La gama de de velocidades estándar de filmación y grabación que la industria emplea de forma regular deriva de un conjunto de premisas –algunas científicas, otras debidas a limitaciones técnicas y algunas meramente culturales– asociadas en principio a la visión humana. En esta primera parte, más densa, nos centraremos en entender cómo funciona dicho proceso en nuestro cerebro.

© Human Studies Film Archives
© Human Studies Film Archives

Aún estamos lejos de comprender el fenómeno de la percepción visual humana en su totalidad. Un resumen bastante esquemático de lo que sabemos por el momento sería el siguiente:

a) El cerebro toma muestras de la información visual que obtiene de los ojos. Es decir, que selecciona una serie de imágenes de entre las que recibe procedentes del nervio óptico. Podríamos decir, en consecuencia, que el movimiento es una mera ilusión generada por nuestro sistema nervioso central a partir de una serie variable de imágenes por segundo.

b) El número exacto de muestras que el cerebro obtiene por segundo cambia según el tipo de actividad que estemos realizando. La única manera que tenemos de medir con cierta precisión la cantidad de muestras es a través del análisis de las ondas cerebrales captadas mediante un electroencefalograma (EEG).

Electroencefalograma
Electroencefalograma

c) Al realizar el procedimiento descrito se obtienen diferentes bandas de frecuencias. Cada una de ellas podría asociarse con un grado de actividad concreto. Las observaciones más relevantes hasta el momento atañen al número de ciclos por segundo (hercios) de las bandas alfa, beta, gamma, delta, zeta y mu.

  • α Alfa (entre 8 y 13 Hz)
  • β Beta (entre 13 y 30 Hz)
  • Γ Gamma (entre 30 y algo más de 100 Hz)
  • Δ Delta (hasta 4 Hz)
  • Θ Zeta (entre 4 y 8 Hz)
  • Μ Mu (entre 8 y 13 Hz)

d) La banda zeta está asociada a un estado de profunda meditación aunque dentro de la consciencia. La banda alfa corresponde al estado de reposo activo. Las dos bandas más determinantes para nuestro objeto de estudio serían beta –asociada a las actividades cotidianas rutinarias y hasta cierto punto automatizadas– y gamma que se estima corresponde a la percepción continua. Pese a ser la hipótesis más extendida, esta última aún dista de estar verificada de forma empírica satisfactoria. Compréndase pues hasta que punto estamos todavía en la cuerda floja en lo que a nuestra comprensión del comportamiento del córtex visual se refiere.

e) Una imagen –equivalente a lo que denominaríamos “fotograma”– abarca sólo la mitad positiva de un ciclo. Ergo el número de hercios de cada banda equivaldría al doble de fotogramas por segundo. Esto significaría que el cerebro humano sería capaz de procesar entre 8 y 200 fps.

f) Sabemos, además, que si una imagen es una repetición de la que la precede o resulta ser muy similar a esta apenas procesamos entre 10 y 12 fps. Según esta regla de tres, en estado beta procesaríamos entre 26 y 60 fps.

g) Ahora bien, dependiendo de cómo reaccionemos ante las imágenes que vemos en una pantalla y de su grado de parecido con nuestra percepción del constructo al que entendemos como nuestra realidad –constructo personal e intransferible, cabe añadir– podríamos tener que tomar como referencia a la banda gamma además de a la beta. ¿Si la escena representada implica un estado de mayor alerta por parte del individuo dejaría el cerebro de entender el visionado como una actividad cotidiana y pasiva? Por ahora cualquier conclusión a este respecto es mera especulación.

Tres principios íntimamente relacionados entre sí

Podemos intentar arrojar algo más de luz al rompecabezas acudiendo a las investigaciones sobre la percepción del movimiento más difundidas por neurólogos y sociólogos en el último siglo. De nuevo, nos topamos con un sinfín de contradicciones y muy pocas evidencias para sostener muchas de las afirmaciones más aceptadas. En el momento de escribir estas líneas parece haber cierto consenso (no exento de polémica y confusión) en torno a tres principios íntimamente relacionados entre sí.

Fenómeno Φ de color (Kolers & von Grunau, 1976)
Fenómeno Φ de color (Kolers & von Grunau, 1976)

1) El fenómeno Φ (fi). Es una ilusión óptica que produce una percepción de movimiento constante a partir de un grupo de impulsos luminosos mostrados alternativamente un número determinado de veces por segundo.

Tiras de 16mm para un zootropo (basado en el principio del movimiento β)
Tiras de 16mm para un zootropo (basado en el principio del movimiento β)

2) El movimiento β (beta) –sin relación alguna con la banda beta en un electroencefalograma a la que hacíamos mención anteriormente.–. Es otra ilusión óptica que produce una percepción de movimiento constante, pero en este caso se produce a partir de imágenes estáticas que cambian ante nosotros más deprisa de lo que el cerebro es capaz de discernir.

Este principio constituye la base de todos los célebres experimentos que el fotógrafo británico Eadweard Muybridge realizó a partir de series de fotografías captadas en rápida sucesión a finales del siglo XIX. Resulta primordial distinguir entre el fenómeno fi y el movimiento beta. Ambos se deben a que el nervio óptico responde a cambios en la luz de hasta 10 ciclos por segundo. Cuando se supera el doble de esa cantidad registramos movimiento en lugar de imágenes separadas. Sin embargo, en el primero tratamos con estímulos luminosos simples que se repiten de forma alterna y en el segundo con imágenes fijas completas que van cambiándose sin repetición alguna.

Uno de los múltiples ejemplos del trabajo experimental de Muybridge
Uno de los múltiples ejemplos del trabajo experimental de Muybridge

3) El umbral de fusión del parpadeo. Es la frecuencia a la que un estímulo luminoso intermitente aparenta ser una fuente de luz constante para el ojo humano. Se estima que depende -al menos- de los siguientes seis parámetros:

  • La frecuencia de la modulación (número de ciclos por segundo)
  • La amplitud de dicha modulación (diferencia entre la cresta y el valle de cada ciclo)
  • La intensidad máxima de la iluminación
  • La longitud de onda de la iluminación (que determina los tonos de color que percibimos)
  • La posición de la retina en la que acontece el estímulo
  • El grado de adaptación a la luz o a la oscuridad
Función de sensibilidad al contraste temporal (TSF). Fuente: Journal of vision
Función de sensibilidad al contraste temporal (TSF) © Journal of vision

A partir de este conjunto de datos se puede establecer cómo varía el parpadeo de la imagen en virtud del contraste de las imágenes percibidas y viceversa mediante la llamada función de sensibilidad al contraste temporal (TSF). Existen diferentes perfiles de sensibilidad que se aplican a los distintos componentes del sistema visual para discernir el movimiento.

La intensidad de la luz nos proporciona umbrales equivalentes para detectar, identificar y percibir la dirección del mismo. Nuestra percepción del color, no obstante, requiere niveles de contraste más altos –aproximadamente 0,3 unidades logarítmicas más– para señalar esa dirección.
Sin entrar en más detalles farragosos, podemos concluir que estos resultados implican que tanto nuestra percepción de la intensidad de la luz como la de los tonos de color influyen a la hora de que distingamos movimiento.

En la segunda parte de este artículo veremos cómo se han determinado históricamente las diferentes velocidades de filmación que se convirtieron en estándares en la industria cinematográfica clásica.

       

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