fabricante australiano Blackmagic en su segmento, pero las pruebas realizadas hasta ahora revelan que no deja de ser una alternativa interesante.
La Digital Harinezumi 2 y la más reciente Sigma DP Quattro son dos cámaras con fines muy distintos, pero que comparten un diseño sospechosamente similar a un «pack» de película en formato 126

En otra liga juega la Digital Harinezumi, más cercana a un juguete para excéntricos que a un camascopio plenamente útil. Con su aspecto de carrete de 126 -fuente de inspiración asimismo de alguna que otra cámara fotográfica reciente- aspira, al igual que la Bellami HD-1, a mimetizar en vídeo el aspecto de la imagen propia de una antigua cámara casera de Súper 8mm (aunque no recordamos que existiera el efecto gelatina en estas últimas). Hablar -en términos rigurosos- de calidad de imagen en la Digital Harinezumi es una experiencia kafkiana en toda regla. Pero, habida cuenta del rápido desarrollo de la segunda generación de este modelo, presumimos que existe una base suficientemente amplia de potenciales usuarios dispuestos a pagar su -nada elevado pero si injustificable- precio.

¿En cuál de estos dos senderos se adentra la Bellami HD-1? Es probable que se encuentre en una situación intermedia. Sería injusto adelantar esta conclusión sin haber tenido una en nuestras manos, aunque la lista bastante mediocre de prestaciones (que no destacarían en nada frente a cualquier videocámara compacta actual de gama baja) y su precio (89.250 yenes, que al cambio serían unos 625 euros) nos dan una pista bastante aproximada de por dónde van los tiros.

En cualquier caso, los caminos del antojo tecnológico son inescrutables y no somos quienes para enmendarle la plana a Adam Smith. Si existe demanda -en particular en un mercado como el nipón, tan cargado de peculiaridades- bienvenida sea la oferta.

(*) Pese a que las connotaciones históricas de esta palabra en nuestro idioma representan un juicio de valor con cierto tufillo despectivo (ajeno a nuestra intención) que la distinguen de su más concisa equivalente anglosajona “hipster”, hemos optado por emplear la primera a sabiendas de la gran paradoja en que incurriríamos en caso contrario. Pocas cosas pueden ser más “modernillas” que llamar “hipster” a un “modernillo” y así como no pretendemos erigirnos en jueces tampoco buscamos ser parte en dicho juicio.

       

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